Capítulo: El poder de un vientre

1810 Palabras

Leonid desató a Serena con lentitud, como si no hubiera prisa. La miró fijamente, casi quiso ceder, pero ese odio, ese maldito rencor, seguía anidando en su pecho. No dijo nada. Simplemente, se levantó, con el cuerpo aún desnudo, tan imponente como siempre, y comenzó a vestirse con calma mientras ella permanecía en el suelo, temblando de rabia, dolor y humillación. Cuando estuvo a punto de salir de la habitación, ella alzó la voz. Le temblaba la garganta, pero no iba a callarse. —¡Bestia! ¿Hasta cuándo vas a seguir con esto? ¿Cuándo me dejarás ir? Él se detuvo a medio camino, aun abrochando su camisa. Giró lentamente la cabeza, y una sonrisa torcida le cruzó el rostro. —Nunca. —Su voz sonó profunda, poseída—. Eres mía, corderito. Mía para siempre. Nunca te irás de aquí, ni viva

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