1 Pero los demonólogos, a los que interpelé rápidamente, una vez probada esa comida con absoluto escrúpulo y repetidamente, habían concluido que el diablo no se encontraba en esa magnífica pitanza y que cualquier cristiano podía comerla sin pecar, siempre que no fuera con gula.Acababa de ponerme cómodo con las ropas de casa y de sentarme en la silla de mi estudio y esperando a la comida me disponía a reanudar una lectura que había dejado a medias del Orlando furioso, cuando llamaron a la puerta. El sirviente me anunció la visita del abogado Gianfrancesco Ponzinibio. Este era un hombre de mala fama, autor de un tratado contra la caza de brujas, publicado una década antes, que yo no había leído, pero conocía por los vehementes ataques del teólogo Bartolomeo Spina, dominico y gran cazador de

