Episodio 1

1007 Palabras
POV LIAM Olvidarla no era tan fácil como había pensado desde un principio. Amaba todo lo que significó, y seguía significando, Alana en mi vida. Ella me había sacado de un pozo oscuro justo cuando más lo necesitaba. Me enseñó que no tenía que convertirme en mi padre, aunque durante años creí que no había otra opción. Si no fuera por ella, mi padre habría logrado su objetivo: crear una versión mejorada de sí mismo. Pero Alana apareció justo a tiempo, cuando todavía estaba decidiendo si quería ser el mismo tipo de hombre que él era o si queria ser la persona que mi madre siempre habia soñado que fuera. Nunca amé a mi padre. Pero más de una vez creí que tenía razón, que su manera fría y despiadada era la única forma de sobrevivir, en un mundo donde el mas débil era pisoteado por el mas fuerte, o por lo menos eso era lo que los Grey nos enseñaban desde niños. Para ellos la única lección que necesitábamos era que el fin justificaba los medios, sin importar que, mientras nosotros siguiéramos en la cima no importaba a cuanta gente habia que pisotear o en los casos extremos matar. Mi hermana fue la única que pudo escapar de las formas de enseñar de nuestra familia paterna. Mamá se aseguró de mantenerla al margen de todo eso desde el día en que nació. Yo no tuve la misma suerte. Aun así, el amor que sentí por mi madre, y después por Alana, me salvó de convertirme en una réplica de ese hombre. También ayudó el asco que empecé a sentir cuando mi padre comenzó a usar a mi hermana como moneda de cambio. La trataba como una pieza de negociación, como una prostituta de lujo que sellaba contratos. Fue entonces cuando decidí ser todo lo contrario a él. Pero no estaba seguro de haberlo logrado. Por eso elegí mantenerme lejos de todo lo que significaba ser un Grey. Aunque, a veces, de lo que más intentás alejarte… es justo lo que más necesitás para poder olvidar. Cinco años en Marruecos no me bastaron para borrar a Alana. Pero un mes en Las Vegas, trabajando de nuevo para los Grey con la secretaria de mi hermana, me hizo sentir algo distinto. No era amor. Era algo nuevo, algo que me confundía más de lo que quería admitir. No entendía por qué ella. ¿Por qué Rose? ¿Por qué solo ella me hacía sentir como un adolescente idiota descubriendo lo que era enamorarse por primera vez? Ella era el tipo de mujer que no buscaba agradar, que no necesitaba sonreír para conseguir algo, me trataba con profesionalidad, con distancia, con una formalidad que muchas veces me sacaba de quicio. Y quizás por eso estaba tan jodidamente obsesionado con ella, porque no me perseguía, porque no me necesitaba y eso era lo que mas me encantaba. —Señor Grey —la voz de Rose interrumpió mis pensamientos, recordándome que estábamos en una de esas reuniones eternas—. El señor Carman quiere saber si asistirá a la presentación de su hija mañana. El hombre —bajo, regordete, con los ojos pequeños y ansiosos— me miró con una sonrisa interesada. Sabía perfectamente por qué quería que estuviera en esa fiesta: su hija, seguramente era uno de tantos que queria emparejar a la familia Grey con su familia. La chica era hermosa, sí. Pero no era de mi tipo. —Agradezco la invitación, señor —respondí con cortesía—, pero tendré que declinar. Después de esta reunión viajo a Roma. Es el cumpleaños de mi sobrina y no puedo faltar. Vi cómo Rose me lanzaba una mirada fugaz, entre sorpresa y reproche. Sabía que no era el cumpleaños de nadie, pero también sabía que lo de Roma era cierto, le había prometido a mi hermana que iría. El señor Carman arqueó una ceja. —Tenía entendido que el cumpleaños de su sobrina ya pasó. —Tengo muchas sobrinas —contesté con una sonrisa sin emoción—. De todas formas, sea o no sea su cumpleaños, no puedo asistir. A mi hermana no le gusta que intenten encajarme mujeres. No esperé su respuesta. Me levanté y salí de la sala, consciente de que Rose venía detrás. Sabía que algo había pasado entre ellos. Su mirada hacia ella lo delataba. —¿Quién es él? —pregunté cuando quedamos solos. —Un empresario de joyas —respondió con tono neutro. Pero no era eso lo que había preguntado. Y lo sabía. Me detuve. La miré. —No es solo eso, vi cómo te miró cuando me negué, pensó que ibas a convencerme. Y cuando no lo hiciste, lo vi… vi el odio en sus ojos. Por primera vez desde que la conocía, Rose dudó. Y eso fue lo que más me desconcertó. Ella nunca dudaba. —Dímelo. —Es mi padre —dijo finalmente, sin apartar la mirada—. O, como prefiero llamarlo, donador de esperma. Podés usar el nombre que quieras. Sentí una punzada extraña, algo entre sorpresa y rabia. —¿Te pidió que hablaras conmigo para aceptar la invitación? Ella asintió, casi imperceptiblemente. —¿Por qué no me lo dijiste? —Porque no se lo merece —respondió con una calma que dolía—. Se acordó de que tenía una hija cuando empecé a trabajar para tu hermana. Y solo para que yo intercediera por él. No lo hice. No pienso ayudar a alguien que nunca estuvo para mí. La entendía mejor de lo que creía. Mi padre tampoco había estado para mí, aunque nunca me abandonó físicamente. Solo me enseñó a ser cruel, vacío. Y falló incluso en eso, porque terminé aprendiendo más de mi madre… y de las mujeres que quise. Por eso no soy como él, por eso trato de ser diferente. —Prepara tus cosas —le dije finalmente, sin querer profundizar más en un dolor que los dos conocíamos demasiado bien—. En dos horas viajamos a Roma.
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