Muy pocas veces nos detenemos a pensar en las consecuencias de nuestras acciones. Por regla general la gran mayoría de las ocasiones hacemos, decimos o nos comportamos por impulso sin meditar en el resultado que obtendremos. Vivimos por inercia creyendo que hacemos bien las cosas, cuando de cumplir con nuestro deber se trata. Es así cuando he caído en la conclusión de que no importa que haga o diga, si una persona está resuelta en morir logrará su cometido a pesar de mis ruegos, de mis acciones o de que los salve. Más en el caso como el de Milo, las consecuencias de mis acciones a su parecer no son favorables, más bien son un desastre, un fracaso. Solo pensé que era un paciente al que debía salvar, incluso pensé que encontraría la redención y quizás lograría vivir una vida plena al tener

