Massimo Parissi me sujeta bajo su brazo como si fuera una niña de dos años y avanza sin importarle los ojos puestos en nosotros. La satisfacción dibujada en el rostro de Analía, con esa sonrisa torcida petulante me hace querer bajarle los dientes. Pero me encargo de borrársela “con clase” Uso mi mano derecha para agarrar la nalga de “mi hombre” y me río en su cara cuando él pega un respingo ante la sorpresa. Ella, por otra parte, solo echa humo por las orejas. Mi bebé enojón, sujeta mis brazos para prohibirme tocarlo inapropiadamente y sale a través de la cocina; directo a su oficina. Me deja de pie dentro, sale y cierra la puerta detrás de sí. Estoy sola en la penumbra silenciosa. Observo todo a mi alrededor con ojos grandes y solo espero; porque no tengo ni la más puta idea de

