—¿Por qué voy a creerte, Clifford, si yo siento que, exista el Dios que exista, ha despertado por fin en mis intestinos, como tú dices, y se mece allí con la felicidad de un amanecer? ¿Por qué había de creerte si yo siento exactamente lo contrario? —¡Oh, exactamente! ¿Y qué es lo que ha provocado ese cambio extraordinario en ti? ¿Correr desnuda por la lluvia y jugar a la bacante? ¿El deseo de sensaciones o un anticipo del viaje a Venecia? —¡Las dos cosas! ¿Crees que es horrible que me emocione tanto la idea de salir de aquí? —dijo. —Es un tanto horrible mostrarlo tan abiertamente. —Entonces lo ocultaré. —¡Oh, no te molestes! Casi consigues transmitirme a mí la emoción. Casi me siento como si fuera yo el que se va. —¿Y entonces por qué no vienes? —Ya lo hemos discutido. En realidad s

