—¡Ok, chicos!... —La profesora la sacó de sus pensamientos—. Como veo que ya todos están listos, vamos a empezar —anunció—. Esta actividad no tiene nada que ver con la materia, pero quiero que nos conozcamos y que podamos saber un poquito más de nuestros compañeros, ya que veo caras nuevas este semestre; para hacerlo más dinámico, iniciemos con el compañero que elegimos... Cuéntense sobre ustedes, tienen diez minutos —concluyó, por lo que Fabiana no tuvo más remedio que quedarse junto a Thiago, quien la miró sonriente.
—¿Y bien? —cuestionó él, mientras tomaban asiento—. Te escucho —agregó.
—Como te lo dije afuera, no hace falta que me trates —insistió ella, jugando con sus dedos.
—Yo sé que Iliana y sus amigas se pasaron ayer con sus comentarios, pero créeme... Yo no soy tu enemigo, y menos ahora, que ayudarás a mi madre —aseguró el rubio, con una sonrisa—. ¡Empecemos de cero!... Mucho gusto; soy Thiago Bustamante, voy en cuarto semestre de contaduría y soy fanático de la música y la literatura... ¡Ahh! Y amo los animales, así que cada mes visito una fundación, hago donaciones y comparto con los peluditos —se presentó, extendiendo su mano derecha.
Fabiana no pudo ocultar una risilla, mientras juntó sus manos en un suave apretón. Aquel contacto hizo que corrientes de electricidad atravesaran todo su cuerpo y fue en ese momento, en el que ella entendió que ese hombre le provocaba de todo, menos odio.
—¡Ok!... —respondió y suspiró, soltándose delicadamente—. Yo soy Fabiana Cruz, estoy en quinto semestre de psicología, también amo los animales y me encanta ver series, en los días lluviosos —se presentó también, mientras la verde mirada de Thiago estaba fija en la suya. Ambos sonrieron.
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—¿Y?, ¿Cómo te fue con el ojiverde? —preguntó Deisy, mientras iban saliendo de la clase. Fabiana rodó sus ojos, mientras sonreía y negaba con la cabeza.
—¡Chismosa! —le acusó ella, entre risas.
—Ya me conoces, Fabi. —Su amiga sonrió—. Los vi muy animados conversando y como dices que es un idiota... —agregó, encogiendo sus hombros.
—Ay, Deisy... —Fabiana soltó un bufido—. Solamente nos presentamos y hablamos un poco de la universidad, ¿Contenta? —respondió, por lo que la castaña le dio un pequeño empujón y movió sus cejas con picardía.
—¿No que no te gusta?... Mírate como te brillan los ojitos y ese rubor en tus mejillas, Fabiana.
—No digas estupideces, ¿Sí?... Mejor me voy, antes de que cierren la puerta; nos vemos —rebatió la joven, entre las risas de ambas; se despidieron y cada una ingresó a su respectiva clase.
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—¡Tierra llamando a Thiago! —gritó Evan, por quinta vez, por lo que el rubio despabiló y lo miró con vergüenza.
—¡Perdón, viejo! —se disculpó, sonriendo.
—¿Qué pasa?... Desde la clase de informática, quedaste como en otro planeta... ¡Ahh!, Ya sé... "La gordita" —aseveró Evan con burla, ganándose una mala mirada de parte de Thiago.
—Se llama Fabiana, ¿De acuerdo? —le recordó, tan ofendido, que hasta él mismo se sorprendió.
—¡Vaya, bro!... Si ya hasta la defiendes —respondió su amigo, regulando la risa.
—Bueno... En realidad, me pareció una chica agradable, pero nada más —contestó, restándole importancia al tema.
—Si tú lo dices, te creo... Pero no me has dicho, ¿por qué tan pensativo? —insistió su amigo.
—Nada, viejo; no me prestes atención —respondió, palmeando el hombro del chico, dio un sorbo a su refresco y se levantó, para salir de la cafetería.
—Bro, espérame —Evan lo siguió—. Todos en el salón, vimos lo animados que estaban conversando... ¿Y sabes qué?, eso demuestra que sigues siendo el gigoló de la universidad, mano.
»Se me ocurre algo... Ven, te cuento, amigo mío. —Lo abrazó por los hombros y empezó a explicarle la idea que tenía, mientras caminaban hacia su siguiente clase.
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—Fabiana, por Dios... ¿Tienes idea de todo el rato que llevo aquí como una estúpida? —se quejó Deisy, fingiendo molestia.
—¿Qué quieres qué haga si ese profesor habla hasta por los codos? —respondió la joven y ambas rieron, avanzando hacia la salida del plantel.
—¡No lo puedo creer!... ¿Fabiana Cruz? —las interrumpió una voz masculina. Fabiana se dio media vuelta y su sorpresa fue tal, que palideció y sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Gustavo? —murmuró, aún incrédula.
—Que lindo saber que aún me recuerdas, muchachita —mencionó él, mientras ambos se abrazaban con fuerza.
—¿Qué haces aquí? —cuestionó ella, cuando se alejaron.
—Bueno, yo soy decano de la facultad de arte, hace un año más o menos —explicó el moreno, sonriendo.
—¡Vaya!... Sí que hemos progresado —comentó Fabiana, con su hermosa sonrisa. Él rio y encogió sus hombros—. Por cierto, recuerdas a mi amiga, ¿Verdad?. —Señaló a Deisy, quien le dio una sonrisa falsa.
—Por supuesto, ¿Cómo estás? —saludó Gustavo.
—Bien, gracias —respondió la castaña, sin darle mucha importancia.
—¿Y qué?, ¿Nos tomamos un café?... Digo, ha pasado tanto tiempo; hay mucho que contar —propuso Gustavo.
—Bueno, yo los dejo... Nos vemos mañana, amiga —se despidió Deisy, por lo que su amiga le agarró el brazo con disimulo y la pellizcó.
—La invitación es para las dos —aclaró el hombre.
—Gracias, pero igualmente, yo no puedo —respondió Deisy.
—Gustavo, yo... —Fabiana se aclaró la voz—. Te agradezco, pero debo trabajar y ya voy tarde, así que... —Se disculpó. Él asintió resignado.
—Ni modo; será en otra ocasión, entonces —respondió.
—Seguro... Me alegra verte, hablamos después.
—Adiós, chicas.
Ambas jóvenes continuaron su camino y cuando ya se alejaron de Gustavo, Deisy soltó un sonoro bufido.
—¿Qué tal el imbécil?... Amiga, júrame que te vas a mantener lejos de él y que no vas a volver a caer —ordenó, en tono serio.
—¿Qué?... Deisy, ¿Por quién me tomas?; Eso no va a pasar —aseguró Fabiana, con una mueca de asco en su rostro.
—Más te vale, porque esta vez, no pienso apoyarte en esa locura —advirtió, mientras su amiga rodaba los ojos y reía.
—A propósito, ¿Por qué demonios no me dijiste que trabaja aquí? —le reclamó ella, deteniendo la marcha.
—Se suponía que estaba en la otra sede... No imaginé que lo trasladaran —argumentó Deisy, con algo de vergüenza.
—No puedo creerlo... Después de cinco años, volver a verlo es tan... ¡Raro!. —La joven soltó un suspiro pesado, por lo que la castaña le dio unas suaves palmadas en su hombro, tratando de confortarla.
...
Gustavo Montenegro fue su profesor de historia en el colegio, durante el último año del bachillerato... Un hombre jodidamente guapo, por el que todas suspiraban.
Como Fabiana era la representante del grupo, ambos debían compartir algunos espacios fuera de clases, para diversos temas curriculares; cuando menos lo imaginó, estaba entregándole su virginidad al apetecido profesor, en uno de los salones vacíos del colegio.
Luego de eso, los encuentros dejaron de ser solo para temas académicos, así que la habitación de un motel, a las afueras de la ciudad, era testigo de la pasión que se adueñaba de los mencionados, cada vez que estaban a solas.
A pesar de que nada más era sexo lo que sucedía entre ellos, lo mantuvieron en secreto por obvias razones. La única que sabía todo, era Deisy, quien no estaba de acuerdo, pero jamás los delató en el colegio, ni con los padres de su amiga.
Después del grado y sin razón aparente, Fabiana y su profesor se fueron alejando, hasta que perdieron todo contacto. Ella lo extrañó, pero entendía que no tenían ningún compromiso, así que siguió con su vida.
...
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—¡Querida!... ¿Cómo estás? —la saludó Antonia, extendiendo sus brazos, cuando la vio llegar.
—Bien, señora Bust... Antonia, ¿Y usted? —respondió la chica, dejándose cubrir por el abrazo de la mujer—. Discúlpeme por haberme ido así, ayer —mencionó apenada. Antonia negó rápidamente con la cabeza y acunó su rostro entre sus manos.
—No tienes por qué disculparte, linda... Aunque sí me gustaría saber por qué reaccionaste así, al ver a mi hijo... ¿Sucedió algo con él en la universidad? —preguntó sin rodeos, logrando que Fabiana se tensara. ¿A qué se debía acaso esa pregunta?.