Buenas noches señorita Ada

1753 Palabras
- Lo entiendo -respondí sin saber que más decir. Si me había contestado, pero excepto la parte de aquello que, le impidió comer bien. Era cierto. Hubo tiempos oscuros. Fue una depresión... Él era la perfección en hombre. Con una vida perfecta. Lo tenía todo para ser feliz. ¿Qué puede causarle un trastorno como ese? - No me diga señor, por favor. Me hace sentir viejo. Y tutéame, no me molesta que lo hagas, es más, me gusta. - dijo Eduardo, con una sonrisa prometedora. Estaba coqueteando abiertamente. Justo aquí. Justo frente a todos y a él no le importaba mucho. - No lo hare entonces, si me lo estas pidiendo. Pero luego no se queje si entro en confianza y empiezo a ponerle apodos. - ¿Cómo cuáles? Podría ser, mi jefe el malo- comenzó a parlotear- o mi jefe el explotador, o quizá, mi sexy jefe... - se carcajeo notando lo burlón que estaba siendo y yo lo hice como él. El mesero trajo la cuenta, esa que el tomo y pago después sin titubear. Nos levantamos para irnos del establecimiento y ya tocaban casi las siete de la noche. Aún era temprano, para mí. Una mujer que prefería adelantar trabajo a dormir las completas ocho horas diarias necesarias. Salimos a la calle, dándonos de lleno con el frio viento. Sin querer choque con su traje, o, mejor dicho, con su cuerpo, cuando intentaba apartarme de la puerta para que Mónica saliera tras de mí. Me moví de inmediato intentando no hacerlo otra vez. - Hermosa noche - Mónica comento entrando en el auto cuando Eduardo le abrió la puerta incitándola a entrar. Luego, él se giró y abrió la siguiente puerta. Quería que me subiera también. ¿iba a llevarme a mi casa? - No, yo puedo tomar un taxi. - ¿Un taxi, Ada? Es peligroso que tomes un taxi sola a esta hora. Sino quieres que te lleve, dime donde está tu carro e iré por el. Pero no me moveré de aquí hasta que estés segura. - Puedo tomar un taxi, de verdad. - le hice saber, sosteniendo mi punto. No quería contarle que no tenía auto. Harías más preguntas, que yo no quería responder y una pregunta llevaría a las otras haciendo un bucle de todo. - Ada, no te iras en taxi. Voy a llevarte a tu casa, sube. - Dictamino abriendo la puerta aún más. Quise rezongar, pero me contuve de hacerlo, subiendo rápido al auto. Acomodando mi falda una vez estando dentro. Él se subió junto a mí. Y cerró la puerta. Me sentí confundida, no entendía quién iba a llevar el mando del carro si él se iba a sentar aquí... - ¿Quién va a manejar? - curiosee más de lo normal lanzando una vista a la parte delantera, donde se encontraba Mónica. - Lo hará el chofer. - Eduardo respondió con la cabeza clavada en el celular, muy bajo. Casi no llegué a escucharlo y creí haberlo imaginado. El chofer entro en el puesto del piloto y comenzó a andar, poniendo el carro en marcha. Opte por mirar a la ventana y no enfocarme en como Eduardo no veía más que la pantalla de su celular. Arrugando el ceño de vez en cuando y tecleando cosas imposibles de ver. Porque yo mantenía la vista lejos de eso. Las luces se movían sobre nosotros iluminando todo a su paso. Era muy hermoso ver como la ciudad se iluminaba tanto de noche, incluso con el tanto frio que hacía en todos lados. - Espero le haya gustado la cena de hoy - dijo con un tono monótono. Soltando el teléfono observando mi rostro. No había luz adentro del auto, así que no miraba exactamente la dirección de estos sobre mí. Era más una deducción de su dirección. Era fantástico, interesante, abrumador… - Me gustó mucho, todo estuvo excelente - correspondí su mirada. - ¿No quiere nada mas o necesita algo para su hogar? - pregunto sin timidez como si fuésemos íntimos amigos. Y no pude dejar de abrir los ojos. Él también estaba siendo extraño. - Tengo todo lo que necesito en casa, estoy bien, gracias - asentí mirándole a través de la oscuridad para darle más fundamento a mis palabras. - ¿En serio vive sola? Creí que sus padres aun la acompañaban. - pregunto cambiando de tema. - Vivo sola desde que trabajo con usted, mis padres tienen una vida lejos de aquí. Y no les pediría que la cambiaran solo para venir a esta ciudad, donde sé que jamás serían felices. Prefiero vivir sola, y que ellos sean felices dónde quieran vivir. - Tiene razón, es muy acertada. - dijo. - Disfruto vivir sola, así que no he tenido problemas con ello. Por supuesto, que a veces extraño a mis padres, pero, no es como si no pudiera llevar está vida. - sincere. - Me agrada. Tanto como tu tía. - ¿Cree que podrá con mi tía? - jugaba con los mechones de su cabello. Sus dedos estaban inquietos. ¿Él estaba nervioso? - Si - sonreí. Mónica me caía muy bien ya, era linda y amable. - Quizá, hasta nos hagamos muy buenas amigas mientras esté aquí. - confesé. - Mañana necesito algunos papeles en mi escritorio señorita Ada, por favor que estén listos a la brevedad posible para yo revisarlos apenas llegue. - dejó en claro cambiando nuevamente de tema y yo asentí. Era extraño como el hacía notar cierta amargura hacia mí. Y no comprendía el motivo de su molestia. Pero no iba a darle tantas vueltas al asunto. Necesitaba obviar todo lo que lo competía a él, y dejar de tomarme todo personal. Quizá era el, el que tenía problemas cambiando a cada nada de humor. - Los tendré listos. - Excelente. - finalizó volviendo a su teléfono. El chofer del auto me pidió la dirección exacta y se la dije con recelo. Odiaba que el jefe Eduardo desde hoy supiera dónde vivo. No era lo que yo quería. Me gustaba mantener mi vida personal fuera de lo laboral y se estaban mezclando muchas cosas esta noche. No tardamos en llegar al edificio de ladrillos ubicado un poco lejos de la empresa, se encontraba muy bien alumbrado y agradecía por ello para que no diera un aspecto de guarida tenebrosa de noche. No era una mala zona, ni tampoco una costosa. Estaba bien para alguien que vivía solo. Para mí. Además de que era económico y muy bien amueblado. Lo amaba. Al llegar, Henry intentó bajarse, pero Eduardo lo frenó. Bajando se y dándome paso para entrar a la puerta del edificio. Creí que me dejaría hasta ahí y se iría, pero no fue así. Me siguió hasta el ascensor, ese que subió conmigo. Y dos pisos más arriba abordé el pasillo que se mostró. Caminó conmigo en silencio, con solo los tacones haciendo eco y yo temblaba un poco de nerviosismo. Me quedé en el apartamento 206 y tomé las llaves del bolso para después ponerlas sobre el pomo. Abriendo de inmediato encontrándome con una oscuridad bastante abrumadora. - Encenderé las luces - dije poniendo el bolso en uno de los sofás. Sin escuchar palabra alguna de Eduardo, quién se mantenía parado en el marco de la puerta atento a cualquier movimiento. Prendí las luces y volví hasta la puerta donde el me observó con las manos dentro de sus bolsillos. Solo miraba el resto de la habitación y alternaba sus ojos con los míos. Pidiendo algo de aprobación para mirar. - Ya está - dije un poco atolondrada sin saber qué hacer. ¿Debía invitarle a entrar? - Bien, me iré ahora mismo, ya que está bien y a salvo. - asintió ofreciéndome una de sus palmas que tomé y estreché de inmediato. Electrificándome con el calor de su mano, y la suavidad de los dedos que envolvieron con confianza mi mano. - Buenas noches señor Eduardo. - dije cuando me soltó y se giró para empezar a caminar vía ascensor. Dejándome en la puerta. - Buenas noches señorita Ada. - se volteó para lanzarme una mirada que no pude descifrar. Y esa que me dejó pensando toda la noche. Pensando en Eduardo Polls. Pensando en su mirada azul. Cerré la puerta. Me quité los tacones y mis pies respiraron dejando que la sangre circulara perfectamente por ellos. Fui hasta la cocina para hacerme un vaso de avena antes de dormir, algo como un agua de hojuelas dulce, porque estoy bastante llena como para comer algo más y sólido por esta noche. Quedé muy satisfecha. Satisfecha. Así me hacía sentir la presencia de Eduardo. No estaba logrando entender perfectamente lo que estaba sucediendo dentro de mi cabeza. Estaba siendo toda una revolución de sentimientos y sensaciones encontradas que desde hace mucho no veía levantarse. Sabía que no había ninguna oportunidad con él, siendo tan diferentes no sería yo la primera mujer que quisiera enamorarse de él. Pero, hasta ahora estaba teniendo estos pensamientos de que me gustaba y yo no comprendía exactamente por qué, ¿por qué ahora? ¿Pero que ganaba sacando esto a la luz? Él estaba coqueteando con alguien más, siendo atento con ella y, no desmentía los rumores que había en la oficina de ese romance consensuado. Eso quería decir, que no le importaba mucho lo que ocurriera con esos rumores. No le molestaba. ¿Decepcionante? No lo sé. No quería pensar en ello y comerme la cabeza, faltaban cuatro meses para acabar el año y era en lo menos que quería y necesitaba pensar ahora. Lavé lo que ensucie y apague las luces de la sala y cocina, para dirigirme a mi habitación. Las luces estaban encendidas como suelo dejarlas, me saqué la camisa poniéndola en la cesta, al igual que el resto de mi ropa. Me di un baño rápido, lavando mi cabello y me enrollé en una toalla al salir. Hacía frío. Me vestí con un conjunto rosado de peluche y me lancé a la cama, cubriéndome con el edredón blanco como un oso. El celular vibró en la mesa de noche, dónde lo puse al entrar y no quise mirarlo de inmediato. Los párpados se me estaban cerrando al punto de, perder el hilo de esos pensamientos que rozaban lo insoportables. No podía sacarme todo lo que hoy había ocurrido de la cabeza. Y, sin querer, me dejé enredar en la nube de los sueños. Diciéndole adiós, al primer día de septiembre.
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