Desperté antes que el amanecer, el primer rayo de sol aún oculto tras las colinas de Castle Combe. Mi mente, sin pedir permiso, ya estaba en ella. Como un reloj antiguo que suena aun cuando nadie lo ha dado cuerda, el nombre de Samira golpeó mi conciencia con la fuerza de una campana, el primer pensamiento del día.
Su recuerdo era un veneno dulce que se había adherido a cada fibra de mi ser.
Me metí al baño y dejé que el agua helada se deslizara por mi piel. No para limpiar mi cuerpo, que se sentía aún marcado por la urgencia de sus caricias y la fricción de nuestros cuerpos entrelazados. No, el agua fría buscaba arrancarme de encima la huella, el recuerdo vívido de ella, de su aliento contra mi cuello, de sus gemidos ahogados. Pero era inútil. Samira se había incrustado bajo mi piel como una astilla, y el hielo solo avivaba la quemazón.
Me vestí con algo cómodo, unos jeans gastados y una camiseta oscura, dispuesto a enterrarme en el taller todo el día. Necesitaba ocupar las manos, sumergirme en el hierro frío y la grasa de los motores, antes de que esa mujer me devorara por completo con pensamientos cada vez más enfermizos, más obsesivos. No podía permitirme pertenecerle tanto… y sin embargo, la cruda verdad era que ya lo hacía. Era su prisionero, y el simple hecho de pensarlo me revolvía el estómago y, a la vez, me llenaba de una extraña euforia.
Bajé a la cocina. El aroma a café recién molido flotaba en el aire, pero no me traía la habitual calma. Apenas me senté en el comedor, con el periódico desplegado sin ser leído, la mujer de servicio, apareció con la puntualidad de un reloj inglés. Llevaba años trabajando para mí, pero jamás me había molestado en preguntarle su nombre. Era una de esas formalidades que mi vida, estructurada y sin fisuras, no contemplaba.
Pero esa mañana, por alguna razón que me inquietó, me urgía hablar con ella.
—Señora, siempre olvido su nombre, disculpe —le dije, mi voz sonando más suave de lo que esperaba, mientras servía el café en mi taza favorita.
—Soy Flora, señor —respondió con una sonrisa discreta, acostumbrada a mi taciturnidad y mi distancia. —¿Necesita algo?
La miré con más interés del que ella seguramente esperaba, mi mirada un escáner que buscaba respuestas donde antes solo veía rostros.
—Sí… necesito que, cuando venga la señorita Samira, siempre le pregunte qué desea comer. Asegúrese de que coma.
Lo solté con naturalidad, como quien no quiere la cosa, como si fuera una simple instrucción doméstica. Pero Flora alzó la vista, observándome con una chispa de perspicacia en los ojos, una mezcla de sorpresa y complicidad.
—Ah, sí… la verdad, la señorita come como un pajarito. Solo pellizca aquí y allá. Apenas toca la comida.
—Bueno, por lo menos come —repliqué, intentando disimular el peso real de mis palabras, la preocupación que me carcomía.
Ella sonrió, una sonrisa cómplice que me decía que había entendido más de lo que yo había dicho.
—Si eso se llama comer, señor Johnson. Pero no se preocupe, me encargaré de eso.
—Es usted muy amable —terminé diciendo, con una seriedad que no disfrazaba nada de la nueva faceta que Samira había despertado en mí.
Me dispuse a tomar mi desayuno, pero la comida, a pesar de su calidad, sabía a poco con la idea fija en la cabeza. Era la primera vez en mi vida que me preocupaba por la alimentación de una mujer. La primera vez que la veía tan de cerca, que la estudiaba sin quererlo, descubriendo patrones ocultos en su comportamiento.
En las semanas que Samira llevaba trabajando en la mansión, ya había notado algo, pequeñas pistas que mi mente analítica no había pasado por alto: apenas probaba bocado. Se movía con la energía de una tormenta, pero su ingesta era mínima. Y no, eso no había dañado su cuerpo perfecto, esculpido como una promesa peligrosa que incitaba a la perdición. Pero al verla actuar, al escucharla hablar con esa fuerza desenfrenada, empecé a entender que había fantasmas detrás de su mirada, sombras que la mantenían despierta cuando debía dormir, que la alejaban de la comida como si el hambre que sentía estuviera en otro lugar, más profundo, más oscuro.
Quizás por eso siempre llenaba los espacios con música. Música escandalosa, frenética, rebelde, que resonaba en los muros ancestrales de mi mansión como un grito. Era su forma de ahogar los gritos internos, los susurros de un vacío que solo ella conocía. Y su equipo de trabajo, ajeno a mi tormento, ya parecía acostumbrado a ella, a esa fuerza de la naturaleza que arrasaba con todo a su paso.
Pero lo que más me desconcertaba, y a la vez me intrigaba, era su sed. Una sed insaciable. De alcohol, de ruido, de caricias fugaces, de contacto físico que me dejaba marcado. Como si en esos excesos buscara algo que ninguna comida, ningún descanso reparador, ninguna conexión superficial podría darle jamás.
Y ahí estaba yo, Grayson Johnson, el hombre de control absoluto, desayunando en silencio, con la certeza perturbadora de que esa mujer, esa fiera con ojos verdes que había irrumpido en mi vida como un huracán, no solo tenía hambre de placer.
Tenía un vacío que reconocía demasiado bien, porque yo también lo sentía. Un vacío capaz de consumirnos a los dos, arrastrándonos a un abismo del que quizás ninguno de los dos querría escapar.
Más tarde el reloj del taller ya marcaba poco después de las nueve cuando el rugido inconfundible de mi Aston Martin rasgó la calma de la mañana, acercándose por el camino de grava. Un sonido que, en otras circunstancias, me habría llenado de orgullo y satisfacción. Pero hoy, su eco traía consigo un presagio.
Levanté la vista apenas lo suficiente para ver, sin dejar de pasar la lija sobre la carrocería impecable de un Chevrolet clásico que restaurábamos. El olor a pintura fresca, a metal pulido, se mezclaba con el de la gasolina y el sudor que empapaba mi frente. A mi lado, Salomón, con las mangas de su mono arremangadas y las manos manchadas de esmalte azul, silbaba distraído una melodía antigua mientras repasaba con precisión casi quirúrgica los bordes de la puerta.
Él no sentía la tormenta que se avecinaba.
Me tensé sin querer cuando la vi bajar del auto. Samira.
El vestido ligero de lino n***o se movía con la brisa matinal, revelando apenas la silueta de su cuerpo, ese que había marcado a fuego mi piel él día anterior. Sus labios, sin siquiera pronunciar palabra, lograron incendiarme más que el whisky añejo que había intentado apaciguar mi tormento. Caminaba con esa seguridad insolente que solo ella poseía, una arrogancia natural que me enloquecía, como si todo lo que tocaba, todo lo que miraba, le perteneciera sin pedir permiso.
Y entonces los vi. La comitiva.
Detrás de ella, como una sombra molesta, aparecieron tres miembros de su equipo, cargando cajas, herramientas, carpetas. Entre ellos, mi mirada se clavó en uno en particular.
César.
El nombre me supo a veneno, un sabor amargo y corrosivo que se extendió por mi boca. Lo observé con una calma que me costaba mantener, sin mover un solo músculo de más en mi rostro, para no delatar la furia que se acumulaba en mi interior.
César, con ese aire bohemio de artista atormentado, ese cabello largo y esa barba descuidada, caminaba demasiado cerca de ella. Demasiado cómodo en su presencia. Demasiado dueño de sonrisas que no eran suyas, que él no merecía.
Samira, en cambio, apenas levantó la mano para saludarme de lejos, un gesto fugaz, casi desinteresado, como si yo fuera un simple vecino o un obrero más en su camino. Sus dedos, tan breves en el gesto, parecían decirme sin voz:
No me llames, no me busques, yo decido.
Y con la misma indiferencia, guardó las llaves de mi auto en su bolso, sin una palabra, sin una mirada significativa. Un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero que me hizo hervir por dentro.
Porque en ese gesto quedaba claro que lo mío, lo íntimo, lo personal, se mezclaba ya con su mundo, con un mundo que yo no controlaba. Mi Aston Martin, el símbolo de mi poder, de mi posesión, ahora era solo un objeto más en su bolso.
No me moví. Ni un paso. Solo la seguí con la mirada, cada segundo de su andar, cada balanceo de su cadera, hasta que cruzó la puerta de la casona, seguida por su tropa de cómplices. El aire vibró con su ausencia, dejándome de nuevo en el taller, con el pulso martilleando en mis sienes.
—Bonita mujer, ¿eh? —comentó Salomón sin malicia, limpiándose las manos con un trapo viejo, ajeno a la tormenta que se gestaba dentro de mí. Una simple observación, inocente.
No respondí.
El silencio fue mi única respuesta, mientras apretaba la lija contra el metal con más fuerza de la necesaria, mis nudillos blanqueándose bajo la piel. El rugido de la máquina de pulir intentó ahogar mis pensamientos, pero fue inútil.
Seguimos trabajando, el sonido metálico del taller como una sinfonía monótona, pero mi cabeza no estaba en la pintura ni en los acabados. Estaba en ella. En la forma en que no se detuvo ni un instante para hablarme. En César, cuya sombra no dejaba de interponerse en mis pensamientos, una molestia constante. En el hambre salvaje que sentía por su piel, por su risa, por arrancarle de los labios otra rendición, otra confesión de que era mía.
No iba a interrumpir su mañana. No. No iba a mostrarle que sus pequeños desplantes me corroían por dentro, que su indiferencia simulada me clavaba un aguijón. La buscaría más tarde. Al almuerzo. Y si tenía suerte, con la calma disfrazada de cortesía que solía usar como mi mejor arma, le pediría que se quedara esa noche. Que no se fuera.
Porque sabía, con la certeza de un instinto animal que me guiaba, que en cuanto se quedara… no iba a dejarla ir. Esta vez, la jaula se cerraría por completo.