Unas cuantas semanas después, nuestra relación, sin etiqueta pero que parecía florecer a diario, había alcanzado un punto de familiaridad sorprendente. Ya me había quitado el yeso, y aunque el tobillo seguía resentido, había vuelto a mi rutina habitual. Ese día, el almuerzo entre Samira y yo fue tranquilo, casi tierno. Ella hablaba con entusiasmo sobre las piezas restauradas y el avance del piano, sus ojos brillando con la pasión que le ponía a su arte. Yo, por mi parte, no podía dejar de observarla con una mezcla de deseo y ternura, como si aún no pudiera creer que esa mujer salvaje y brillante, que parecía tan indomable, durmiera a mi lado casi todas las noches.
—Faltan partes fundamentales del arpa del piano —dijo ella, alzando la vista de su pequeño cuaderno donde anotaba cada detalle con una caligrafía impecable—. Y algunas herramientas finas que no tenemos aquí, por mucho que tu mansión sea un museo.
—Entonces viajaremos juntos —respondí, sin dudarlo. La idea de un viaje, de tiempo a solas con ella, era tentadora—. Me encargaré de que tengas todo lo que necesites. Solo dime cuándo.
Antes de que ella pudiera responder, me incliné y le robé un beso. Luego otro. Como un niño enamorado, jugaba a retenerla a través de caricias, sin preocuparme por el reloj, ignorando las llamadas de mi oficina. Samira me empujó suavemente, una sonrisa divertida curvando sus labios.
—Ve a trabajar, Johnson. Estás atrasado y, lo admito, muy pegajoso.
—Solo porque tú eres adictiva, Samira —respondí, dejándola con una mirada que la quemó por dentro, una promesa tácita de lo que vendría después.
Samira regresó a su espacio de trabajo, a su santuario musical. Yo, por mi parte, fui al taller, a revisar unos prototipos… y allí lo encontré.
César.
De pie frente a la vieja camioneta de Samira, con los brazos cruzados y el rostro tenso. La camioneta relucía bajo el sol de la tarde como un recuerdo intacto de Samira, recién lavada, casi pulcra. Él no la tocaba, solo la miraba, como quien observa una reliquia que solía pertenecerle, un objeto preciado que le había sido arrebatado.
—¿Y esto? —preguntó César, sin girarse, su voz baja, casi un murmullo helado—. ¿Qué hace su camioneta aquí?
Salomón, a mi lado, se encogió de hombros, su expresión de alivio al no tener que explicarlo él. Pero fui yo quien respondió, mi voz cargada de una posesión que no me molestaba en disimular.
—Yo la traje. Porque la dueña me pertenece. Por encima de ti… y de cualquier otro que la quiera.
El silencio que siguió fue brutal, cargado de una electricidad palpable.
César tardó un segundo en reaccionar. Giró apenas la cabeza, sus ojos oscuros fijos en los míos, y dijo con una frialdad que me perforó.
—Yo no tengo que pelear por ella, señor Johnson. Porque ella solita vuelve. Usted no es competencia. No para mí.
Di un paso más, mis ojos entornados, peligrosos, desafiándolo a una guerra que él ya había comenzado.
—¿Ah, sí? ¿Eso crees? ¿Estás tan seguro de tu lugar, artista?
Salomón, siempre oportuno, se colocó entre ambos, su cuerpo una barrera silenciosa, su presencia una invitación a la cordura.
—Jefe, no vale la pena. No importa lo que diga el artista, la señorita está aquí, ¿no? —Se giró hacia César, y con su típica chispa agregó—: Mejor váyase, mi querido pintor. No quiera terminar en el hospital. Este millonario sí que sabe manejar herramientas… y no solo las del taller.
César no respondió de inmediato. Observó mi rostro, mi postura, como quien acepta una derrota momentánea… pero no olvida la guerra que se avecina.
—Samira no sabe amar —dijo por fin, con una voz que parecía arrastrar cicatrices, como si cada palabra fuera un recordatorio de su propio dolor—. Estar rodeado de sus piernas o de su esencia… es tortura. Una dulce muerte. Y pocos la aguantan. Veremos cuánto dura usted, señor Johnson.
Se dio la vuelta, recogió sus herramientas con una lentitud casi ceremonial, y subió a su auto sin mirar atrás.
—Todos son caprichos — dijo al encender el motor de su coche, el sonido ronco llenando el aire. No se si se lo repetía a sí mismo, intentando convencerse—. Todos menos yo. Yo soy lo que ella busca cuando todo lo demás se rompe. Yo soy su verdadero hogar.
Lo escuchamos fuerte y claro
Y, aun así, se marchó.
El viaje comenzó el miércoles al mediodía, con el cielo despejado y una brisa suave que parecía hecha a la medida para una aventura. Preparé mi camioneta con todo lo necesario
: mapas antiguos que había heredado de mi tío, una cesta con comida ligera preparada por Flora, botellas de agua, algunas herramientas extra por si Samira las necesitaba… y whisky, por si acaso, para esas noches de hotel. Samira llegó puntual, con unas gafas oscuras que ocultaban sus ojos, pero no su sonrisa, y una camisa blanca atada a la cintura que dejaba ver su abdomen plano y bronceado, un detalle que no pasó desapercibido para mí.
—¿Lista para una escapada conmigo? —pregunté, con esa media sonrisa que ya sabía usar como un arma, una invitación a mis juegos.
—Estoy lista para encontrar piezas raras, no para tus juegos, inglés —dijo ella, su tono mordaz como siempre, pero subió al vehículo sin dudar. En el fondo, lo había estado esperando. Ella también quería esta tregua, esta aventura.
La carretera se abrió frente a nosotros como una promesa de nuevos paisajes. Samira se quitó los zapatos y subió las piernas sobre el asiento, con la postura relajada, casi indolente. Miré de reojo su comodidad, ese modo tan suyo de invadir los espacios como si siempre hubieran sido suyos.
—¿Por qué siempre estás tan cómoda en lo ajeno? —pregunté sin quitar los ojos del camino, el volante firme en mis manos.
—¿Y por qué tú siempre pareces querer poseer todo lo que tocas, Grayson? —replicó ella con una ceja alzada, su voz desafiante.
—Tal vez porque no me gusta compartir lo que deseo —confesé, la verdad en mi voz tan palpable como el aire entre nosotros.
—Y yo no soy una joya de tu colección, Johnson. Que no se te olvide. No soy algo que puedas encerrar en una vitrina.
Sonreí, disfrutando la manera en que me desafiaba con cada palabra, con cada respiración. Era una batalla constante, y me encantaba.
Horas más tarde, el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de naranjas y púrpuras cuando llegamos al pequeño pueblo donde varios comerciantes de antigüedades nos esperaban. Samira se movía como pez en el agua, tocando teclas rotas con reverencia, sintiendo marcos carcomidos por los años, preguntando con voz suave pero firme por piezas exactas de un piano del siglo XIX. Yo, en cambio, la seguía, admirando más su cuerpo que los objetos, hipnotizado por sus movimientos, por la pasión que ponía en cada toque.
—Este puede servir —dijo ella señalando un pedal de marfil con una expresión de triunfo. Luego, notó que yo no la miraba a los ojos—. ¿Estás prestando atención, inglés? O solo estás pensando en tu próximo capricho.
—Muchísima —susurré cerca de su oído, mi aliento rozando su piel—. Aunque dudo que el piano vaya a lucir tan bien como tú con esa camisa suelta.
—Eres incorregible —suspiró, pero una sonrisa apenas perceptible jugó en sus labios.
—Y tú, irresistible.
Volvimos al atardecer, con el baúl de la camioneta lleno de piezas y el silencio de los dos hablando más que las palabras. Al llegar al hotel del pueblo, me aseguré de pedir una sola habitación con dos camas separadas, una decisión que, esperaba, demostrara mi respeto… o al menos mi autocontrol. Samira no dijo nada. Solo alzó una ceja, con una sonrisa torcida, como si midiera mis intenciones.
—¿Dos camas? Qué maduro de tu parte, Johnson. ¿Estás intentando sorprenderme o te has vuelto un monje de repente?
—No me subestimes, puedo ser un caballero… a ratos —le guiñé un ojo, la tensión entre nosotros era casi eléctrica.
La habitación era sencilla, con una lámpara cálida entre las dos camas, una ventana alta que dejaba pasar el aire nocturno y una atmósfera íntima que me invitaba a acortar la distancia. Abrí la botella de whisky que había traído. Le serví un vaso a ella y otro a mí mismo.
—Por los hallazgos del día —dije, brindando, nuestros vasos tintineando suavemente.
—Y por sobrevivir al viaje contigo —contestó ella, chocando su vaso con el mío, un brillo divertido en sus ojos.
Mientras la conversación giraba entre risas y recuerdos de la jornada, el teléfono de Samira vibró sobre la mesita. Ella miró la pantalla con un gesto breve, apenas una microexpresión que yo, ahora, era capaz de descifrar. Pero no respondió.
La observé con atención.
—¿Todo bien? —pregunté, la curiosidad y una punzada de celos mezcladas en mi voz.
Ella dejó el móvil boca abajo sobre la mesa, como si no tuviera importancia.
—Solo César.
—¿Otra vez ese artista? —mi voz se tensó, no pude evitarlo.
—Me pidió que volviera… Sólo hablar.
Me quedé en silencio. No era celoso por naturaleza, o al menos no lo había sido hasta que ella apareció en mi vida, pero había algo en ese mensaje, en la forma en que ella lo mencionó, que me incomodó profundamente. Tal vez era la forma tan tranquila en que ella lo dijo, o tal vez era porque yo ya me sentía atrapado en un deseo por Samira que no estaba dispuesto a compartir con nadie más.
—¿Y tú? —pregunté, mirándola de frente, directo a sus ojos, buscando la verdad—. ¿A veces lo extrañas? ¿Extrañas su refugio?
Samira me miró a los ojos, desafiante y vulnerable a la vez, una tormenta en sus pupilas verdes.
—A veces —admitió, su voz apenas un murmullo—. Pero eso no significa nada, inglés. Algunas nostalgias no son más que cicatrices con memoria. Y él fue un compañero importante.
Me acerqué, tomé su rostro con una mano firme, mi pulgar acariciando su mejilla suave. Mis ojos se clavaron en los suyos.
—Pues voy a asegurarme de que la única cicatriz que recuerdes… sea la mía. Y que no haya lugar para ninguna nostalgia que no sea por mí.
Ella sonrió, entre resignada y encendida, una llama en sus ojos que me decía que el juego había cambiado. Y sin decir más, se acercó y me besó.
Esa noche, el hotel fue otro escenario de nuestro deseo. La pasión nos consumió en la cama sencilla, las dos camas separadas olvidada la promesa, unidos por una urgencia que ya no era solo física.
Pero en algún rincón de la memoria de Samira, quizás el nombre de César seguía brillando con luz tenue, como una vela que aún no se apaga, un recordatorio de un pasado que yo quería borrar por completo.