El silencio de los celos

1374 Palabras
Desperté solo en la casona, la cama fría a mi lado, un vacío palpable donde antes había estado ella. El eco de su ausencia me golpeaba con cada paso, resonando en los pasillos vacíos. Ni el café humeante ni el pan recién horneado de Nelly tenían sabor; todo era insípido sin ella. Encendí el teléfono, mis dedos temblaban. Última conexión: hacía tres días. Nada. Ni un mensaje, ni una llamada. El último contacto suyo había sido un "descansa, estoy cansada, hablamos mañana". Pero el mañana había pasado. Y Samira no estaba. Di vueltas por la casa como un alma en pena, luego fui al taller, después a la pista de carreras. Cada rincón, cada objeto, parecía impregnado de ella. Cada ventana reflejaba su sombra esquiva, cada rincón olía a su perfume, a promesas rotas. El aire mismo se sentía pesado con su ausencia. —¿Con quién estás? —susurré al aire, la voz ronca, apenas un murmullo de desesperación—. ¿Por qué te fuiste sin decirme nada? La idea de que me había dejado por otro, de que mis peores temores se hacían realidad, empezaba a tomar forma en mi mente. La imaginé riendo en un río, su cuerpo esbelto cubierto por un bikini pequeño, compartiendo una cerveza con alguien más. Imaginé esas manos que eran mías recorriendo otro cuerpo, esas manos que me habían acariciado con tanta ternura. Y la rabia me mordió el alma, un dolor agudo, punzante. Volví a llamarla. Nada. El tono de llamada sonó hueco, vacío. Caí en el sofá de la sala de estar, la cabeza entre las manos, y abrí una botella de whisky. Bebí directamente del cuello, el líquido quemando mi garganta, intentando apagar el fuego en mi pecho. Vi tres películas sin enterarme de qué trataban, las imágenes desfilando sin sentido ante mis ojos empañados. A las 3:24 de la madrugada, ya no soporté más la tortura de mi propia mente. Encendí la moto y corrí en la pista, sin luces, el rugido del motor un grito primario que intentaba ahogar lo que yo no podía expresar. Pero ni el ruido ensordecedor me devolvió la calma. Amanecí con las ojeras hundidas y la camisa empapada de sudor frío. Salomón me encontró en el taller, dándole vueltas a una tuerca que no necesitaba arreglo, mis manos incapaces de estar quietas. —Jefe… ¿durmió aquí? —preguntó Salomón, su voz cautelosa, notando mi estado. —No duermo cuando alguien me roba la paz —respondí, mi voz áspera, casi un lamento. El celular seguía muerto, mudo, una tortura silenciosa en mi bolsillo. —¿Dónde carajo estás, Samira? —escupí entre dientes, la frustración al límite. Mi cabeza me torturaba con escenarios horribles. ¿Y si se cayó por un barranco? ¿Y si le pasó algo grave en esas montañas, tan vastas e implacables? No. Una parte de mí, la más cruel, sabía la verdad más probable: ¿Y si estaba con César? ¿Y si ese maldito tenía razón y ella siempre volvía a él, como un imán inevitable? No comí. No hablé con nadie. Me encerré en el cuarto de mi tío Germán, donde cada reliquia, cada trofeo de caza, parecía un juez silencioso de mi miseria. Al caer la noche, subí al tejado con una botella de ron, el viento helado golpeando mi rostro, intentando sin éxito llevarse el dolor. Pensé en ella: su risa contagiosa, su cabello mojado después de la ducha, el tacto de su cuerpo entre mis manos. Maldije todo. Maldije la forma en que me había amarrado sin cadenas, la forma en que me había vuelto adicto a su presencia. —Samira… si estás con otro —susurré al cielo estrellado, mi voz rota por el ron y la desesperación—, juro que te arranco de mí… o me arranco yo de este maldito mundo. Pero no podía. Las palabras eran solo un grito impotente. Porque la amaba. Porque ya era adicto a ella. Y me quedé dormido bajo unas estrellas que no tenían respuestas, mi cuerpo extenuado, mi alma en pedazos. El teléfono sonó en mi bolsillo de la chaqueta, un sonido estridente que me sacó de mi letargo. Contesté en el segundo timbre, mi corazón latiéndome con fuerza. —¿Dónde carajo estabas? ¡Te llamé mil veces! —grité, la voz más rabiosa que amorosa, la furia de los días de agonía explotando—. Mejor dicho… ¿con quién estabas que no me podías responder? Silencio. Al otro lado de la línea, solo escuché su respiración temblar, irregular, dificultosa. Cuando habló, su voz sonó débil, como si apenas pudiera sostenerse. —Hablemos después… Y colgó. Ese "después" fue un disparo directo al corazón. No era un aplazamiento, era una señal. Sabía desde dónde había llamado: desde la casa de sus padres. Y sabía qué significaba esa voz rota y esa palabra: ven por mí. Salí sin pensar. Ni cerré la puerta de la casona. El motor rugía bajo mis manos, y mi corazón corría más rápido, impulsado por una mezcla de alivio y terror. Cuando llegué a la casa de los Winston, Fernando me recibió en la sala, con los brazos cruzados sobre su pecho, la mirada cargada de furia y preocupación. —¡Primero el río, ahora la montaña! ¿Hasta cuándo va a seguir jugando con la muerte esa hija mía? ¡Un día de estos la vamos a perder de verdad! No escuché más, mi atención fija en una sola cosa. —¿Dónde está? —pregunté, temblando, la voz apenas un susurro. —Allá atrás, en la casita del viejo —respondió, su voz ahora más suave, resignada—. Tu mujer está toda mayugada, con la muñeca rota, pero terca como una mula, se niega a ir al hospital. Caminé hacia esa pequeña casita, el aire de la noche olía a historia, a vejez, y a ella. Abrí la puerta y la vi. Tendida en la cama, vendada, pálida, los labios resecos por la fiebre, el brazo entablillado en una posición antinatural. La imagen más hermosa y más frágil que había visto en mi vida. Mi huracán, roto. Me quité los zapatos y me acosté a su lado en la cama estrecha, el aroma a antiséptico y a su piel llenando mis pulmones. —Por qué te vas sin decirme nada, Samira —le susurré, mi voz quebrada por la emoción contenida—. ¿No ves que puedo morirme esperándote? ¿Que me vuelvo loco? Abrió los ojos. Sus pupilas brillaban entre el cansancio y la resignación, una mezcla de dolor físico y agotamiento emocional. —No me fui. Solo era un paseo… que terminó mal. No pensé que debía avisar. Nunca aviso a nadie. —¿Por qué no me escribes? ¿Por qué no me llamas? —mi voz se elevó un poco, la frustración regresando. —Porque no estoy acostumbrada, Grayson. Nunca le digo a nadie dónde estoy, qué hago. Siempre he sido así. Es mi forma de… de ser libre. La besé. Desesperado. Como si en ese beso pudiera asegurarme de que no volvería a perderla, de que cada centímetro de ella era mío. —No sabes lo que me hiciste. Estos tres días… estaba enfermo de tanto pensarte. No soy bueno estando solo. Antes no me importaba, era mi normalidad. Pero ahora… después de haberte tenido cerca, después de que me dejaste entrar, no puedo. No puedo si no sé dónde estás. Si no te escucho. Si no te siento. Ella me acarició la mejilla con su mano buena, sus dedos fríos sobre mi piel. —No sé cómo quedarme sin lastimar. No quiero prometer lo que no sé cumplir. No sé cómo manejar esto. —Déjame enseñarte —dije, la voz rota por la emoción, las lágrimas apenas contenidas—. Solo no te rindas rápido. Yo también tengo cicatrices. Y contigo… contigo quiero algo real. Quiero lo que nunca he tenido. —Duerme conmigo un rato —susurró, su voz apenas audible—. Me duele todo. La abracé con la delicadeza de quien sostiene algo roto y precioso, el cuerpo agotado y vulnerable en mis brazos. Y por primera vez en tantos días, respiré. De verdad.
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