El precio de quedarme

1962 Palabras
La recuperación de Samira fue más lenta de lo que esperábamos. Cada día, la veía batallar con su mano derecha, desde la muñeca hacia abajo. La terapia era inevitable, una cadena de ejercicios dolorosos que apenas le arrancaban una mejora mínima. Sus dedos respondían con una lentitud frustrante, torpes, ajenos. Verla intentar sostener un lápiz, con la punta temblorosa bailando lejos del papel, me partía el alma en pedazos. No solo era la mano; tenía raspones que dibujaban mapas de su caída en las rodillas, en los codos, en la delicada piel de su costado. Vestirse sola se había convertido en un reto que la agotaba, y aunque gruñía, con una resistencia feroz, cada vez que extendía la mano para ayudarla con un botón o una cremallera, nunca me apartó de verdad. Yo seguía ahí. En la casita del fondo, ese rincón humilde que se había transformado en mi propio universo. Allí, entre paredes descoloridas y el aroma a tierra húmeda, descubrí una riqueza que jamás imaginé, una que ninguna cuenta bancaria podía comprar. Los Winston no eran gente pobre, pero sí sencilla. Nelly, con su paciencia infinita, cocinaba el desayuno cada mañana antes de marcharse a la biblioteca, donde su presencia tranquila parecía ordenar incluso el caos de los libros. Fernando, su marido, salía con el primer sol, el machete brillando sobre su hombro, para trabajar la tierra como cualquier jornalero, con la honestidad del esfuerzo grabado en cada músculo. Y Samira… ahora lo sabía. No solo restauraba antigüedades, con esa magia en sus manos que ahora estaba, temporalmente, apagada. También tenía turnos en una zapatería del centro comercial, el olor a cuero y pegamento impregnado en su ropa al final del día. Y por las tardes, con una energía inagotable, ayudaba a Nelly en la biblioteca, organizando estantes, susurrando recomendaciones a los lectores. Una vida de esfuerzo, de sueldo al día, de cuentas ajustadas, donde cada centavo se ganaba con sudor. Una vida tan opuesta a la mía, a la opulencia superflua que me había rodeado siempre, que me parecía increíble. No había en ellos una pizca de esa elegancia forzada, de esa alcurnia rancia que a mí me había definido por años, esa coraza de indiferencia con la que me había movido por el mundo. Y aun así… estaba locamente enamorado. Ya no quedaban dudas, solo la certeza aplastante de un amor que me había golpeado sin piedad, arrancándome de mi antigua vida. Claro, mi sombra seguía ahí, acechando en cada rincón de mi mente: los celos. Cada vez que sonaba su teléfono, un escalofrío me recorría la espalda. Cada vez que alguna de sus amigas la visitaba y se encerraban a cuchichear en su habitación, sintiendo que me dejaban fuera, que existía un mundo al que yo no tenía acceso. Me mordía la lengua hasta el dolor, me repetía que no debía ser así, que la confianza era la base, pero la verdad es que ardía por dentro, consumido por una inseguridad que creía haber enterrado hacía mucho tiempo. Y aun así, sigo aquí. Anclado a su lado. Un domingo cualquiera, el aire vibraba con el aroma a humo y carne. Fernando, con su ritual inquebrantable, preparaba la carne asada, ese momento sagrado que había aprendido a respetar como propio. Samira reía, su risa cristalina mezclándose con la de su madre, con la de Yajaira, con la de Laura. Un tonto —ni siquiera me molesté en recordar su nombre— rondaba a una de ellas, y cada vez que me miraba, fruncía el ceño como si yo no perteneciera ahí, como si fuera un intruso en su pequeña burbuja familiar. Quizás tuviera razón. Quizás era un extraño. Pero qué más daba. Con una cerveza en la mano, un gusto que había aprendido a tolerar, a preferir incluso sobre el whisky que antes me definía, me adaptaba a cada cosa de esta gente que, sin saberlo, había empezado a apaciguar mi soledad. Lentamente, capa a capa, desmantelaban el muro que había construido a mi alrededor. Y mientras la observaba reír, su mano aún vendada, un recordatorio constante de su fragilidad y mi deseo de protegerla, pensé que no necesitaba más. Porque por primera vez en años… sentía que pertenecía a algún lugar. Y ese lugar era ella. Su sonrisa, su presencia, la simple quietud de su compañía. Yo pensaba que me estaba acostumbrando. A sus silencios, a los huecos inexplicables en su día. A sus amigas riendo a carcajadas tras la puerta cerrada, compartiendo secretos que no eran míos. A las llamadas breves, siempre en voz baja, como si el contenido fuera demasiado íntimo para el resto del mundo. Me repetía a mí mismo, como un mantra desesperado: "Está conmigo, no con otro." Me engañaba, porque la verdad es que mi sangre hervía cada vez que el maldito celular vibraba, cada vez que una nueva notificación irrumpía en nuestra burbuja de aparente calma. Esa tarde, la luz del atardecer se filtraba suavemente por la ventana de la casita, pintando el pequeño espacio con tonos dorados. Samira estaba apoyada contra los cojines viejos del sofá, la muñeca vendada sobresaliendo, un testimonio mudo de lo que había pasado. Me mostraba unas fotos en el teléfono, con esa inocencia que me desarmaba y me enloquecía a partes iguales. Eran telas antiguas, estampados intrincados para tapizar unos muebles de la casona. Sonrió, la luz reflejándose en sus ojos, como si no supiera que cada vez que ese aparato sonaba, me arrancaba un pedazo del alma, alimentando esa bestia de celos que se retorcía en mi interior. —¿Cuál te gusta más? —me preguntó, su voz suave, extendiéndome el móvil. Lo tomé, mis dedos rozando los suyos. Lo primero que vi fueron las telas, sus texturas ricas. Lo segundo… la notificación que apareció arriba, una punzada helada directo al corazón. Un nombre que me heló la sangre: César. No lo pensé. No pude. Mis dedos se movieron solos, impulsados por una fuerza que no controlaba. Deslicé la pantalla, y ahí estaba. Un hilo de mensajes. La fecha, reciente. Demasiado reciente. Primero, él preguntando por su salud. Un mensaje corto, directo. Ella respondiendo con calma, con una concisión que me pareció sospechosa, sin emoticones, sin adornos, como quien contesta por compromiso. —Estoy bien, me han cuidado. Me quise convencer de que era eso. Que era una respuesta educada, un simple intercambio sin importancia. Me aferré a esa idea con la fuerza de un náufrago. Hasta que apareció su último mensaje. La fecha, hoy mismo. > “Yo siempre te amé, Samira. Más que un amigo, más que un amante. Hasta me ilusioné con ese hijo que tanto pide tu padre, para que un día me amaras. Pero ahora estás ahí con ese idiota… un inglés millonario que no es como tú ni como yo. Algún día se aburrirá y se largará. Y yo… yo seguiré esperándote. Todavía luchándote.” > El aire se me fue del pecho. Un vacío. El mundo dejó de girar. Me ardió la garganta, una quemadura ácida. Sentí que un demonio, con garras afiladas, me tiraba del corazón, queriendo arrancarlo de mi cuerpo. —¿Qué es esto, Samira? —pregunté, mi voz tan baja que me sorprendió no romper en gritos de inmediato. Era un murmullo roto, cargado de una furia contenida que me quemaba por dentro. Ella abrió los ojos como platos, su mirada reflejando una mezcla de sorpresa y terror. Se inclinó hacia mí, su cuerpo tenso. —Grayson… yo… —¡No me jodas con explicaciones! —estallé, la furia finalmente liberada. El celular, ahora el objeto de mi odio, lo arrojé sobre la mesa con tal fuerza que la madera crujió—. ¿Esto qué es? ¿Por qué carajo le respondes? —¡Porque me preguntó cómo estaba! ¡Porque se preocupó! —su voz tembló, pero sorprendentemente, no retrocedió. Había una chispa de desafío en sus ojos, a pesar de las lágrimas que empezaban a asomarse. —¿Y te parece normal? —me levanté de golpe, mis manos temblando, queriendo destrozar algo. La silla raspó el suelo con un chillido—. ¿Te parece normal que un hombre te diga que siempre te amó, que quería un hijo contigo, mientras yo estoy aquí partiéndome el alma para cuidarte? ¿Mientras te doy cada jodido aliento de mi vida? —¡Yo no le pedí nada! ¡No le animé a decir eso! —sus palabras salieron con un hilo de voz, pero con una convicción que no me calmaba, sino que avivaba más mi rabia. —¡Pero le contestaste! —golpeé la mesa con el puño. El celular, un ente maligno, vibró y se encendió otra vez, como burlándose de mí, mostrando la maldita conversación—. ¡Le diste una razón para creer que tiene una oportunidad! Ella se incorporó, con el brazo herido temblando visiblemente, pero su postura era firme. —Grayson, entiéndelo. No fue nada más. ¡Te juro que no! Yo no lo busqué. No le dije que me escribiera nada, ni que lo extraño. Solo… solo respondí que estaba bien. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Ignorarlo por completo, cuando él solo se preocupó por mi accidente? Me pasé las manos por el cabello, jalándome las raíces, riendo sin humor, un sonido gutural que no reconocía como mío. —¿Y esperas que me quede tranquilo con eso? ¿Que crea que es inocente cuando él te escribe que me odia y que te sigue esperando? ¿Cuando te dice que va a seguir "luchándote"? ¿Cómo carajos esperas que duerma por las noches sabiendo que hay otro hombre esperando tu caída, tu fracaso, mi fracaso? —¡No me puedes prohibir quién se preocupa por mí! —gritó, las lágrimas rodando libremente por sus mejillas, su voz quebrada, pero llena de una desesperación furiosa. Entonces lo hice. La ira me cegó. Tomé el celular de la mesa, la pantalla aún encendida con el mensaje de César, y lo lancé con todas mis fuerzas contra la pared. Se partió en dos, un impacto brutal. El golpe retumbó en la casita como un trueno, el sonido de la destrucción rompiendo el aire ya denso. El silencio después fue más brutal que el estruendo. Se instaló entre nosotros, un muro invisible, espeso y frío. Ella me miró, con los ojos inyectados en sangre y las pupilas dilatadas, como si no me reconociera, como si hubiera visto a un monstruo. Yo la miré, sintiendo que me estaba desangrando frente a ella, que cada célula de mi cuerpo se desgarraba con el dolor y la traición. —¿Sabes qué es lo peor, Samira? —dije con la voz rota, apenas un susurro que sonaba a lamento—. Que ni siquiera tengo derecho a exigirte nada. Porque todavía no sé si quieres quedarte conmigo o si solo soy un respiro antes de volver con él. Si soy un simple alivio temporal. Me giré, sin esperar respuesta, sin buscarla. Cada fibra de mi ser gritaba que huyera de ese lugar. Abrí la puerta de golpe, el marco crujió bajo mi mano. Salí, dejando atrás ese aire denso, pesado, esa casa que ya no olía a refugio, sino a traición y a ruinas. No me importó la cerveza a medio terminar en la mesa, su espuma ya muerta. No me importó que ella me llamara por mi nombre, con la voz rota por el llanto, un lamento que se clavó en mi espalda. Solo escuché mi propia rabia, martillando en mis sienes, una verdad ineludible que me estaba destrozando: César todavía la tiene. Aunque sea en su memoria. Aunque sea en esas malditas palabras que él le escribió. Y yo… yo me estoy quedando sin nada.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR