Han pasado más de cuatro años, y mi pequeño se ha convertido en un niño hermoso. Tiene el cabello oscuro y unos ojos azules como el mar, tan intensos que hipnotizan. No puedo negar que se parece a su padre… demasiado. Pero, aunque lleva sus rasgos, su ternura y alegría son completamente suyas.
Me instalé lejos de México, buscando un nuevo comienzo. Decidí probar suerte en Estados Unidos y ahora vivo en una ciudad vibrante y llena de oportunidades: Nueva York.
Aquí he intentado reconstruir mi vida, dejando atrás el dolor y las traiciones. Conseguí un empleo estable, un pequeño departamento acogedor y, sobre todo, la paz que tanto anhelaba. Pero, a pesar del tiempo y la distancia, hay noches en las que el pasado regresa como un susurro… recordándome que algunas heridas nunca sanan del todo.
Y lo peor de todo es que el destino aún no ha terminado conmigo.
En este momento, Alex me cuenta emocionado sobre el jardín y sus amiguitos. Sus ojos brillan de entusiasmo mientras habla de sus juegos, de las canciones que ha aprendido y de cómo todos sus amigos tienen un papá que los lleva o los recoge.
—Mami, ¿cuándo conoceré a mi papá? —pregunta de repente, con esa inocencia que me desarma por completo.
Siento un nudo en la garganta, pero sonrío con suavidad, intentando no mostrar mi angustia.
—Cariño, tu papá viaja mucho por trabajo —le explico, acariciando su cabello.
Alex frunce el ceño, pensativo.
—¿Y no me quiere? —su voz suena triste, y mi corazón se rompe un poco más.
Lo abrazo con fuerza, besando su cabeza.
—Claro que sí, mi amor —le aseguro, aunque mi voz apenas es un susurro—. Eres un niño maravilloso, ¿cómo alguien no te querría?
Él me observa fijamente, como si intentara descubrir si le estoy diciendo la verdad.
—Entonces, ¿puedo ver una foto de él?
Trago saliva. No esperaba esta conversación tan pronto.
—¿Me lo prometes, mami? —insiste, extendiendo su manita para que sellemos el trato.
Dudo por un instante, pero no quiero mentirle más de lo necesario.
—Te lo prometo, Alex —susurro, entrelazando mi meñique con el suyo, sin saber que este pequeño juramento cambiará nuestras vidas para siempre.
Mi madre me observa con preocupación mientras sigo buscando en la pantalla de mi celular.
—Cariño, deberías decirle a Alex que su padre murió. No alimentes esperanzas en él… —me pide con voz suave, pero firme.
Suspiro pesadamente, sin apartar la vista del teléfono.
—No quiero mentirle, mamá —respondo con frustración—. Jamás pensé que crecería tan rápido y me haría esa pregunta.
Sigo deslizando mi dedo por la pantalla hasta que encuentro la imagen perfecta: un hombre alto, de cabello castaño y ojos verdes, con un porte elegante y una expresión seria. Se parece un poco a Alex, lo suficiente como para que parezca creíble.
Mando a imprimir la foto y, cuando aparece en la pantalla de la impresora, murmuro para mí misma:
—Él será el papá de mi hijo. Elliot Morgan.
—¿Elliot Morgan? —repite mi madre con incredulidad—. Jen, esto está mal…
—No tengo opción, mamá —le digo, tomando la fotografía con manos temblorosas—. No quiero que Alex se sienta menos que los demás niños.
Ella suspira y niega con la cabeza.
—Las mentiras siempre encuentran la forma de salir a la luz, hija…
—Lo sé —susurro—, pero esta es una mentira que necesito contar.
Me acerqué a Alex, quien estaba concentrado en hacer que sus carritos corrieran por la alfombra. Se veía tan feliz en su mundo de juegos que dudé por un momento, pero ya no podía echarme atrás.
—Cariño, ¿recuerdas que querías ver una foto de tu papá? —le pregunté con una sonrisa suave.
Alex levantó la mirada de inmediato, sus ojitos azules brillaban de emoción.
—¡¿De verdad, mami?!
Asentí y le mostré la fotografía impresa.
—Este es tu papá, su nombre es Elliot Morgan —dije, observando su reacción.
Alex tomó la foto con cuidado, como si fuera un tesoro.
—¡Wow! Se ve muy fuerte.
Sonreí y me arrodillé junto a él.
—Lo es, mi amor. Es un hombre muy importante… Viaja a la luna con sus naves espaciales.
Sus ojos se abrieron como platos.
—¿¡Mi papá es astronauta!?
Me mordí el labio, pero ya estaba dentro de la mentira.
—Algo así —dije, tratando de sonar convincente—. Él trabaja con tecnología muy avanzada y ayuda a que los astronautas puedan viajar más lejos en el espacio.
Alex miró la foto con admiración.
—Entonces, ¿por eso no puede venir a verme?
Sentí un nudo en la garganta.
—Sí, mi amor. Viaja mucho por su trabajo, pero te quiere muchísimo.
Alex sonrió y abrazó la foto contra su pecho.
—Cuando lo vea, le pediré que me lleve a la luna con él.
Mi madre, que había estado observando desde la puerta, suspiró en silencio. Yo solo pude sonreírle a Alex, aunque por dentro una punzada de culpa comenzaba a instalarse en mi pecho.