El sol apenas comenzaba a asomarse por la ventana cuando Alex saltó de la cama, emocionado como nunca. Me miró con esos ojos azules, llenos de entusiasmo, y me preguntó, como lo hacía cada mañana, sobre las maravillas que Elliot había mencionado la noche anterior. —Mamá, ¿cuándo papá me va a llevar a la luna? —me dijo, sin dejar de sonreír. Lo miré y, aunque mi corazón se apretó, traté de mantener la calma. ¿Cómo podía decirle la verdad cuando él ya se había aferrado a una mentira tan dulce, tan inocente? Sabía que tenía que ser honesta, que no podía seguir alimentando sus sueños de naves espaciales y aventuras con un hombre que, al fin y al cabo, ni siquiera era su padre. Pero ver su cara tan llena de esperanza me hizo vacilar. —Pronto, Alex —respondí, tratando de disimular el nudo en

