Brindis de Tensión.

1047 Palabras
Mi padre se alza con su copa en la mano y una sonrisa carismática, dirigiéndose a todos los presentes en la mesa. — Por mi hija, Anastasia, y su nuevo esposo, Vincenzo. —Su voz se proyecta con aplomo, como si esta fuera una ocasión de puro júbilo familiar—. Que este nuevo comienzo traiga dicha y prosperidad. Es un orgullo verte aquí, hija mía, y sé que serás una compañera digna de respeto. Mi padre, siempre el maestro de la apariencia, sonríe con esa calidez que sé perfectamente que no es real. — Brindo por la paz y la prosperidad de ambas familias —declara, mirando a cada uno como si quisiera reforzar ese lazo invisible que se ha establecido con este matrimonio—. Que esta alianza nos lleve a grandes éxitos y a una fuerza inquebrantable. Los demás en la mesa levantan sus copas. Vincenzo apenas alza la suya, pero sus ojos, fríos y penetrantes, están fijos en mi padre. Los presentes levantan sus copas en señal de celebración, pero la tensión en la mesa es algo que solo nosotros podemos percibir. Francesca sonríe apenas, con una cautela que no logra disimular del todo. Me observa con una sonrisa serena, aunque sus ojos me atraviesan con un filo invisible. — Bienvenida a la familia, Anastasia. —Dice con un tono suave, casi afable—. Sé que no es fácil adaptarse a una nueva familia, pero ahora puedes considerar esta tu familia. Estaremos aquí para guiarte y ayudarte a cumplir con el rol que una esposa de los Salvatore debe mantener —sus palabras caen con firmeza, como si fueran tan irrefutables como una sentencia. Aunque parecen de bienvenida, son también una advertencia. El peso de la expectativa se desplaza hacia mí, y me siento atrapada entre dos mundos, como si la lealtad que alguna vez di por sentado ahora fuera una carga que debo balancear en una cuerda floja. — Esperamos que comprendas el valor de esta unión y que sepas defenderla con la misma lealtad y obediencia que juraste hoy. — Por supuesto, Francesca —responde mi padre con su copa aún en alto —. Mi hija sabe muy bien cuál es su rol. La lealtad y el compromiso son valores fundamentales en nuestra familia —mantiene su expresión tranquila con un tono amistoso, aunque calculador. Francesca entrecierra los ojos, estudiando a Viktor con la misma calma estratégica que un general en el campo de batalla. Su sonrisa se vuelve apenas una línea irónica. — Ahora, Anastasia es una Salvatore —declara, y cada palabra parece tensar el ambiente aún más—. Su lealtad está con nosotros, con esta familia. Es a nosotros a quienes debe su respeto y obediencia. La mujer se asegura de hacerle entender a Viktor que mi lealtad ya no le pertenece a él, sino a esta nueva familia que ahora espera de mí obediencia ciega, lealtad inquebrantable, como si hubiera dejado de ser quien soy en el momento en que pronuncié mis votos. Mi padre no permite que su expresión se altere, aunque sus ojos reflejan un destello de irritación. — Por supuesto, Francesca. Pero no olvides que Anastasia es mi hija, mi sangre. La lealtad a su familia de origen es algo que jamás se desvanece. Su tono es amable, pero la intención detrás de sus palabras es clara: no cederá por completo el control. Antes de que Francesca pueda responder, Vincenzo interviene, cortando la conversación con una voz baja, gélida y definitiva. — Ahora Anastasia es mi esposa, Viktor. Como tal, su lealtad está conmigo, y solo conmigo. Las palabras de Vincenzo resuenan en la mesa con una autoridad que pocos se atreverían a desafiar. Sus ojos fríos están fijos en mi padre, dejando claro que no hay margen para discutir sobre el tema. Mi padre sostiene la mirada de Vincenzo por un momento, y la tensión es palpable, como si ambos estuvieran midiendo la determinación del otro. — Estoy seguro de que esta unión será beneficiosa para ambos —Giovanni, el consejero de los Salvatore, intenta aliviar la tensión, lanzando una sonrisa afable hacia todos —. Es natural que una nueva etapa traiga desafíos. Estamos seguros de que la transición será llevada con respeto mutuo —Mira a Vincenzo, a mi padre y luego a Francesca. — Como mi esposa, Anastasia está bajo mi protección y autoridad —el tono de Vincenzo es inquebrantable, y su mirada no deja espacio para interpretaciones—. Cuidaré de ella y de lo que se espera que cumpla. En esta mesa, y en esta vida, su lealtad está conmigo. Mi padre lo mira en silencio, asintiendo lentamente, aceptando sin palabras lo que ya es evidente para todos. Su silencio, aunque calmado, parece marcado por el ligero filo de una resignación que intenta ocultar tras una máscara de orgullo. Cada palabra me pesa en el pecho, como un recordatorio de las ataduras que ahora llevo. Las miradas en la mesa son tensas, y siento el juicio de ambas familias sobre mí, evaluando mi reacción, esperando una señal de que entiendo dónde debo colocar mis lealtades. Francesca me observa un momento, y su sonrisa, aunque cortés, es un recordatorio de que ya no pertenezco solo a mí misma. Finalmente, mi padre, aceptando el nuevo orden, levanta su copa una vez más. — Por la felicidad de mi hija y su esposo. Que este comienzo sea duradero. Las copas chocan en una serie de brindis tensos, y mientras todos beben, me doy cuenta de que este “nuevo comienzo” no es para mí; es para ellos, para estas familias que han trazado mi camino. Con cada sorbo, siento cómo pierdo un poco más de mí misma. Mi mirada se desliza hacia Vincenzo, mi esposo. La palabra todavía se siente extraña, distante, y, sin embargo, su mirada me envuelve con una intensidad que casi me deja sin aliento. No me ha dicho nada, pero la firmeza en su rostro habla más que cualquier palabra. Él no solo me observa, está imponiéndome su voluntad. Su mirada es una advertencia, feroz, helada. Mi lealtad ya no es un asunto de elección; es una obligación impuesta por el hombre con quien ahora comparto un lazo que no puedo romper.
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