Votos de Sombras.

1146 Palabras
—Nos encontramos hoy aquí —empieza el Padre— para sellar la unión de Vincenzo Salvatore y Anastasia Volkova, y proclamar el vínculo que los unirá en esta vida. Vincenzo se gira hacia mí, sus ojos oscuros y fríos como la noche sin estrellas. Toma mi mano entre las suyas, con una presión que me ancla, que me posee, y el Padre le indica que repita los votos. Su voz es profunda, firme, como un eco que retumba en mi mente. —Anastasia, juro ante todos aquí presentes —empieza, su tono lleno de gravedad— Entregarte mi lealtad y protección, amarte y honrarte como mi esposa, tanto en la oscuridad como en la luz. Juro sostenerte en tiempos de paz y en tiempos de guerra, con cada decisión y cada acto. Prometo protegerte y respetarte, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las tristezas… hasta que la muerte nos separe. Porque ahora eres mía… —susurra para mí — estás bajo mi sombra. La frialdad en su tono es casi insoportable. Siento que me están marcando, y una parte de mí quiere apartarse, romper este vínculo antes de que sea demasiado tarde. Pero estoy atrapada, encadenada a sus promesas vacías. Cada palabra cae sobre mí como una sentencia. Vincenzo habla de amor y de lealtad, pero no hay suavidad en su mirada, no hay ternura en sus gestos. Lo único que encuentro en sus ojos es una posesión fría, inquebrantable. El anillo de compromiso con la esmeralda brilla en mi dedo, y él toma el anillo de matrimonio, una banda simple de oro, y lo desliza justo al lado de la esmeralda, cerrando el vínculo, asegurando la prisión en la que estaré atrapada. Su toque es firme, pero distante, calculador. Siento el peso de los dos anillos juntos, el compromiso y la alianza final, como si estuvieran hechos para recordarme cada día a quién pertenezco ahora. Las palabras de Vincenzo se clavan en mí; esa fachada de amor solo me parece una burla cruel. Él jura amarme, pero sé que en su mundo el amor no existe. Es poder lo que lo mueve, lo que lo impulsa, y yo solo soy otra pieza en su tablero. El Padre se vuelve hacia mí, indicándome que repita los votos, pero mi voz tiembla al iniciar. No quiero hacer esta promesa. No quiero perpetuar esta mentira. — Vincenzo… —digo, tragando con fuerza antes de continuar— Juro cumplir con mi deber como tu esposa, sin importar los sacrificios que eso demande — Mi voz se siente extraña, apenas un susurro ahogado en el silencio solemne de la iglesia. Tomo aire, y fijo la mirada en las manos de Vincenzo, intentando ignorar cómo el peso de su presencia me abruma. — Prometo… respetarte y apoyarte… —mi voz apenas se quiebra, y una oleada de rabia e impotencia me recorre por dentro. “Respetarte y apoyarte.” Cuánto de esto es verdadero y cuánto una fachada, pienso, mientras cada palabra parece más un decreto, un recordatorio de la cadena invisible que llevo ahora. Levanto la mirada, y sus ojos, fríos y calculadores, se clavan en mí. No hay suavidad, no hay cariño. Es como si él mismo supiera que este intercambio de votos es solo parte del espectáculo, un acto que ambos debemos cumplir. Trago saliva, sintiendo cómo cada palabra me arrastra más profundamente a su sombra. —…Ser fiel a ti, en las sombras o en la luz, en los días oscuros y en los claros. Respetarte, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las tristezas — Estas son promesas vacías, sombras de lo que deberían ser. Palabras que no tienen ningún significado verdadero, solo la apariencia de algo que nunca existirá en este mundo. Aquí, no hay amor, solo compromiso y obligación. Los llamados votos de sombras. Tomo aire, recordándome que esto es un teatro, un juego en el que debo interpretar mi papel a la perfección. — Y amarte… hasta que la muerte nos separe — Mis palabras suenan como una sentencia, un pacto eterno con alguien que no ama y que no será amado. Esto no es un voto de amor. Es un voto de sombras. Porque, ¿qué más puedo ofrecerle a un hombre que no espera nada más de mí que obediencia y sumisión? Me obligo a no apartar la vista, a sostener su mirada mientras deslizo el anillo de bodas en su dedo. Siento su peso en mis manos, ese símbolo eterno de un compromiso que está muy lejos de ser voluntario. El metal frío resbala sobre su piel y, cuando finalmente el anillo descansa en su lugar, no puedo evitar sentir una punzada de resignación mezclada con una furia muda. Vincenzo observa el anillo en su mano por un breve instante antes de volver a mirarme, y yo mantengo mi rostro impasible, haciendo un esfuerzo por no traicionar la tormenta que llevo dentro. El acto está completo, pero en mi mente, cada movimiento, cada palabra, es una sentencia. Mis palabras son las que esperan, los votos que todo el mundo a nuestro alrededor quiere escuchar, pero me siento vacía al pronunciarlas. No son más que una cadena invisible, un compromiso que no he elegido. Vincenzo sonríe con una frialdad casi imperceptible, como si supiera lo que realmente siento. Sus dedos, cálidos y seguros, sostienen los míos. — Vincenzo, ¿aceptas a Anastasia Volkova como tu esposa, para amarla y protegerla, en la prosperidad y en la adversidad, hasta que la muerte los separe? —preguntó el sacerdote, su mirada fija en Vincenzo. — Sí, lo acepto —respondió, su voz grave y segura, como si cada palabra estuviera impregnada de la autoridad que representaba. Aunque en su mirada creí haber visto una sombra de duda en sus ojos. El sacerdote se volvió hacia mí. — Anastasia, ¿aceptas a Vincenzo Salvatore como tu esposo, para amarlo y apoyarlo, en la prosperidad y en la adversidad, hasta que la muerte los separe? —la pregunta flotó en el aire como un eco, resonando en mi mente. Cerré los ojos y bajé la cabeza por un momento, tratando de encontrar mi voz en medio del miedo que me envolvía. Sentía la presión de las miradas, la intensa atención de cada persona en la iglesia. Trago saliva, sintiendo que el aire me falta, ahora me toca a mí, pero las palabras se atascan en mi garganta, el sonido del “sí” se rehúsa a salir. Al padre le toma un momento más insistirme para que pronuncie mis votos, pero de pronto siento la presión en mis manos. Vincenzo las aprieta ligeramente, y, cuando levanto la vista, me encuentro con su mirada feroz, como una orden silenciosa que me obliga a reaccionar. — Sí, acepto —digo finalmente, casi en un susurro.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR