Los primeros tres días pasan volando para todos. Las actividades son tan agotadoras que, al regresar a la cabaña, apenas pueden hablar antes de quedarse dormidos profundamente. Entre limpiar, enseñar a los niños, repartir alimentos y ayudar a los más ancianos de la comunidad, el tiempo se escurre sin que nadie lo note. Aria, después de un baño tibio, se coloca el abrigo y sale un momento al aire fresco. Se sienta en uno de los troncos frente a la cabaña. Esta noche el cielo está despejado y las estrellas brillan con fuerza. La luna, casi llena, asoma entre las copas de los árboles. Se queda un rato en silencio, contemplándola, hasta que un aullido largo y profundo atraviesa la calma. Un escalofrío la sacude, los vellos de sus brazos se erizan. —¿Por qué le temes tanto a los lobos? —La v

