Una pequeña lágrima se deslizó por su mejilla, aunque no era de tristeza, más bien, era de furia. Apretó el paso, bajando los escalones de aquella empresa, dispuesta a jamás volver, y mientras lo hacía, los recuerdos de lo que había tenido lugar en su oficina, se presentaban en su mente como molestos intrusos. —Me escuchaste bien, vamos, desnúdate, ahora. La furia se anunció en la mirada de Valeria, quien retrocedió. —No —pronunció apenas—. No q-quiero desnudarme. —Perderás el empleo de no hacerlo. —Ella sintió un escalofrío cuando el hombre caminó hacia ella, acercándose y dándole la vuelta, acariciándole el trasero—. Y tú no quieres perder tu empleo, ¿cierto? —No… —¿No qué? —No, señor. —Ahora, quítate la ropa —le ordenó por tercera vez, sonriendo cuando vio como ella empezaba a

