Insistí en no ir al hospital, del mismo modo que mi madre lo hizo. El hombre se marchó minutos más tarde cuando volvió en sus cinco sentidos y limpió la sangre de su cabeza con un trapo viejo que el buen Leo le tendió. -¿Seguro de que podemos proseguir? Digo, sino podemos dejar esta firma para otro día- dijo el abogado minutos después. Al hombre tan ocupado tuvimos que pedir nos disculpara mientras todos nos calmábamos y yo limpiaba las heridas que hasta verme en el empañado espejo no creí que fuesen tan graves. -No, hay que continuar- dije apresurando el asunto. Ahora más que nunca deseaba salir de ese sitio para nunca volver. Mi madre me miró, seguía bastante angustiada y eso que su buena amiga le preparó un té de limón con miel para ayudarla a relajarse un poco. Le sonreí un poco i

