Entré en los territorios del castillo principal del clan vampírico. Varias figuras oscuras se movían por los pasillos, todos ellos vampiros que custodiarían las entradas y las habitaciones más importantes. A pesar de la presencia de tantos, nadie me dijo nada cuando me vieron pasar. Ningún movimiento hostil, ni un solo gesto de incomodidad. Lo único que hicieron fue hacer una ligera reverencia al pasar, como si me reconocieran, como si ya supieran quién soy, pero sin atreverse a detenerme o a interrumpir mi camino. La oscuridad del castillo era opresiva, y el frío de las paredes de piedra aumentaba la sensación de aislamiento. Me dirigí hacia la cocina, el lugar que conocía como mi punto de entrada en este laberinto de secretos. Allí, me esperaba la respuesta que tanto había estado buscan

