Diez años. Diez malditos y largos años para enterarme de su nombre, cuando ya, a mis 26 años, me había olvidado de su existencia.
-Camilo.- Continuó mi jefe.- Ella es Melany López y está al mando de la operación.
Sus ojos no se apartaron de los míos, ni los míos de los suyos. La comisura de su labio se alzó, indicándome que sabía quién era.
-Señorita López, un ... placer conocerla.- Yo respondí, pero sus siguientes palabras me lo impidieron.- Pero ... ¿Una mujer? ¿Al mando de una operación así? - Su voz era gruesa, varonil.
Su pregunta me indignó. Christopher lo miró burlón.
-Señor Cruz.- Aclaré mi garganta.- Le recuerdo que estamos en el siglo XXI.- Sonreí. Con cinismo, claro.- Estoy altamente capacitado para esto.
-No lo dudo, Melany ...
-Señorita López, para usted.
-No lo dudo, señorita López.- Dijo con sorna.- Sólo me preocupo por los riesgos que esto significa.
-Melany ...- Me aconsejó Christopher al percatarse de que le iba a contestar al tal Camilo y comenzar un debate respecto al tema. Todos aquí sabían lo feminista que podría llegar a ser.- El motivo de esta reunión era informar que Camilo se integrará al equipo. Está perfectamente capacitado y entrenado. Trabajará a la par contigo y posee toda mi confianza, así que no temas las cosas que él haga. Lo mismo para ti, Camilo. Melany lleva años trabajando aquí y tiene este trabajo por algo. No quiero problemas entre ustedes, así que Camilo, estás anunciado, pues el primero en salir, serás tú, no ella.- Sonreí de medio lado, como toda una sabionda, disfrutando de mi pequeña victoria.
-¿Y qué pinta él aquí? - Pregunté burlona.- Digo, dentro del operativo. Sabes que tengo todo bajo control.- Apoyé mi cadera en un estante, intentando olvidar el recuerdo de la semana pasada, cuando retocé con mi jefe sobre el inmueble. Me crucé de brazos e intento mantener mi rostro serio. Como siempre
Christopher y yo no éramos novios, para nada.
Primero, porque no me interesa tener un compañero oficial, y segundo a él tampoco. Fácil
Aunque eso no quitaba que pasáramos muy buenos momentos juntos, como el de anoche. Total, él disfrutaba igual que yo. Nada de compromisos, celos, escenitas, y sobre todo ... nada de sentimientos por el otro. Era simplemente disfrutar lo que el cuerpo de una mujer y un hombre podían hacer juntos.
-Em ... Sí, con respecto a eso ...- Habló Christopher.- Siéntate, linda.- Me ofreció su silla. Tomé asiento, poniendo los brazos en la posición de los brazos de este.- Camilo será tu guardaespaldas.- Menos mal que estaba sentado, sino, me habría caído al suelo de indignación simple.
-No necesito uno, pensé que ya lo sabías.
-Es necesario.
-En absoluto. Y ya puedes decirle al señorito que puede largarse de este sitio, que no lo necesito.
-Disculpa Melany, pero estoy aquí.- El aludido específicamente su mano. Le lancé una mirada que gritaba claramente 'Cierra tu maldita boca', y lo ignoré.
-Mel, es necesario para tu trabajo.- Intentó convencerme Christopher.
-No.- Insistí.- Conozca cada detalle del funcionamiento y en ninguna parte necesitada y segurita tras de mi.- Concurso de tosca.
-Bueno, es que lo pensé y creo que hay que darle un nuevo 'Enfoque'.
-Explícate.- Dije intrigada. El jefe no me había comentado nada del 'Nuevo enfoque'.
Hasta el momento, sabía que por todo el país se buscaba un grupo de narcotraficantes que vendían ketamina, un peligroso tipo de droga, jóvenes estudiantes universitarios, y yo tenía que descubrir quién era su cabecilla, algo que para mí, no era difícil .
-Verás ... todos tenemos que sacrificar algo ...- Rascó su nuca.
-Al grano.- Presioné, cruzándome de brazos. Camilo, por su parte, se convirtió de su lugar y se posicionó lo más lejos de mi.
Algo no andaba del todo bien.
-En mi caso, - Continuó mi jefe.- Dejaré de salir temprano, trabajaré horas extras y ya sabes que eso me desagrada.
-Christopher ...
-Tienes que hacerte pasar por prostituta frente al grupo de narcotraficantes del que antes te hablé.- Soltó tan rápido que por poco no le entiendo.
Mi mente quedó en blanco.
-Perdona, ¿Escuché bien?- Pregunté desafiante, alzando una ceja. Christopher no podía estar hablando en serio. Era imposible.
Mi trabajo consistía en ser policía. Policía de investigaciones, específicamente. Y si bien recuerdo, cuando me prepararon para esto, no había letra chica que dijera 'Hacerse pasar por furcia'.
-Sí.- Contestó un poco más seguro.- Piénsalo, tener una infiltrada en medio nos haría bien, y si eres una cualquiera, no sospecharán de ti.
Vale, su argumento era válido, pero... ¿En serio? ¿Prostituta?
Si no fuera porque no me gusta poner muecas, hubiese puesto cara de asco.
-¿Y dónde queda mi dignidad en todo esto?- Pregunté enterrando mis dedos en mis brazos, aguantando las ganas de abofetearlo.- ¿O simplemente lo que yo quiero?- Y por supuesto que no quería pasar largas noches con vejestorios a cambio de un poco de información.
Está bien, era entregada a mi trabajo, pero hasta yo tenía mis límites.
-Oh, vamos, no es para tanto.- Soltó Camilo, quien hasta ese momento se había mantenido en perfecto silencio, es más, me había olvidado de su presencia.
-La has cagado.- Le advirtió mi jefe dándole una mirada de pena, sabiendo que había despertado mi monstruo interior y que con ese hecho, ya estaba en mi lista negra. Una lista de la cual es muy complicado salir, cabe mencionar.
-¡¿Que no es para tanto?!- Exploté levantándome del asiento, afirmando ambos puños en el escritorio y asesinándolo con la mirada.- ¡Bien! No es para tanto. ¿Te parece que te vista con una minifalda y te maquille para luego encerrarte con un viejo momificado en una habitación? Créeme cuando te digo que no van a querer jugar parchís precisamente.- Solté irritada.
Camilo avanzó hasta el escritorio, quedando frente a mi.
-Pero tranquila, los besos inesperados son lo tuyo.- Dijo con la sonrisa burlona de hace un rato.- Además, señorita López,- Inesperadamente su mirada recorrió mi cuerpo por completo, y más inesperado aún, no me desagradó.- No es a mi a quien se le verá un cuerpo de infarto con una minifalda.
Fruncí el ceño, incapaz de contestarle en ese minuto.
-Camilo, espera afuera, por favor.- Pidió mi jefe.
-Y no vuelvas a entrar, gracias.- Complementé, recuperando el habla.
Cuando el hombre abandonó la oficina, dejé caer mi cuerpo en el asiento, mirando a mi jefe.
-¿Por qué no me lo habías dicho? Es más, con el novato al frente no era el mejor momento para hacerlo.
-No lo llames novato.- Dijo con una sonrisa sentándose al frente a su escritorio.- Y no te lo había dicho antes porque pensé que soportar a la fiera que llevas dentro sería mejor hacerlo de a dos que solo.- Solté una risa seca.
-Eres un idiota.
-Y también tu jefe, así que no me hables así. De todas formas tienes hasta el lunes para pensártelo. Sabes que no te obligo a nada.- Asentí porque era totalmente cierto.- Sólo recuerda las ventajas que traería. Si los descubres, puedes estar segura de que tendrás tu aumento.
-Si llegara a aceptar, no sería ese el motivo.
Me iba bien en lo que hacía. Ganaba bien y no me faltaba nada. Tenía un buen piso, ropa, zapatos, mi propio carro, un elegante Mercedes Benz Coupe Clase S 2015. Hasta su nombre regalaba distinción. Era un coche n***o con los vidrios polarizados y por dentro era simplemente espectacular.
¡Ah! Y que no se me olvide, además de todo lo anterior, podía comprar cuanta comida chatarra quisiera.
-Pero sería un incentivo extra.- hubo un rato en silencio, hasta que él lo rompió.- ¿Sabes? Creo que terminarás aceptando.- Lo miré dudosa.- Llámale intuición o como quieras, pero el lunes llegarás diciendo que sí.
También lo creía.
¿Las razones? No era por el aumento, no era por ser entregada a mi trabajo, era porque era un reto para mi, como profesional. Si fui capaz de hacer miles de cosas antes, como el duro entrenamiento físico, las lecciones de manejo de armas, los interminables casos de s******o resueltos por mi, si fui capaz de todo eso, no era para ahora retractarme y comportarme como una puñetera adolescente hormonal preparándose para ir a una fiesta. Ni hablar.
No obstante, como no estaba del todo segura, no le respondí en seguida.
-¿Sabes? Creo que necesito salir de aquí.- Me levanté y me encaminé hacia la puerta. Cuando tomé el pomo de ésta, las manos de mi jefe se enroscaron en mi cintura.
-La pasé muy bien anoche, podríamos repetirlo.- Sentí su cuerpo despertar. Hombres...
-Como quieras, pero no más entre semana.- Con mis manos, saqué las suyas de donde se encontraban de manera brusca. Abrí la puerta, y antes de salir, pude escuchar que mi jefe decía 'Seguro', de forma burlona.
Escondí la media sonrisa en mi serio rostro. Siempre decía lo mismo 'No salir entre semana', pero con lo testaruda que era, rompía mi palabra a la semana siguiente. Caminé a los baños del cuartel y me encerré en ellos, sin importarme si alguien quería usarlos. Me paré frente al espejo, deteniéndome un segundo a verificar que mi maquillaje no se haya corrido. El delineador n***o rodeaba a la perfección mis ojos verdes y mis pestañas se veían demasiado largas con la máscara que apliqué en la mañana. Mis ojos en general se veían bien, grandes, gatunos, seductores. El n***o del delineador contrarrestaba a la perfección con el claro de mis ojos; Con mi mirada seguí hacia abajo, hasta mis labios. Éstos no eran gruesos, pero tampoco delgados, eran... ¿Normales?. No me gustaba pintarlos, sólo hacer que no se vieran resecos, humectándolos con un labial especial con sabor a cacao. El maquillaje estaba bien, por lo que me centré en mi cabello. Con mis manos lo arreglé, tomando la rubia cabellera y dejándola a un lado. Éste llegaba hasta casi mi cintura, en donde empezaba mi falda entubada negra, complementada con una blusa transparente gris y unos zapatos altos de taco aguja en el mismo color.
Alicé una arruga inexistente en mi falda, justo cuando tocaron la puerta.
-Ocupado.- Vociferé.
-Hay más de un retrete en ese baño, necesito entrar.- Si no me equivocaba, era la voz de Camilo. No lo podía asegurar, porque aún no la conocía a la perfección, pero como era una voz nueva, supuse que era él.
-Lo más extraño de todo esto, es que probablemente, frente a tus ojos hay un gran y llamativo letrero que anuncia que éste es el baño de mujeres.- Dije sin apartar la mirada de mi impecable falda. Silencio.
-Uhh, sí, claro. Perdón. No molesto más.
Salí al mismo tiempo que la puerta del baño de hombres se cerraba. No pude aguantar la carcajada, sabiendo que nadie me observaba.
-Idiota.
Me dirigí hacia mi oficina pensando en saborear un delicioso capuccino de vainilla, extraído de mi preciosa máquina de cafés, la cual, estaba al lado de mi escritorio.
Sí señores, era rubia, de ojos verdes, delgada, lo justo de delantera y trasera, tenía un Mercedes Benz, dinero y me propia máquina de cafés, en mi propia oficina. ¿Qué más podía pedir? Mi vida era malditamente perfecta.
Era el sueño del pibe.
Cuando estaba cerca, noté la puerta de mi despacho abierta. Entré, esperando encontrarme a Carmen dejando algunos folios en mi escritorio, pero en su lugar, encontré a dos chicos de mudanza sacando mis preciosos sofás rojos de mi sala de descanso, y dejándolos arrinconados.
-¿Pero qué...?- Pregunté a nadie en particular con el ceño fruncido. Uno de los hombres me miró y recorrió con su mirada todo mi cuerpo.- ¡Eh, cabrón!- Le dije, haciendo que se sobresaltara.- Aparta tu mirada y dime qué significa esto.- El rojo tiñó sus mejillas, reacción que estaba muy acostumbrada a causar en el sexo opuesto, por lo cual no me importó.
-Bue- bueno, el señor Toloza pidió que instaláramos un escritorio frente al suyo.
¿Christopher? ¿Un escritorio?
En ese minuto, el aludido entró a mi desmantelada oficina.
-Ey, Mel. Veo que ya estás con los de carga.- Dijo mi jefe parándose a mi lado.
-¿Podrías decirme qué cojones es esto?- Hice girar mi dedo índice en círculos, refiriéndome a todo el movimiento dentro del amplio lugar.
-¿No te lo había dicho? Compartirás tu despacho con Camilo. Después de todo, trabajarán juntos en el operativo.
Apreté con fuerza el puente de mi nariz, contando hasta diez para intentar controlar mi genio.
Esto iba a ser una lenta agonía.