Ese sabor que se siente en el paladar y recorre el cuerpo en una especie de baño de gloria que enaltece el ego al punto de hacerte sentir dueño del universo y causar una sonrisa de suficiencia que demuestra al mundo que no habría nada ni nadie que pudiera perturbar ese momento de regocijo. Así se estaba sintiendo Anna. Al llegar a su departamento, dejo los paquetes que traía en las manos y se fue directo al pequeño bar que estaba dispuesto en un ala de su sala de estar. Tenía la sensación de que era necesario celebrar. Dejar a Graham con el deseo ferviente de apoderarse de su cuerpo, a la espera del regreso que nunca iba a suceder, no por ese momento, era el logro más grande que pudo haberle aportado ese día. Descorchó una botella de vino blanco, y gustosa, pese a que no es asidua al l

