IX
El retorno de Caína
El grupo de expedición tocó el suelo de Kavec a altas horas de la madrugada. A la entrada, los esperaba la anciana Tenamai-tesen. No reconoció de inmediato a su nieta, porque la mujer que regresaba no guardaba relación con la joven que conocía. Su semblante era más el de un espanto que el de una mujer viva.
Adentro la lavaron, quitaron de su piel costras de sangre y tierra. La recostaron en su recámara.
—Abuela —dijo, venida en llanto—. ¿Dónde está mi padre?
Tenía la esperanza de que Amanon Wiriki le hubiere mentido.
—Tu padre está ahora sobre los tepuyes —la consoló Tenemai-tesen—. Cada vez que quieras verlo, solo mira el firmamento.
Y finalizó:
—Recupera la fuerza y ocupa el lugar que te corresponde. Vienen momentos difíciles para nosotros.
Caína durmió seguidamente durante dos días con sus noches. Su cuerpo pedía restauración. El cabello, las manos, los pies, acusaban el m******o de un trabajo excesivo, agotamiento yhambruna. En su rostro se dibujaban las huellas incisivas de un delirio. Sufría la primera fiebre del amor, esa que asfixia cuando se pierde. Era muy joven, no estaba preparada para un primer fracaso amoroso.
—¿Quién lo está? —le preguntó Tenemai-tesen a Amanon observando a Caína dormir—. Nadie. La primera vez que nos enamoramos, podemos morir de eso.
Amanon Wikira sonrió.
—No quiero caer nunca en ese estado.
—¿Quién sabe? —respondióla anciana—. El problema es pensar que todo acaba ahí. Que no podemos continuar.
—Enséñale eso a Caína —objetó Amanon—. Parece que necesita aprenderlo.
—Mi niña —respondió Tenemai sonriendo levemente—. Hay cosas que no se enseñan. Hay cosas que solo debemos aprender sin ayuda de nadie.
Cuando el sueño por fin restauró el cuerpo de la muchacha, cuando hubo de descansar de la dureza de las rocas, Caína abrió los ojos y encontró que estaba en su recámara, a mitad de una realidad contundentemente distinta: sin Tadeo, y sin su padre. Se quedó en el chinchorro un buen rato, adaptándose a los nuevos cambios. Ya no podía llorar. Ya lo había llorado todo. Sin embargo, se sintió perdida. Ya su padre no estaba allí para orientarla. Ni su padre, ni Yarimba, ni Tadeo.
Por primera vez la embargó el sentimiento de una profunda soledad. Se había alejado de todo. Miró hacia adentro, y no vio a Dios. Todavía no entendía que la nueva situación la estaba impulsando hacia la transformación de su ser. «Cuando aprendemos a estar solos, es en realidad cuando aprendemos a amar», dijera su padre. Pero ya Barrikä no estaba ahí. Además, todavía no había llegado el momento de comprender estas sentencias. Caína era joven. Debía emprender su propio camino, llegar a conclusiones propias, escribir sus propias parábolas.
Y precisamente por eso tomó varias decisiones mientras tomaba el baño y se vestía: tomaría su lugar, como hija del cacique, y traería de vuelta a la aldea a Yarimba. Sin madre, sin padre, sin amor, necesitaba una columna con la que sostenerse. Habiendo tomado esta determinación, se abrió paso entre su gente y se plantó sin consultar a nadie las decisiones que había tomado. Tal vez se le vio afligida, pero más resuelta.
—Mi padre ha regresado a la fuente originaria —se dirigió Caína a la asamblea—. Su partida conmueve mi corazón, y nos obliga a entrar en un nuevo tiempo. Que esta nueva época sea marcada por nuevas alianzas.
Así habló Caína ante los capitanes y ancianas de su círculo cerrado. En principio, parecía dominada por cierta ecuanimidad y sensatez. Pero minutos más tarde, esa percepción cambió radicalmente. Porque Caína dio a conocer su decisión de traer a Yarimba a la aldea.
La asamblea respondió con un soberano revuelo.
—No puedes hacer esto —se levantó Amanon—. Ella ofendió a nuestro Dios, a tu padre, a tu madre, a todo nuestro pueblo.
—En perdonar está nuestra grandeza —respondió Caína—, querida Amanon Wiriki. Dejemos que el perdón marque esta nueva época que inicia
El debate duró unas horas más. El grupo se había divido a favor de Amanon y Tenamai-tesen, y otro a favor de Caína. De cualquier forma la decisión estaba tomada. No habría nada, ni nadie, que se opusiera a su resolución. Caína ponía a prueba, por primera vez, la calidad de su fuerza. Pero también la calidad de sus decisiones. No tardaría en descubrir que una obstinación personal puede convertirse en un mal mayor, y que los caprichos íntimos deben separarse del destino común de su gente.
Yarimba regresó a su pueblo originario cuarenta años después de que le había maldicho, reclamada por la hija del hombre a quien amó, y por quien fue aborrecida en su mocedad. Su juramento estaba hecho. Sus maldiciones habían repercutido a su favor. Entraba a la aldea escoltada por un grupo de hombres fornidos, pero no era recibida como soñó, con alegría, cánticos, gloria. No podía haber gloria en el regreso de una mujer afianzada en el rencor. Nunca la hay. Fue recibida por un pueblo silencioso ocupado en esconderse de ella: por un pueblo ofendido y amedrentado.
Quienes la vieron pasar a la casa de Caína lo hicieron detrás de las ventanas. Amanon Wikiraya estaba lejos para verla entrar con su sonrisa hiriente. Se había marchado de la aldea, dando la espalda a una mujer que ya no era su amiga. Y Tenamai-tesen, encerrada en su cámara, solo escuchaba los pasos de los hombres que dejaban frente a la puerta de Caína una nueva desgracia. «Tu hija es muy joven para comprender —le decía la anciana a su hijo Barrikä como si pudiera oírla—, que perdonar al enemigo es muy distinto a traerlo a casa».
Eso era lo que había hecho Caína: cubrir su soledad con las palabras falsas de una bruja, cubrir su herida con las falsas esperanzas de recuperar lo que nunca tuvo. Entender que aquel hombre jamás le había amado iba a tomar tiempo.
Y mientras eso ocurría, Yarimba se instalaba en el centro de sus dominios, operando suavemente para oprimir a los aldeanos y a su líder bajo los mandamientos de un dios ficticio yvoraz. Al fin de cuentas, no solo le habían abierto las puertas a ella: también había hecho montar sobre un pedestal en el centro del patio de ceremonias, al dios mitad hombre, mitad tapir.
—Nanike´edai —dijo un niño detrás de las piernas de la madre, cuando vio la figura aterradora del nuevo dios en mitad del patio.
El miedo fue común a todos. El rostro voraz de aquella figura empañaba la dulzura de la sabana. Era ajeno a todas sus costumbres, sus facciones terribles inspiraron temor en lugar de confianza y libertad. Caína se encontraba abstraída en su obstinación como para poder verlo. Estaba tan embebida en su herida, en hacer retornar al hombre a quien le había entregado su cuerpo, que ni siquiera vio la forma en que la gente más la amaba se alejaba de ella.
“Ay de los hijos rebeldes - oráculo de Yahveh - para ejecutar planes, que no son míos, y para hacer libaciones de alianza, mas no a mi aire, amontonando pecado sobre pecado!”
(Isaías 30,1)
“Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian”
(Éxodo 20,2-5