El eco de la venganza El aire en el refugio era denso, cargado con la tensión de las últimas horas. Emma todavía sentía el temblor en sus manos, el peso de lo que había hecho. Había matado a su propio padre. Aún cuando sabía que no tenía otra opción, que había sido en defensa propia, el vacío en su pecho la consumía. Alexander la observaba en silencio desde el otro extremo de la sala, con sus ojos grises clavados en ella, analizando cada movimiento. Él sabía lo que significaba para ella haber acabado con su padre. Sabía que, aunque el hombre había sido un monstruo, seguía siendo su sangre. Y el conflicto interno que se desataba en Emma ahora era inevitable. —Emma, ven aquí —dijo él, con una voz grave pero suave, tratando de ocultar el torbellino de emociones que lo envolvía. Ella levan

