El demonio me quiere conocer.

1225 Palabras
“En el Infierno…solo el Diablo te ayudará a salir” Bajé las escaleras con rapidez. No tenía tiempo que perder, tenía que llegar antes de que lo hiciera Román, que me mataría si se enteraba de que salí. Decidí bajar por las escaleras, supuse que no soportaría escuchar otra vez esa tonta canción de ascensor. La verdad, ¿a quién podría calmar esa música? ¡Si ponía de los nervios! Me debatí entre tomar un taxi o solo caminar, ya que no quedaba tan lejos del barrio y me había sobrado dinero, pero decidí que mejor lo ocuparía de vuelta. Me dispuse a caminar rápido. Parecía que mis pies se movían solos, como si no los controlara y ellos supieran dónde tenían que ir. Cuando llegué, el ambiente cambió por completo; las paredes estaban rayadas y había basura en las calles. Se podía percibir la precariedad en la que se encontraba ese barrio. La desigualdad social siempre sería un tema porque nuestros gobernantes nunca habían pensado en nosotros ni serían capaces de ceder algunos privilegios. Caminé con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Una vez que llegué a la calle donde residía, me fijé bien si es que estaban los policías, pero para mi buena suerte no había nadie, solo unos hombres que estaban junto a un basurero, los cuales quemaban algo y se calentaban las manos. Todavía hacía frío, pero había días en que el verano pareciera estar a la vuelta de la esquina. Caminé hacia la casa y me cercioré de que no hubiera ningún coche sospechoso. No lo había. Toqué la puerta. Mis manos sudaban. Cuando pensé en devolverme se abrió más rápido de lo que pensé. Mi madre estaba en el umbral mirándome con odio. No podía decir que estaba demacrada por completo porque siempre lo había estado. Creí que iba a gritarme. La empujé y cerré la puerta. —¿Qué haces aquí, maldita malagradecida? —espetó. La miré. No sabía cómo alguna vez pude pretender que ella pudiera quererme. —Me vendiste. ¿Estás muy mal porque el idiota de David está en el hospital muriéndose? —cuestioné con asco. —¡Eres una asesina! Debí dejar que David te matara. Sentí un pequeño pinchazo en el pecho, pero no cedí a él. —¡Lo hiciste! Todas las veces que dejaste que me golpeara y abusara de mí, ¡ni una vez te importó! —No quería llorar. Tenía tanta ira contenida que las palabras solo salían de mi boca. Me acerqué a ella con los puños apretados—. ¡Eres una escoria, la peor madre que pudo haber existido, una drogadicta asquerosa que no merece vivir! —Una vez que despierte David, ¡te matara! —chilló mientras retrocedía. Casi pude ver un poco de miedo en sus ojos. Debería tenerme miedo. —No si yo lo mato primero. Luego vendré por ti, maldita inútil. Vas a pagarme todo lo que me hiciste. —Le escupí en la cara. Ella no dijo nada por primera vez, se quedó sin palabras, porque, claro, ya no era la niña de antes, que siempre hacía las cosas callada, que aguantaba todo. Sentí que no tenía nada más que decirle. Su cara asustada me producía un placer inmenso. Le guiñé un ojo y salí de ese lugar. Afuera ya empezaba a anochecer, por lo que comencé a caminar más rápido. De pronto, cuando daba la vuelta, un coche policial se acercó a la casa. Me giré para que no me vieran y miré por el rabillo con alivio cuando no se detuvieron a mi lado. El coche se estacionó frente a la casa y de él bajó una mujer, una detective, con una carpeta entre sus manos acompañada de otro hombre. Tocaron la puerta. Sabía que debía irme porque de seguro la inútil les diría que estuve allí, pero no podía dejar de mirar. Ellos le hablaron. De un momento a otro, ella comenzó a llorar y a gritar. —¡Ella lo mató! ¡Ella me dijo que lo haría! ¡Búsquenla! ¡Hace poco estuvo aquí amenazándome! —sollozó. Pobre, casi llegó a darme pena. Lo que más me llamó la atención fue que David estuviera muerto. ¿Tan fuerte fue la herida que terminó muriendo? Ahora tendría que trabajar, porque ¿cómo conseguiría las drogas? Sin ella no podía vivir. A pesar de que David estaba muerto, hubiera querido ir a verlo al hospital, que me mirara a los ojos mientras le quitaba su último aliento, pero obviamente ya había terminado con él. Solo esperaba que se pudriera en el infierno. «Porque allá nos veremos, hijo de puta». Caminé de vuelta. Todavía podía escuchar los gritos de esa mujer, y la verdad no me producían nada. Regresé sumida en mis pensamientos, sin tener en cuenta que, al delatarme, la policía podría estar buscándome, pero la verdad era que caminar siempre me había gustado, ayudaba a despejar mi mente. No me di ni cuenta cuando llegué al edificio. Me saqué el gorro de la capucha y subí las escaleras. Cuando entré, Román estaba parado en la cocina y me miraba muy enojado. —¿Dónde estabas? Entorné los ojos. —Por favor, no pienses controlarme. —Fuiste allá, ¿verdad? Más que una pregunta, parecía una afirmación. —Sí, fui a encararla, ¿y sabes? Ahora me siento mucho mejor —Me saqué la chamarra, saqué una fruta del mesón y me senté en el sofá—. ¿Y sabes de qué me entere? ¡David está muerto! —Sonreí. —¿Cómo te enteraste? —inquirió, aunque no parecía sorprendido. —Al rato que me fui llegó la policía… No alcancé a terminar porque me interrumpió con un bramido: —¿Te arriesgaste a que te pillaran? Hice como si los oídos me dolieran. Sarcasmo, obvio. —Miré desde la esquina. La hubieras visto cómo lloraba, parecía una actriz. —Agarré el control remoto y encendí la televisión. —Te pintaste y cortaste el pelo. —Caminó hacia mí. —Sí. ¿Qué tal me veo? —Moví las cejas de arriba abajo. Rio. —Te queda bien. —¿Me conseguiste la identificación? Negó. —Le consulté al demonio, se lo pedí, pero él no me aceptó. Dijo que quería que primero hicieras un trabajo por él y te la daba. —Fruncí el ceño—. Él quiere verte mañana. Vaya, el Demonio de Endler quería verme mañana. Quizá me mataría o quizá me daría mi maldita identificación falsa. Cualquiera de las dos, no parecía tan mala opción. —Iré. —¡No, no irás! —¡Sí iré! —Aria, no sabes cómo es él. Una vez que entras ahí, no podrás salir. No eres para eso. Sacudí la cabeza. —Ya no soy la de antes. Iré a conseguir mi maldita identificación y haré el trabajo que quiera. Mañana conocería a aquel hombre que mató a sangre fría a su padre. Tal vez me podía dar unas lecciones. Tal vez ya estaba en el infierno si el demonio quería conocerme.
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