Sarah sentía cierto temor, debido a esa figura extraña y malvada que se le apareció en uno de los ventanales de la habitación, aunque era pequeña, sabía y presentía muchas cosas, pero su miedo no podía enfocarse en esa criatura, sino en alguien más poderoso entre los lobos, que le podría hacer mucho daño. ¿Lobos? Sí, tal cuál. La niña sabía que en el sitio donde estaban viviendo ahora y, los que ahora serían su nueva familia, eran hombres lobos, solo que no podía revelarlo, ya que muchos están detrás de la llamada Luna, tema del que también tenía conocimiento, pues, sus pesadillas y premoniciones, desde siempre le habían mostrado su pasado, su presente y su destino.
Sarah soñaba con un lobo blanco, diría que sería un cachorro, muy amable y que podría ser capaz de cuidarla y protegerla de todo y de todos, de cualquier peligro que pudiera acecharla, en su vida humana y, en su ahora vida entre lobos.
Ella caminaba tranquilamente hacia la habitación donde dormiría con Dorys, en compañía de su hermano, ya que él era la persona predestinada para que la cuidara por sobre todas las cosas, por sus lazos de sangre, lazos de amor...
En algún lado de la profecía, se podía leer, quizás entre líneas, que la Luna destinada para el príncipe de la manada Luna Plateada, debía tener siempre a su lado, un lazo que se anude a su existir en este plano, ya que en el otro plano, el invisible para los humanos, pero no para los ancestros, tenía a sus padres, quienes permanecían con una deuda con la vida y con ellos mismos, de estar ahí para siempre con su descendencia.
Era importante que Sarah, se mantuviera junto a su hermano, y a su vez, tejiendo lazos y nudos de sentimiento con el príncipe, quién prontamente, se convertiría en un Rey.
El viejo rey, tenía planes para Sarah, y ella, apesar de su corta edad, sabía que era parte de un plan que le ayudaría a ella a hallar su camino y su propio destino, y a ellos, la manada Luna Plateada, a fortalecer su hermandad entre cada una de sus familias, sus relaciones, su bosque y hasta sus propios negocios para lobos y humanos.
«Sé que esa muchachita sabe más de lo que podemos imaginar, sin embargo, aun no puedo revelar lo que está pasando, ni siquiera a Lyam, él menos que nadie puede enterarse de lo que...», pensaba el Rey en su alcoba, tratando de no esclarecer tanto esos pensamientos, ya que podrían estarlo espiando,
Pero... en todo momento, siempre se tropieza un pero, había alguien más que tenía planes con ella, y no precisamente, positivos... o quizás sí, aunque no para ella, es decir, estaba involucrada, sin embargo, la humana no tendría ningún provecho de esto y tampoco, sería una niña y más adelante, una mujer feliz.
«Sí mi hermanito supiera todo lo que tengo planeado para la Lunita que tiene cautiva en su manada... No tendría ganas de acercarse siquiera a “mediar”, pues él sabe que bajo esos términos, yo no juego. Mi juego es suciom, malvado y maquiavélico. Es una lástima que la manada luna Plateada, me haya desterrado», pensaba el Rey de la Manada Oscura, sentado en su despacho, ideando la estocada perfecta para vengarse de su hermano.
Probablemente Sarah, ni siquiera existiría, pues esa mente macabra, esperaba que teniendo a la dulce Luna en su poder y cumpliéndose la profecía, luego la jovencita, no sería necesaria, por lo que muy bien podría desaparecerla. Al menos esos eran los planes maquiavélicos de un lobo herido y sin corazón, e incluso, desterrado de su propia manada.
—Señora Dorys, ¡Tengo miedo! No quiero dormir, quiero rezar como nuestra mamita nos enseñó a Ian y a mí. —le dijo la niña al ama de llaves, cuando entraban a la habitación de esta.
—¡Claro! Mi niña, siempre que quieras rezar, pudes hacerlo. Nosotros aquí también somos creyentes de Dios y de los Ángeles de La Guarda —le dice Dorys a Saritah con una sonrisa en los labios y acariciando su cabello largo.
—¿De verdad aquí creen en nuestro Dios? ¿El mismo de todos los humanos? —indaga la niña con curiosidad.
—Pero claro, Sarah, ¡Aquí todos somos humanos! Por supuesto que creemos en Dios —le responde la nana con un poco de temor respecto a lo que la niña fuera a contestar.
Sarah lo piensa un instante, mira a Dorys, quien la ve con un poco de desconcierto y luego mira a Ian, su hermano, quien la ve como gallina que mira sal, con cierta extrañeza, ya que no es normal que su hermanita hable de esas cosas y mucho menos con ese ápice de curiosidad que afincó al hacer aquella pregunta.
«Sarah está muy extraña, ella no hace ese tipo de preguntas, ¿Qué querrá saber exactamente mi hermanita?», se peguntaba Ian mientras miraba fijamente a su hermana.
—Señora, solo preguntaba por curiosidad, es que a veces aquí en esta casa parece que no fueran humanos, solo por eso. —le contestó la jovencita, claramente.
Ian, continuaba mirando a su hermana, tratando de descifrar lo que quisiera decir ella, no obstante, no tenía idea de lo que podría estar hablando, por lo que se acercó a la terraza de la habitación de Dorys, asomándose, mirando hacia el cielo, tal vez, buscando respuestas en el claro de la luna o en el reflejo de su luz en la espesura del bosque.
—A ver mi niña, y... si no somos humanos ¿Qué podríamos ser? —indaga Dorys, tomando a la niña de las manos.
—Señora, ¿puedo decirle un secreto? —se acercó Sarah al oído de Dorys, cerrando los ojos, entrando en un estado diferente al que se encontraba minutos antes.
—¡Claro! Puedes confiar en mí. —le dice acercándose un poco más a ella y viéndola a los ojos, siendo estos un poco curiosos y cambiantes.
—Yo sé cosas que ustedes; el señor Rey y usted, no creerían. Yo sé la razón por la que estoy aqui, en esta manada, porque sé que todos ustedes son lobos, los escucho cuando hablan entre sí, a través del pensamiento. Sé que es una ley, que mi hermano no debe separarse nunca de mí, tengo el conocimiento de cuál es mi destino, y también sé la razón por la que estoy en esta casa. Yo lo sé todo, aunque ustedes no lo crean, lo sabía mucho antes de llegar. Sabía que mi mamita moriría en aquel accidente, porque era la única manera de nosotros poder ser parte de la manada, y por lo tanto, de también hacer cumplir la profecía —le decía la niña al oído a Dorys, quien se quedó patidifusa, escuchándola. La niña continuó —El señor Rey, debe andar con mucho cuidado, porque alguien nos vigila, a todos, pero sobre todo a él y a nosotros, cada vez que salimos a jugar al jardín.
―Sarah, ¿Por qué dices todas esas cosas?, creo que estás viendo muchos programas de televisión, —le dice la nana, tratando de hacerle creer a la niña que está equivocada.
—Señora, por favor, no. No haga eso. Usted y yo sabemos que todo lo que estoy diciendo es verdad, pero no puedo decirlo frente a mi hermano, porque él probablemente no me creería. —continúa diciendo la niña, como si en un trance estuviera.
—¿Quiénes dicen que los vigila al Rey y a ustedes? —le pregunta la nana, con intenciones de mostrarse a sí misma que la niña no está hablando en serio.
—Los hombres del Rey Oscuro. Ellos vienen a esta manada a buscar información de los pasos que da el Rey, pero también con malas intenciones para con nosotros, posiblemente, me busquen a mí.
—¿Por qué te buscarían precisamente a ti, Sarah? —pregunta Dorys, confusa.
—¿Acaso no se lo imagina? Yo soy la Luna que ustedes han esperado por tanto tiempo para hacer posible que se cumpla la profecía de los ancestros, pero ellos, me quieren a mí, necesitan alejarme de la manada Luna Plateada, con el fin de obtener una venganza a sangre fría o a muerte. La muerte llegará pronto, Señora Dorys y ni usted, ni el mismo rey, ni nadie podrá impedirla. Él... podría correr peligro.
—Lo mejor será que te acuestes a dormir, Sarah, por favor, deja de decir esas cosas. Nada de lo que dices, es real.
—Usted sabe que es la realidad, tal vez, en unos minutos no recuerde nada de lo que le dije, pero... tenga en cuenta que aunque no hable de ello, estoy al tanto de todo. Y no olvide, está cerca, el peligro... nos acecha y la muerte busca desesperadamente quien le haga compañía.