Igual que de improviso había entrado en la vía de la agresividad, en un momento Marcos había vuelto a la vía del recurso principal de la atracción: —Escucha: en lugar de un quinario de oro, te doy dos si me ayudas: Es una buena cantidad, ¿no? En la diana: Anaximandro había sentido desvanecerse la tensión y aumentar la avaricia: —Ah… sí… sí, está bien: pon las dos monedas en el suelo, para que las pueda ver. Lo había hecho, con calma estudiada, posando una cada vez. El carretero había mirado ese oro con codicia durante unos segundos, en silencio. Luego, volviendo a levantar los ojos, había dicho a Marcos: —¿Qué quieres saber exactamente? —Todos lo que sepas de tu primo: por dos quinarios de oro, te lo puedo pedir. —Está bien, algo sé porque en los primeros días Pirro estaba destroza

