Ella no se sorprendió demasiado, de hecho no se sorprendió nada. Él había estado detrás de eso por más de cinco años.
Era un hombre testarudo que creía que su dinero y físico podrían comprar a cualquiera, pero cuando llegaba a ella era donde se marcaba la raya.
No importaba la situación en la que Barbara se encontrara, no estaba dispuesta a entregarse a sí misma a aquel arrogante hombre.
—Ni lo creas.
Connor intentó mantener la calma y fingir que no le importaba, pero en realidad le quemaba por dentro que ni siquiera estar en la situación en la que estaba era suficiente para que ella se entregara a él.
Mientras más Barbara lo rechazaba, más él se obsesionaba con ella y aquella había sido una obsesión y un capricho que se habían prolongado por más de cinco años. La necesitaba y había recurrido a todo para tenerla sin algún resultado.
—Barbara, piénsalo bien. Sabes que no hay alguna otra manera de que consigas ese dinero si no es entregándote a mí.
—Yo no me robé ese dinero y no lo pagaré, así que tu propuesta no tiene sentido de todas formas.
—Barbara, piensa bien en lo que dices. No es bueno rechazar a un hombre con tanto poder como yo.
—¿A qué te refieres con eso? No me sorprendería si todo esto se trata de una estrategia más de tu parte solamente para llevarme a la cama.
—No lo es, pero tengo el poder suficiente como para intervenir y hacer que mejore, o intervenir y hacer que se ponga mucho peor. Tú decides cual de las dos.
—Connor Anderson, te lo dije hace cinco años y lo volveré a repetir: ni tu belleza ni tu dinero me importan. No soy un objeto y no me entregaré a ti para que me uses a tu gusto. No hay nada en esta tierra que me haga desear estar contigo y nunca habrá una trampa o táctica lo suficientemente poderosa como para hacerme fallar y entregarme a ti.
Connor gruñó en el teléfono, como un león enjaulado. Ella podía imaginárselo, caminando de una esquina a otra mientras su largo y rizado cabello rubio se movía de una esquina a otra.
Él era atractivo, como nadie era capaz de negar, pero estaba podrido por dentro. No importaba que tanto ella lo quería en realidad, tenia que tragarse aquel amor y usar su cerebro. Connor Anderson la quería para una sola cosa: placer.
Algo que ella jamás le daría.
—Barbara, te juro que te arrepentirás de tus decisiones.
Connor colgó, gritando blasfemias y golpeando las paredes.
Cinco años detrás de la misma mujer. Pensó que el tiempo y la escasez económica la haría cambiar, pero se equivocó: ella estaba más testaruda que nunca.
Él estaba tan enojado que sabía que aquello no se quedaría así.
Recogió su teléfono del suelo y marcó el numero de la prensa.
No le gustaba verla sufrir, por más que se mintiera y dijera que se regocijaba, pero si debía de empujarla hasta el límite para que ella accediera, él lo haría sin dudar ni un instante.
—Paola, te habla Connor Anderson acerca de la situación con Barbara Smith.
—Sí, señor Anderson. ¿Le gustaría contribuir a la noticia? ¿Fue usted víctima de la susodicha?
Connor se lo pensó.
—Sí, lo fui.
Pudo escuchar como la encargada del noticiero empezó a teclear algo rápidamente.
—¿Puede darme más detalles, por favor?
—Hace unos días, Barbara Smith vino a mi casa a ofrecerme sus servicios como bailarina exótica.
La mujer tecleó rápidamente desde la otra línea.
—¿Así que ella continúa ofreciendo esos servicios aún?
—Sí —mintió, la última vez que la había visto en persona había sido meses atrás y ella se negó a dirigirle la palabra—. Lo hace y al mismo tiempo era maestra en la escuela en la que se robó el dinero.
—Continue, señor Anderson.
—Estoy seguro de ella es culpable.
—¿Por qué lo dice?
—Cuando ella vino a bailar a mi casa, se robó mi billetera y las pertenencias de mi abuela fallecida.
Desde la otra línea solo se escuchó el sonido de las teclas.
—Dios mío, esa mujer es despreciable.
Connor tragó saliva, quizás no debió de hacer aquello. Aunque no había marcha atrás.
—Lo es.
—¿Algo más para agregar, señor Anderson?
—Quiero que este mensaje sea por completo anónimo y confío en que te harás cargo de eso.
—Por supuesto, nadie sabrá que fue usted.
—Y también…
—¿Sí, señor Anderson?
—Quiero que se asegure que esto llegue a todas las noticias lo más rápido posible.
—De acuerdo. Muchas gracias, señor Anderson, apreciamos su contribución y su…
—Y quiero que mencionen a su padre como implicado.
—¿Se refiere al padre enfermo de la señorita Barbara Smith?
Connor suspiró, lamentándose.
«Perdóname, amor, pero esto es por el bien de ambos».
—Sí.
—De acuerdo. Mañana mismo las noticias serán bombardeadas con esta valiosa información.
Connor colgó.
Permaneció en silencio por casi una hora, lamentándose internamente.
No quería hacer aquello, pero era la única manera que conocía.
Si ella no quería volver con él, la tendría que obligar.
Pero de la manera que fuese, Barbara sería suya una vez más.