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925 Palabras
Todos en la sala se quedaron observando a Connor, como si no pudieran creer lo que escuchaban. El aire pareció espesarse, un silencio pesado y lleno de tensión se apoderó de la atmósfera, como si en aquel instante todo lo demás hubiera dejado de existir. Nadie nunca le había llevado la contraria en nada, nadie se había atrevido a ponerlo en duda frente a otros, y aquello era un privilegio que Connor conocía bien, un poder que sabía manejar a su antojo. Por eso, la osadía de aquella negativa le resultaba tan incómoda como intolerable. Y aun así, él se mantenía erguido, frío, dispuesto a usar ese respeto impuesto como arma letal a su favor. —Señor Connor… —musitó el oficial, la garganta seca, los labios temblorosos como si cada palabra que se atrevía a pronunciar pesara toneladas. —Barbara Smith vendrá conmigo —sentenció Connor, sin una sola vacilación, con esa voz profunda que no admitía discusiones. El oficial tragó saliva, una gota de sudor resbaló por su frente. No estaba seguro de qué era más peligroso: desafiar a un hombre como Connor o ceder y asumir las consecuencias de haber permitido que las reglas se quebrantaran frente a sus ojos. El dilema se dibujó en sus facciones tensas, la duda se le marcaba en las sienes y en la forma en que tamborileaba los dedos contra el escritorio. —No puedo dejarla ir, señor Connor —respondió al fin, aunque su tono carecía de convicción. Connor suspiró con furia, un suspiro que parecía contener un rugido contenido. Odiaba profundamente cuando lo retaban, odiaba el atrevimiento de quienes olvidaban la jerarquía que él imponía sin necesidad de palabras. —¿Por qué no? ¿Acaso está bajo arresto? —preguntó con voz gélida, cada sílaba cargada de amenaza. —No, pero… —balbuceó el oficial, consciente de que cualquier explicación sonaría frágil, innecesaria. —Pero nada —lo interrumpió Connor, la mirada fija en Barbara, como si los demás ya no existieran—. Vienes conmigo, Barbara. El corazón de ella se encogió. En otra ocasión, la idea de salir de aquel lugar tomada de la mano de Connor hubiera provocado en sus labios una sonrisa amplia, quizá incluso complacida. Pero esa vez no. Esa vez la sonrisa se quedó atorada en la garganta, ahogada por la angustia. Solo podía pensar en cómo evitar que aquel asunto creciera hasta alcanzar a su padre, en cómo impedir que su familia quedara atrapada en un enredo del cual no podrían salir indemnes. El temor se le enroscaba en el pecho como una serpiente, impidiéndole respirar con normalidad. Ambos salieron de la estación de policía. Las miradas de los presentes los siguieron como cuchillos, clavándose en la espalda de Barbara. El aire frío de la noche no logró apaciguar la sensación de estar siendo juzgada, como si cada paso que daba fuera un delito más. Caminaron en silencio hasta el auto de Connor. Sus pasos resonaban sobre el pavimento con un eco metálico que parecía marcar el inicio de una condena. —Puedo irme caminando —dijo ella de pronto, sin atreverse a mirarlo, con la voz apenas un murmullo—. Gracias por lo que hiciste. —Sube al auto, Barbara —ordenó él sin detenerse, como si su palabra fuese suficiente para borrar cualquier resistencia. —No es necesario —replicó ella, con un hilo de voz que buscaba desesperadamente algún resquicio de control. Connor giró apenas el rostro hacia ella, sus facciones tensas, la sombra de la irritación marcándose en cada línea. Su paciencia, que nunca había sido mucha, se consumía con rapidez. —No te dejaré ir caminando —respondió, cortante. —No quiero que te vean conmigo. Él elevó una ceja, incrédulo. Esa respuesta lo incomodaba, lo hería en lo más profundo de su ego. Sus labios apenas se curvaron en un gesto severo, carente de simpatía. —Sube al auto, Barbara —repitió, esta vez con una firmeza que no dejaba espacio para el desacato. Ella suspiró, derrotada. Cada palabra suya era una pared, y Barbara estaba demasiado cansada como para seguir golpeando contra muros que nunca se derrumbaban. Terminó subiendo al auto. El sonido de la puerta al cerrarse fue tan definitivo como el cerrojo de una celda. El trayecto inició envuelto en un silencio que resultaba más pesado que cualquier discusión. La ciudad pasaba frente a sus ojos como una sucesión de sombras borrosas, luces que se encendían y apagaban, testigos mudos de una historia que ninguno de los dos estaba dispuesto a narrar en voz alta. Barbara se aferraba a su asiento, con las manos frías y el corazón latiendo con violencia. El silencio era insoportable, y aun así ninguno se atrevía a romperlo. Hasta que lo hizo él. —Nada de esto hubiese sucedido si hubieses accedido a ser mía —soltó Connor de pronto, con una frialdad tan calculada que la frase retumbó en cada rincón del auto. Ella cerró los ojos, un instante, deseando escapar de la realidad. Su respiración se agitó, el pecho le ardía de ansiedad. —No ahora, por favor —murmuró, la súplica casi ahogada por el miedo. Él no apartó la mirada del camino. Sus manos, firmes sobre el volante, transmitían una seguridad inquietante. Era dueño de cada palabra que pronunciaba, de cada movimiento, de cada silencio. —Mi propuesta aún sigue en pie —continuó, como si no hubiese escuchado su ruego—. Nunca cayó. ¿Por qué no solo te rindes y aceptas ser mi mujer?
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