La furia que ardía en su interior no le permitió pensar con claridad. Era un fuego rabioso que nublaba su juicio, que lo empujaba hacia la locura sin freno. Connor se abalanzaba con torpeza, como un animal herido y desesperado, ignorando que su cuerpo famélico, deshidratado y exhausto no tenía comparación alguna con la imponente fuerza de Marcos.
Él, amanecido, con los labios partidos por la sed y la piel blanquecina cubierta por el frío de la madrugada, era apenas la sombra de un hombre. En cambio, Marcos se erguía sólido, en plenitud, con músculos tensos listos para golpear.
Un solo puñetazo bastó.
Un golpe seco, directo a la cara, que lo regresó brutalmente al mundo real.
Connor sintió el crujir de su nariz quebrándose, y enseguida la sangre corrió en ríos por su rostro, empapándole la boca, manchando su camisa, ahogándolo en un sabor metálico y amargo.
Bárbara lo miró, con el corazón encogido, más preocupada de lo que quería admitir. Pero no dejó que esa preocupación se reflejara en su voz. Ella sabía que mostrar debilidad solo sería un cuchillo más para hundir en esa herida abierta que era Connor.
—Vete de aquí —le pidió, con un dolor que se le escapaba entre las palabras, un dolor que nacía desde lo más hondo de su alma—. ¡Vete de aquí, Connor!
El hombre la miró, tambaleándose, con los ojos encendidos por la rabia y el amor enfermo que lo devoraba.
—¡No! —gritó con todas sus fuerzas, como si de ese grito dependiera su existencia. Intentó abalanzarse de nuevo contra Marcos, pero Bárbara se interpuso, extendiendo sus brazos como un muro humano entre ambos—. ¡Déjame golpearlo!
—¡Vete de aquí! —repitió ella, esta vez con un alarido que le desgarró la garganta.
Connor cayó de rodillas, derrotado. El suelo frío le mordió las piernas, pero la humillación le dolió más que cualquier golpe. Alzó la mirada y, con los ojos bañados en lágrimas, se aferró a las piernas de Bárbara como si de esa forma pudiera anclarla a su vida.
—Bárbara, por favor —le imploró, con un gemido que sonó más a súplica de condenado que a palabra humana.
—¡Suéltala! —le exigió Marcos, tensando los puños con furia contenida.
Connor alzó el rostro hacia él, con la boca ensangrentada y los ojos enloquecidos.
—¡No me digas qué hacer con mi mujer!
Las palabras estallaron como dinamita. Bárbara tembló, herida por aquella declaración que, lejos de protegerla, la encadenaba más al tormento.
—¡No soy tu mujer! —le gritó, empujándolo con brusquedad, apartándolo de sí. Corrió hacia la puerta de la casa, sin volver la vista atrás—. ¡Vete de aquí!
La puerta se cerró de golpe.
El eco retumbó en los oídos de Connor como una sentencia de muerte.
Él quedó rendido, tendido en el suelo, con la sangre corriendo aún por su rostro, viendo cómo la mujer que había sido el centro de su universo se alejaba de él, no con amor, no con compasión… sino con miedo.
—Bárbara… —murmuró, una y otra vez, hasta que su voz se quebró, hasta que el aire ya no quiso salir de sus pulmones.
El sol empezó a quemarle la piel. Sentía la carne ardiendo bajo su blancura enfermiza, como si la misma luz del día lo rechazara. Sabía que debía levantarse, debía moverse, debía huir. Pero no tenía fuerzas. Ni en el cuerpo, ni en el alma.
Así permaneció, sentado en la acera, frente a la casa de la mujer que amaba, como un despojo humano, un fantasma que nadie quería ver. Hasta que el sonido de su teléfono lo arrancó de aquel limbo.
Era su madre.
Otra vez.
—¡Connor, por favor, regresa a casa!
Él cerró los ojos, tragó saliva, y por un momento vaciló. Quería quedarse allí, quería esperar, quería creer que si resistía un poco más, Bárbara saldría a buscarlo. Pero en el fondo lo sabía: ella no saldría mientras él siguiera allí. Le tenía miedo.
Y eso lo destrozaba.
—Ya voy, mamá —susurró con la voz quebrada, poniéndose lentamente de pie—. Ya voy.
Con pasos arrastrados, como un muerto en vida, se alejó de la casa.
Desde la ventana, Bárbara lo observaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no las dejó caer. Lo vio marcharse, cada paso de él era también un golpe en su corazón. Pero no podía dejar que la compasión la doblegara. No en aquel momento.
…..
—Te prepararé este puré de papa, como te gusta.
La voz de Bárbara sonaba forzada, pero dulce. Llevó el plato hacia la mesa donde su padre la esperaba con una sonrisa debilitada.
—Me encanta cómo cocinas, hija mía. A tu mamá también le encantaba, aunque… se fue.
El silencio se clavó entre ambos. Bárbara tragó saliva, sintiendo cómo esa herida antigua volvía a sangrar. Su madre los había abandonado hacía años, y aun así, él hablaba de ella como si siguiera presente, como si aún fuera la mujer de su vida.
—Come, papá.
El anciano asintió, tomando el tenedor con manos temblorosas. Su corazón enfermo le robaba fuerzas, y Bárbara lo sabía. Por eso debía cuidar cada palabra, cada gesto, para no sumarle estrés al que ya cargaba.
—El otro día… las noticias estaban hablando de ti.
—Lo sé, papá —respondió ella, apretando los labios, conteniendo las lágrimas que amenazaban con escapar.
La presión del caso, los rumores, las acusaciones… todo era un peso que la ahogaba, pero frente a él tenía que fingir fortaleza.
—Sí, pero… ellos dijeron que… que…
—No te preocupes por eso, papá. Dicen muchas cosas.
—Sí, p-pero… —balbuceó, esforzándose en recordar.
—No importa, papá. De verdad.
—Ellos dijeron que… alguien les había… dado información del caso. Alguien que te conocía.
Bárbara sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Sus ojos se avivaron de inmediato.
—¿A qué te refieres?
—Sí… él dijo… dijo que yo… que… —Su mente gastada intentaba encajar las piezas—. Que yo estaba involucrado, creo, y…
—¿Dijeron quién fue?
El anciano ladeó la cabeza, tratando de alcanzar el recuerdo.
—Sí… era… su nombre era…
Bárbara contuvo la respiración.
—No importa, papá. De seguro fue alguien que ellos mismos contrataron.
—De seguro, sí… —murmuró él, aunque su rostro aún mostraba confusión.
—Me tengo que ir, papá —dijo ella, con tristeza. Le acarició la mano con ternura—. Te dejé dinero, y cualquier cosa, me llamas. Te amo.
—Te amo, mi pequeña.
El hombre tembloroso dejó un beso en la mejilla de su hija, que caminó lentamente hacia la puerta.
Bárbara tomó las llaves, lista para salir, cuando lo escuchó.
—Connor.
Se detuvo en seco. El nombre golpeó su pecho como un martillo.
—¿Qué? —preguntó, girándose hacia él con cautela—. ¿Qué dijiste?
—El nombre de la persona que dijo que yo estaba involucrado… era… Connor… Connor And… Connor A…
—Connor Anderson —susurró ella, con la voz hecha trizas, sintiendo que el corazón se le desgarraba.
—Sí, Connor Anderson…
El mundo se le vino abajo. Las lágrimas brotaron, pero no de tristeza: de furia. Una rabia feroz, incontenible, le recorrió las venas como ácido.
—Me tengo que ir, papá.
—Espera, ¿dije algo malo?
—No, pero me tengo que ir.
Bárbara salió corriendo, con los ojos nublados por lágrimas ardientes. El aire le cortaba el rostro mientras corría, pero nada podía detenerla.
Llegó a la parada de taxis y subió al primero que encontró.
—¿A dónde vamos? —preguntó el conductor, mirándola por el retrovisor.
Bárbara respiró hondo, con la furia temblándole en la garganta.
—A la casa de Connor Anderson.