—Me duele, mi cuerpo, me duele, que alguien me ayude. —gritaba Helena con fuerza, no obstante, nadie se acercaba a brindarle auxilio. Un camillero que iba pasando por ahí escuchó los gritos. —Por favor, no aguanto el dolor. —No se preocupe señorita, ahorita le pondré algo para el dolor. Este saco una jeringa de su bolsillo y lo puso en el brazo a Helena. —Con esto tendrás un dulce sueño permanente, Helena, por cierto ya casi cumplo mi objetivo, espero que mi dinero este en el lugar prometido. El hombre se retiró, retomando su camino. Un minuto después sonaban las alarmas de que había perdido los signos vitales, tras varios intentos para resucitar se dieron por vencido los doctores. —Avisen de que la paciente ha muerto. —Doctor, aquí hay una jeringa, alguien más ha estado aquí. —De

