Capitulo 1

3061 Palabras
P.O.V Melissa  La tenue luz de la luna se colaba por las cortinas de mi habitación, dibujando sombras suaves sobre las paredes. Estaba acostada en mi cama, con una pierna doblada y la otra estirada, mientras mi mente divagaba sin rumbo fijo. Intentaba conciliar el sueño, pero mis pensamientos me llevaban una y otra vez al mismo lugar: a él. Tomás Moretti. Desde que tenía uso de razón, Tomás había sido parte de mi vida. Nos conocimos cuando apenas teníamos cinco años, cuando mis padres compraron la casa al lado de la suya en Miami. Desde el primer momento en que nos vimos, nos volvimos inseparables. Fuimos compañeros de juegos, de travesuras, de tardes interminables en el parque. Recuerdo nuestros días en el kinder, cómo nos sentábamos juntos en cada actividad, cómo él siempre me protegía si algún niño me molestaba. Era mi amigo, mi confidente, mi refugio en un mundo que aún era demasiado grande para nosotros. Con el paso de los años, nuestra amistad se hizo más fuerte. Nos volvimos adolescentes, y aunque yo seguía viéndolo como mi mejor amigo, algo en mi interior comenzó a cambiar. Dejé de verlo solo como el niño de cabello despeinado y rodillas raspadas. Comencé a notar cómo su voz se volvió más grave, cómo su cuerpo se desarrollaba de manera malditamente perfecta. Su torso firme, sus brazos marcados, esa manera en la que su camisa se pegaba a su piel cuando sudaba después de un partido de fútbol. Y sus ojos... esos ojos grises como el acero, tan intensos que parecía que podía ver dentro de mi alma. Cada sonrisa suya era una maldita tortura, cada roce accidental de sus manos encendía un fuego que no podía apagar. Mis sentimientos por él evolucionaron de una simple amistad a algo mucho más profundo, algo que me negué a aceptar durante mucho tiempo. Pero era imposible. No podía evitarlo. Mientras pensaba en todo esto, una oleada de calor recorrió mi cuerpo. Me removí en la cama, sintiendo mi piel arder bajo las sábanas. Suspiré pesadamente, cerrando los ojos, tratando de ahuyentar los pensamientos que comenzaban a llenar mi mente. Pensamientos en los que Tomás era el protagonista. Y lo peor de todo es que sabía que esto solo era el comienzo. El sueño cayo rapidamente y parecieron minutos hasta que escuche la alarma de mi telefono, ya era hora de prepararce para la preparatoria, ya faltaba poco o ya nada de terminar, ya tengo ganas de ir a la universidad, de saber que me espera aunque esto a mi paladar sea amargo porque me duele saber que tomas no estara ahi, tiene otros planes, oh tomas, no sales de mi mente, siempre te pienso, cuando no estoy contigo mi mente si esta con vos. Mis pensamientos divagaron, perdiéndose en la idea de sus manos recorriendo mi piel, de su voz ronca pronunciando mi nombre al oído. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Cerré los ojos y, sin darme cuenta, mi mano comenzó a deslizarse por mi cuerpo. Me mordí el labio al sentir mis pezones endurecidos bajo el contacto de mis dedos. La tela del vestido de seda para dormir rozaba mi piel, aumentando la sensibilidad. Lentamente, mi mano descendía, deslizándose bajo mi vientre hasta encontrar el elástico de mi tanga roja de encaje. La aparté y suspiré con la primera caricia sobre mis pliegues húmedos. En mi mente, solo existía él. Me mordí el labio para acallar los gemidos, mis caderas se arquearon instintivamente, buscando más. Estaba tan cerca, tan condenadamente cerca, que cuando estuve a punto de perderme en el placer, la puerta de mi habitación se abrió de golpe. —Perdón, Mel, no sabía que estabas ocupada. El sonido de su voz fue como un balde de agua fría. Mis ojos se abrieron de par en par y me cubrí rápidamente con la sábana. Tomás estaba allí, de pie en la entrada de mi habitación, con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y algo más… algo oscuro, algo peligroso. Sus labios se curvaron en una sonrisa ladina antes de girar sobre sus talones y cerrar la puerta tras de sí. Quedé paralizada, con el corazón latiendo desenfrenado. La vergüenza me quemaba la piel, pero una parte de mí se preguntaba cómo se vería Tomás si, en lugar de marcharse, hubiera cruzado la habitación y… Sacudí la cabeza, intentando disipar esos pensamientos y corri haia el baño, me devesti apresuradamente. El sonido del agua caliente golpeando mi piel me ayudó a calmar la tensión que todavía recorría mi cuerpo. Tomas había visto todo. Me estremecí al recordarlo. Aun así, me obligué a enfocarme en lo importante: debía prepararme para el instituto. Me vestí apresuradamente con el uniforme, sintiendo todavía el calor de la vergüenza en mis mejillas. Bajé las escaleras y me dirigí al comedor, donde ya estaban mis padres y Tomas desayunando como si nada hubiera ocurrido. Su actitud neutral me tranquilizó. Me saludó con una leve inclinación de cabeza, sin rastro de incomodidad o burla en su expresión. Agradecí en silencio que no mencionara nada. –Buenos días –saludé a mis padres, tomando asiento junto a Tomas. Desayunamos con la típica conversación casual de las mañanas, aunque yo no podía evitar sentirme un poco nerviosa por lo sucedido. Observé de reojo a Tomas, quien bebía su café con total tranquilidad. ¿Realmente lo había olvidado o solo fingía? Decidí no darle más vueltas y concentrarme en la comida. El tiempo pasó rápido y, antes de darme cuenta, ya era hora de irnos. Tomas tenía auto y siempre íbamos juntos al instituto. Me levanté de la mesa con mi bolso al hombro y lo seguí hasta el jardin delantero, donde su auto n***o nos esperaba. Me subí al asiento del copiloto, ajustándome el cinturón mientras él encendía el motor. El camino transcurrió en silencio al principio, hasta que el fue el primero en romper el silencio. —¿Estás avergonzada por lo que pasó esta mañana? —preguntó con voz tranquila, sin apartar la vista del camino. Sinti que mis mejillas ardían. Me removi en mi asiento antes de responder. —Sí... Es decir, somos amigos, y eso era algo privado. No era algo que debieras haber visto —dije, casi murmurando. Él rió con suavidad, y su risa envió un escalofrío a través de su cuerpo. —No tiene nada de malo disfrutar de tu cuerpo, Mel. Tampoco tiene nada de malo en disfrutar de un buen coño de vez en cuando —dijo con un tono que me dejó en shock. Abri los ojos de par en par, incapaz de responder. Mi corazón comenzó a latir con fuerza mientras intentaba procesar sus palabras. Iba a responder, pero su mente estaba sumida en una tormenta de pensamientos que ni siquiera se percató de que ya habían llegado al instituto. Tomás se inclinó ligeramente hacia ella, su aliento rozando su oído. —Vamos, Mel —susurró con voz ronca—. Y no dudes en dejar que te chupe ese coñito cuando quieras. Se alejó con una sonrisa traviesa y salió del auto, dejándome congelada en mi asiento, completamente en shock por sus palabras. ¿Realmente había dicho eso? Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, sintiendo una oleada de calor recorrerme. Con las piernas temblorosas, Tome aire y sali del auto, dispuesta a enfrentar lo que fuera que ese día le tuviera preparado. Caminé lentamente detrás de Tomás hasta que, de la nada, una chica loca saltó encima de mí. Era Kiara, mi otra amiga desde la escuela. No era tan cercana a Tomás como yo, pero ella sí sabía mi "secretito". –¡Mel! –exclamó con una sonrisa traviesa mientras me abrazaba. Reí suavemente, aunque todavía me sentía algo nerviosa por lo que había ocurrido esa mañana. Caminamos juntas por los pasillos mientras le contaba lo que había pasado con Tomás en el auto. Sus ojos se abrieron de par en par y luego estalló en carcajadas. –No puedo creerlo –dijo, cubriéndose la boca para no reír tan fuerte–. ¡Tomas te dijo eso! Mel, amiga, lo tenés loco, y te entiendo, sos ardiente, cualquier chico estaría así por vos. Le di un golpecito en el brazo, sintiendo cómo el calor volvía a subir a mis mejillas. –¡Callate! No digas esas cosas tan fuerte –protesté, mirando alrededor para asegurarme de que nadie nos estuviera escuchando. De lejos, Tomás me dio un asentimiento con la cabeza, un gesto que entendí de inmediato: "Nos vemos en el receso". Ahora tenía matemáticas y yo biología con Kiara. Suspiré profundamente, tratando de despejar mi mente de la escena en el auto, aunque sabía que no sería fácil concentrarme en la clase. Las dos horas de clase transcurrieron rápidamente. Por suerte, pude concentrarme bien y aprendimos sobre la genética, un tema interesante. Aun así, cuando sonó el timbre, todos empezamos a juntar nuestras cosas y nos dirigimos a la cafetería para encontrarnos con Tomás y los muchachos. Cuando fuimos llegando, lo visualicé y nos acercamos. Estaba con otros chicos: Aarón, Eliseo y Will. Todos nos saludaron, y Aarón aprovechó, como siempre, para decirme lo guapa que estaba. Justo cuando iba a responderle con una sonrisa, la voz firme de Tomás interrumpió con un tono serio: —Si sigues así, olvidaré que somos amigos y te partiré la cara. Todos nos reímos ante su reacción, pero sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No era la primera vez que Tomás reaccionaba así cuando alguien me coqueteaba, y aunque lo tomara como una broma, había algo en su tono que me hacía dudar. Fuimos interrumpidos por la campana: era hora de gimnasia. Mientras íbamos al gimnasio con Kiara, me choqué con Emma, una chica con un carácter horrible, pero considerada una belleza por muchos. No era un secreto que no nos llevábamos bien. – Cuidado, pulgosa –soltó con su tono prepotente–. No quiero que se me pegue la rabia por tocarte. Antes de que pudiera responder, Kiara intervino con un insulto mejor, dejándola sin palabras. Emma solo nos dedicó un gruñido seguido de una sonrisa maliciosa. – Que disfrutes la sorpresa –susurró antes de marcharse. No le di importancia y seguimos nuestro camino. Al llegar a mi casillero, tomé mi ropa deportiva, aunque al tacto la sentí más pequeña de lo normal. No le presté atención y fui directo a cambiarme. Sin embargo, al ponérmela, me di cuenta de que me quedaba demasiado ajustada y corta. Antes de que pudiera hacer algo al respecto, sonó la alarma de la entrenadora, indicando que debíamos estar listas en la cancha. No tenía tiempo para cambiarme. No quería reprobar hoy. Salí del vestuario con cierta incomodidad. La ropa se sentía demasiado ajustada, y cada paso que daba me hacía sentir más expuesta de lo normal. Al llegar a la cancha, noté cómo varias miradas se posaban en mí. Algunos chicos silbaban disimuladamente, otros murmuraban entre ellos, pero fue la reacción de Tomás la que realmente captó mi atención. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, oscureciéndose con algo que no supe identificar del todo. Su mandíbula se tensó, y vi cómo sus manos se cerraban en puños. Se acercó a paso firme hasta quedar frente a mí, sus ojos clavados en los míos. – ¿Qué mierda llevas puesto? –preguntó con voz ronca, su mirada descendiendo por mi cuerpo. Me crucé de brazos, sintiéndome vulnerable ante su escrutinio. – Es mi uniforme –respondí, tratando de sonar natural–. Alguien lo cambió. – ¿Emma? –preguntó con evidente molestia. Me encogí de hombros. Era la única explicación lógica. Tomás soltó un resoplido y se quitó su chaqueta deportiva para ponermela encima sin darme opción a negarme. – Pontela. No quiero que nadie te mire así –gruñó, lanzando una mirada asesina a los chicos que seguían observando. Me sonrojé, pero acepté su chaqueta sin discutir. Mi corazón latía con fuerza. No sabía si por la vergüenza o por la forma en que Tomás me miraba. La entrenadora llegó en ese momento y todos tuvimos que ponernos en posición. Pero, mientras me preparaba, sentí su mirada todavía sobre mí. Como si estuviera marcando territorio. La entrenadora nos llamó la atención a todos y nos separó en grupos. Las mujeres jugaríamos voleibol y los hombres fútbol. Nos explicó que todos los que participaran aprobarían la materia, lo cual no me parecía tan malo. Aunque no era la mejor jugadora, podía intentarlo. Me tocó en un equipo con Kiara, quien era excelente en este deporte. Sin embargo, en el equipo contrario estaba Emma, ​​otra jugadora destacada y, para mi mala suerte, con una evidente semilla de venganza. El partido transcurrió con intensidad. Ambos equipos iban parejos en el marcador. Kiara y yo intentábamos hacer nuestra parte, aunque era evidente que ella cargaba con la mayor responsabilidad del juego. Entre jugadas, no pude evitar buscar con la mirada a Tomás, quien estaba en la otra cancha jugando fútbol. Cada tanto, sus ojos se desviaban hacia mí, y cuando nuestras miradas se cruzaban, sentía un cosquilleo recorrer mi cuerpo. Pero mi distracción me costó caro. Escuché mi nombre gritado con fuerza, pero fue demasiado tarde para reaccionar. Un fuerte impacto en el rostro me dejó aturdida. El balón de voleibol había golpeado directamente mi cara, haciéndome perder el equilibrio. Caí al suelo con la vista nublada y destellos de luces bailando ante mis ojos. Alcancé a ver la figura de Emma al otro lado de la cancha, con una sonrisa satisfecha en el rostro tras ejecutar el remate. Antes de que pudiera procesar lo que sucedía, sintió unos brazos fuertes alzarme del suelo con determinación. El aroma familiar me envolvió. Su voz sonó cerca, cálida, preocupada. – Melissa… ¿estás bien? Parpadeé varias veces, tratando de enfocar mi vista. Por un instante, en mi aturdimiento, pensé que un ángel me llevaba en brazos. Pero no... Era Tomás. Me sostenía con firmeza, cargándome con facilidad mientras caminaba a toda prisa hacia la enfermería. Mi corazón latía desbocado. No sabía si era por el golpe… o porque estaba en los brazos de Tomás. Cuando llegamos a la enfermería, la enfermera me hizo algunos chequeos rápidos. Me revisó los reflejos, mis pupilas y la zona del impacto. Por suerte, solo tenía la cara roja y un leve dolor. Me dio un poco de hielo para bajar la inflamación y un par de pastillas para el dolor. – Nada grave –me aseguró con una sonrisa amable–, pero aquí tienes un certificado para que puedas retirarte y descansar en casa. Si llegas a sentir mareos o molestias más fuertes, sería bueno que vayas al hospital. Asentí y tomé el papel sin muchas ganas. No me sentía mal, pero si eso significaba salir antes del colegio, no iba a quejarme. Tomás no dijo mucho mientras me ayudaba a salir de la enfermería. Caminamos en silencio hasta su auto y emprendimos el camino a casa. A pesar de la calma en el ambiente, podía sentir su mirada posándose en mí de vez en cuando, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba bien. Cuando llegamos, por suerte mis padres no estaban. No tenía ganas de escuchar un interrogatorio sobre cómo me había golpeado en plena clase de educación física. – ¿Quieres que me quede un rato? –preguntó Tomás, su tono relajado, pero con un brillo extraño en los ojos. – Si no tienes nada mejor que hacer… –respondí con una sonrisa cansada. Él me acompañó hasta mi habitación y, sin siquiera preguntar, se acostó a mi lado en la cama. Sentí mi cuerpo tensarse de inmediato. La cercanía de Tomás, el calor de su cuerpo a tan solo centímetros del mío, su aroma envolviéndome… todo hacía que mi piel se erizara. Tomás me miró con intensidad, su expresión era una mezcla de preocupación y algo más que no podía descifrar del todo. Sus ojos recorrían cada rincón de mi rostro, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba bien. – Te ves hermosa hoy –murmuró de repente, su voz ronca y baja. Sentí mi corazón dar un vuelco en mi pecho. – Me preocupé mucho cuando vi cómo te lastimaste –continuó, sus labios carnosos moviéndose lentamente, hipnotizándome. Entonces, su mano se posó suavemente en mi antebrazo, un simple toque que hizo que mi piel se erizara. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, y sin pensarlo, las palabras simplemente salieron de mis labios. – No sé si es el golpe… o si de verdad lo deseo… pero quiero que me toques, que me beses. Tomás me miró sorprendido por un momento. Luego, una sonrisa jugueteó en sus labios, pero desapareció tan rápido como llegó. Bajó la mirada, su expresión conflictuada. – Melissa… somos amigos. ¿Cómo podría separarme de ti después de esto? No puedo… lo siento. Su voz sonaba rota, como si realmente le costara decir esas palabras. Pero yo no quería oírlas. – Te deseo, Tomás –solté sin dudarlo, mi mirada atrapada en la suya. Él cerró los ojos con fuerza, como si estuviera peleando contra sí mismo. – Yo también… –susurró con frustración. Se alejó de mí por un segundo, pero su cuerpo tembló ante la distancia, y un pequeño gemido escapó de sus labios. Como si estuviera sufriendo por la separación. Entonces, sin pensarlo más, se volvió a acercar, con un fuego incontrolable en sus ojos. Y antes de que pudiera reaccionar, estrelló sus labios contra los míos. El beso comenzó dulce, pero pronto se volvió más hambriento, más posesivo. Sus manos se deslizaron hasta mi cintura, atrayéndome hacia él, mientras nuestras respiraciones se mezclaban y el calor se esparcía por mi piel. No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero mi cuerpo se rindió por completo a la sensación hasta que, poco a poco, el agotamiento me venció. Lo último que sentí antes de caer dormida fue el roce de sus labios contra los míos y el sonido de su respiración entrecortada. Cuando desperté, la habitación estaba oscura. Miré a mi alrededor, pero estaba sola. ¿Acaso fue un sueño? ¿O realmente había pasado? Mi corazón latía desbocado mientras mis dedos temblorosos tocaban mis labios, aún sensibles por el beso. Si había sido un sueño… entonces no quería despertar jamás.
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