—¡Vamos! —me pide Apolo sin soltarme la mano y yo asiento frenética y aterrada—. Vamos, cariño. Tú puedes… Vuelvo a asentir viendo cómo mi madre me sostiene una pierna y mi suegra la otra. Tengo a la Señora Serafina a mi derecha y a Siena echándome aire junto a Mali. Los demás sé que están aquí, que gritan, que me impulsan a pujar, pero no los miro. Ya de por sí todo es demasiado confuso para mí en este instante. —¡Ya le veo la cabeza, Hera! —me grita Zeus. —¡Puja! —me insta la tía Min. —¡AHHH! —grito con todas mis fuerzas—. ¡Me voy a moooorir! ¡Ahh! Comienzo a llorar debido a todo lo que estoy sintiendo, experimentando, pero mi suegra me dice que no llore, que puje. Todas gritan que puje mientras que los hombres están corriendo de un lado a otro, no sé para qué carajos, pero corren.

