Había metido sus dedos en ella, no solo uno, sino muchos, en su humedad abierta. Alina había llegado al punto de ser como una felina en celo. Inmune a todo, salvo a la saciedad del deseo ardiente que él no concedía. Emitía pequeños y inhumanos gemidos de súplica, y él solo la enardecía aún más. La apartó de su regazo y se quedó allí como si fuera un simple insecto. Ella, sentada en la alfombra, lo miró con lástima. Solo tenía ojos para mí; me sentí cohibida y asustada. Era tan alto que se quitó lentamente el cinturón que ceñía su ancha cintura, que se deslizó hasta el suelo con la sinuosidad de una serpiente, y se quitó los polvorientos pantalones de trabajo. Nunca usaba ropa interior debajo. No podía apartar la vista de su mirada cautivadora. Puede que Alina estuviera presente, pero en r

