Aparté la mirada de él, una mano en mi rostro me hizo volverme hacia él para que viera lo que me había quemado tanto. Ya había empezado a delatarme con lágrimas, las emociones que albergaba tan intensamente. Por suerte, él continuó, aunque su mano ya se había posado sobre mi vientre y el niño que estaba allí. Bajé la mirada a su regazo; no podía confiar en mí misma para seguir mirándolo a los ojos. "No es que no lo intentáramos, créeme que sí." Una sonrisa lasciva curvó sus labios y continuó: "Empecé a preguntarme si era yo. Al fin y al cabo, era mi esclava en todos los sentidos; era lo que ella quería y lo que yo también deseaba. No sabía qué hacer. Sé que anhelaba un hijo y le angustiaba mucho que cada mes pasara y no nos concedieran nada." Mi hermano tenía veintipocos años y, como yo,

