Estaba sentado en mi oficina, delante de mí computadora, con la sin fin de trabajo acumulado por la crisis sentimental por la que estaba atravesando hace unos meses. Pensé aliviado que, al tomar la decisión de ir y… verla… tal vez, me ayudaría ahora a relajarme y poner manos en obra para adelantar el trabajo atrasado. Había agendado una reunión con el directivo para comunicarles sobre mi ausencia y dejar las instrucciones debidas. Sabía que todo podía funcionar perfectamente sin mí. Tenía muy buenos directores ejecutivos y aunque me gustaba supervisar de cerca, confiaba en ellos. Principalmente en Hernán. Mi gerente general, al que estaba esperando para ponerlo al tanto de los acontecimientos. Pero los pensamientos no me dejaban avanzar en el trabajo. Me puse de pie y pasé mis manos por

