—Yo nunca me fui con Leila, eso quiero que lo tengas bien claro, y yo jamás rompí mi promesa —me acerco a ella y con mi mano derecha agarro su barbilla, obligándola a mirarme. La tensión entre nosotros es palpable, el aire parece cargado de electricidad. Sus ojos verdes, antes llenos de amor, ahora me miran con dolor y desconfianza que me desgarra por dentro. —Te escribí cada noche —continúo, mi voz ronca por la emoción contenida—. Al no obtener ni una carta tuya decidí volver, y cuando llegué aquí descubrí que mi padre estaba enfermo y tú ya no estabas. El recuerdo de aquellos días aún me atormenta. La angustia de no saber de ella, la preocupación por mi padre, y luego el vacío devastador al descubrir que Kiara se había ido. Cada palabra que pronuncio está impregnada de la desesperación

