02. El Mercado

3063 Palabras
EN ESE MISMO MOMENTO, EN UNO DE LOS PASILLOS DEL PALACIO REAL… David caminaba por los pasillos con una bolsa vacía colgando de su hombro. A sus veinticuatro años, el segundo hijo de Sadrac se había convertido en un hombre apuesto, ya no le decían que era “poco agraciado” como en sus días de juventud y eso no es que le importara mucho. A diferencia de sus hermanos, David no usaba barba, prefiriendo mantener su rostro limpio porque le molestaba la sensación del vello facial, aunque su cabello oscuro era más largo en comparación con el de Asher y su primo Caleb. Sus brazos eran musculosos, producto de años perfeccionando su técnica con la lanza, pero había algo más en David que lo distinguía de sus hermanos guerreros: era un artista. Durante los últimos años, David había perfeccionado una pasión secreta por la pintura y el dibujo. Había comenzado casi por accidente, garabateando en los márgenes de libros cuando se aburría durante las lecciones de historia. Pero esos garabatos se habían convertido en bocetos, y esos bocetos en pinturas completas que ahora guardaba escondidas en su habitación y en un pequeño estudio personal que había establecido lejos del palacio en donde supuestamente llevaba a sus amantes y practicaba más el arte de la guerra, al menos esa era la versión oficial. Él era bueno en su “pasatiempos”. Muy bueno, de hecho. Sus pinturas capturaban momentos y emociones de una forma que las palabras nunca podrían. Pero hasta ahora nadie lo sabía. O al menos eso era lo que David prefería creer. Su padre Sadrac no tenía idea. Su madre Brielle tampoco. Ni sus hermanos Asher y Shiloh, ni siquiera su hermanita pequeña Daniele de nueve años. El único que sabía sobre su afición a la pintura era Caleb, pero David estaba seguro de que ya se le había olvidado. Lo había descubierto por accidente hace diez años, cuando estaban en medio de una aburrida clase de historia o economía. Desde entonces, Caleb nunca más había comentado sobre eso, así que David asumía que se le había borrado de la memoria o solo no le daba importancia. Si bien David, al ser príncipe de Pyrion, hijo del Rey Sadrac, podría pedirles a los sirvientes que le compraran sus materiales sin problemas, a él le gustaba ir por su cuenta. Lo encontraba divertido, casi terapéutico. Ir al mercado a comprar más materiales, verlos, olerlos, probar qué tan buenos eran tocando los pinceles y oliendo las pinturas... ese era su mejor pasatiempo cuando tenía tiempo libre. Por eso, cuando ya estaba listo para partir, iba caminando por el pasillo con pasos ligeros cuando vio algo que lo hizo detenerse en seco. Su primo Caleb venía abrazado con una chica. Era una de las bailarinas del reino, con curvas generosas y piel bronceada sin imperfecciones. Juzgando por las sonrisas exhaustas, la hora que era —apenas mediodía—, y la forma desordenada como se abrazaban, todo indicaba para David lo que su primo había estado haciendo. Caleb, con esa confianza descarada que lo caracterizaba, le dio un beso de lengua muy profundo a la bailarina. Cuando se separaron, le dijo con voz ronca: —Te veo más tarde, preciosa —respondió el rubio pelilargo—. Prepárate para la segunda ronda —le susurró en el oído y luego le mordió el lóbulo de la oreja. La bailarina, con una sonrisa que prometía exactamente eso, se acercó y le mordió el labio inferior con suficiente fuerza para que él gruñera. Cuando se volteó para irse, Caleb le dio una nalgada fuerte que hizo que el trasero de la loba vibrara bajo el vestido ligero que llevaba. Ella se rio, mirándolo por encima del hombro antes de desaparecer por el corredor. —Nos vemos más tarde, príncipe Caleb… Él se despidió de ella con la mano, viendo su trasero en todo momento mientras David, que había visto todo eso porque estaban justo en la dirección donde él venía caminando, suspiró. Cuando Caleb finalmente notó su presencia, se acercó con esa sonrisa enorme y lo abrazó como si nada. —¡David! ¿A dónde vas, primo? David se encogió de hombros, ajustando la bolsa en su hombro. —Iré al mercado a comprar... cosas. Caleb arqueó una ceja, con expresión curiosa. —¿Qué tipo de cosas? —dijo, viendo el bolso de cuero que él tenía en su hombro. David vaciló durante un momento antes de responder en voz baja: —Cosas para dibujar… Los ojos de Caleb se abrieron con reconocimiento súbito. —¿Todavía sigues pintando? —preguntó con sorpresa—. Pensé que habías dejado eso hace años o que solo era una fase o algo así, eso de los dibujos y pintura. —¡Baja la voz! —siseó David mirando alrededor para asegurarse de que nadie más estuviera escuchando—. Y sí, todavía lo hago. Es mi pasatiempo favorito. Caleb lo observó de pies a cabeza con expresión evaluativa, como si estuviera viéndolo por primera vez. —Tienes gustos raros, primo —declaró con mucha honestidad—. Eso de pintar es para las mujeres, ya lo sabes. Bailarinas, pintoras, poetisas... las artes en Pyrion son territorio femenino. Pero bueno, cada uno con lo suyo. No te juzgo... mucho. David suspiró, siendo esa la razón por la que guardaba su secreto. —No siempre las mujeres son las únicas que nacen con sentido del arte. En el norte, por ejemplo, hay pintores Elfos varones reconocidos. Están inmortalizados en sus obras y en los libros de arte —respondió, sonriendo. —Pero no estamos en el norte —respondió Caleb ladeando la cabeza con una sonrisa—. En fin, iré contigo. David sintió su plan de salida solitaria desmoronándose poco a poco. —No es necesario... —¡Te acompaño! —dijo Caleb pasando un brazo sobre los hombros de David, autoinvitándose sin vergüenza alguna—. Igual, de camino podríamos pasar por la cantina. Tengo que ver a alguien ahí. David frunció el ceño con sospecha. —Es muy temprano para andar bebiendo, Caleb. Incluso para tus estándares —dejó el claro el pelinegro, mientras los dos caminaban y el rubio seguía con su brazo rodeando el hombro de su primo. —¡No es para beber! —protestó Caleb con expresión ofendida—. Tengo una amiga en la cantina que quiero saludar. Solo eso. Te lo juro. David lo miró con escepticismo, pero después suspiró con resignación. —Está bien. Me acompañas y pasamos por la cantina para visitar a tu "amiga" —dijo haciendo comillas con los dedos en esa última palabra. Luego lo miró de reojo, arqueando una ceja. —Espera un momento, ¿Pero no te andabas besuqueando con la bailarina hace nada? Tú no tienes amigas, Caleb. —¡Claro que sí! Son amigas con las que me acuesto de vez en cuando —aceptó Caleb encogiéndose de hombros sin un ápice de vergüenza—. Pero en esta ocasión, solo pasaré a saludarla. No es para tanto. David negó con la cabeza. —Creo que deberías parar y dejar de meter tu pene dentro de todas las mujeres de Pyrion. —¡No lo puedo evitar! —exclamó Caleb con una sonrisa orgullosa—. Soy apuesto, fuerte, irresistible. Todas se derriten por mí, y yo no las voy a rechazar. Mi pene y yo tenemos amor de sobra para darle a quien lo pide. David hizo una mueca de disgusto. —No creo que se escuche bien que te alabes tanto... —¿Alabarme? ¡Solo digo la verdad! —respondió Caleb echándose a reír mientras ya se dirigían hacia la salida del palacio. Pero antes de que pudieran llegar a las puertas principales, escucharon una voz femenina llamándolos desde atrás. —¡Caleb! ¡David! ¿A dónde van? Ambos se voltearon para encontrar a Shiloh caminando hacia ellos con un libro grueso en sus manos. La princesa de diecinueve años había crecido hasta convertirse en una joven hermosa, alta y elegante. Su cabello castaño caía en ondas hasta su cintura, y sus ojos azules brillaban con esa curiosidad perpetua que la caracterizaba. —Vamos al mercado —respondió David—. Tengo que comprar unos materiales para... para Daniele —mintió, porque no podía decir que era para él. Shiloh se emocionó de inmediato, con su rostro iluminándose como cuando era niña y le prometían algo especial. —¡También quiero ir! Puedo aprovechar y visitar esa área del mercado donde venden libros de las tierras conquistadas. Siempre tienen cosas interesantes que no encuentro en la biblioteca del palacio. David sintió como su momento libre de disfrutar comprando sus materiales se estaba llenando con personas que no había planeado incluir. Suspiró internamente, pero mantuvo su expresión neutral. —No necesitas más libros, Shiloh. En la biblioteca real hay cientos, quizás miles de libros que no has leído todavía. Shiloh negó con la cabeza, acercándose para tomar el brazo fuerte de su hermano con las dos manos. —¡Nunca hay demasiados libros, David! Eso es como decir que nunca hay demasiado aire para respirar. Además, es divertido explorar el mercado. Casi no me dejan salir del palacio, recuerda que mamá y papá son los emperadores de la sobreprotección —suspiró, aburrida—, siempre me tienen encerrada como si fuera una muñeca de porcelana que se podría romper. Si voy contigo no pasará nada ¡Iré con ustedes! Y así, toda emocionada, comenzó a jalarlo hacia la salida mientras David suspiraba con resignación, era imposible negarle algo a su hermanita. —Bueno, está bien, puedes venir… —aceptó David, sonriendo solo por ver como Shiloh sonrió de oreja a oreja. Cuando estaban a punto de cruzar el patio principal, se encontraron con la princesa Elia. La hermana menor de Caleb, de veintitrés años, —dos años menor que él— había crecido hasta medir un metro setenta y cinco. Era hermosa, su cabello cobrizo siempre lo tenía recogido en una larga trenza, y tenía los rasgos delicados heredados de su madre Vera, como sus ojos azules, pero con la constitución atlética de los Volcaris. —¿Van al mercado? —preguntó Elia con interés—. Los escuché sin querer con mis oídos agudos de loba de agua —dijo, guiñándoles un ojo. —No, largo —dijo Caleb revoloteando los ojos. —No te pregunté a ti, idiota —respondió Elia cruzándose de brazos. —¡Que no vas con nosotros, cerda! —¡Imbécil! —exclamó Elia haciéndole una mueca a Caleb. Aunque eran hermanos y se trataban así constantemente, Caleb quería mucho a su hermana, y ella a él. Solo que ninguno de los dos lo demostraba con palabras amables. Esa era su forma de comunicarse. —En fin, ignorando a ciertos idiotas hediondos... —continuó Elia como si nada, caminando con los brazos detrás de la espalda—. ¿Puedo unirme? Yo también necesito comprar algunas cosas. Y así, sin esperar respuesta, Elia se unió al grupo y cuando estuvo cerca de Caleb él la empujó y ella le regresó el empujón. —¡Ya madura de una buena vez, idiota! —gritó Elia mientras Shiloh se encogía de hombros. Por otro lado, David pensó con desesperación cerrando sus ojos por un momento: «¡Por favor, que me dejen solo! Solo quiero comprar mis pinturas en paz». Pero ahí estaba, rodeado de su hermana Shiloh y sus primos Caleb y Elia que se habían autoinvitado a su salida solitaria al mercado. —Solo falta que se una Asher —murmuró David entre fastidiado y derrotado. Caleb, caminando adelante con esa despreocupación característica suya, negó con la cabeza. —No, él debe andar en el salón de estrategias hablando cosas aburridas con el tío Sadrac. Ya sabes cómo es. Todo trabajo y nada de diversión. Por eso nunca sale con nosotros. Asher no sabe lo que es la palabra “relajación” David asintió, reconociendo la verdad en esas palabras. Asher era diferente de ellos, siempre lo había sido. Mientras ellos buscaban momentos de diversión y descanso, Asher se sumergía en mapas, estrategias, y planificación militar ¿Acaso su hermano tenía algún pasatiempo? David no lo sabía con certeza. Era admirable, pero también un poco triste si se lo ponía a pensar con detenimiento. «Al menos uno de nosotros está haciendo algo productivo, supongo», pensó David mientras el grupo comenzaba su camino hacia el mercado. CIUDAD CAPITAL DE PYRION - MERCADO - MINUTOS DESPUÉS El mercado de la ciudad capital era un caos organizado de colores, sonidos y olores. Comerciantes gritaban sus productos desde puestos coloridos. Niños corrían entre las multitudes, jugando juegos que solo ellos entendían. El bullicio típico de un área de comercio próspero llenaba el aire con energía. En ese instante, los cinco hermanos del norte también estaban ahí, aunque nadie los reconocía como lo que realmente eran. Se suponía que saldrían a hacer las compras al día siguiente, pero Seraphina había insistido de una forma bastante dramática en que se cocinarían vivos dentro de esa habitación sofocante. Al final, todos habían cedido y salido a comprar lo necesario mientras aprovechaban para conocer la ciudad. Miriam había insistido en que se vistieran de forma más discreta para esta expedición. Nada de capas oscuras que gritaran "forasteros del norte". En su lugar, llevaban ropa ligera que sería más típica para Pyrion: sus vestidos y ropas sin abrigos de piel ni bufandas de lana. Incluso habían dejado sus cabellos sueltos en lugar de los peinados elaborados que usaban en casa, permitiendo que el aire caliente los moviera con naturalidad. Keith caminaba adelante, con sus ojos color miel escaneando cada puesto con interés. A pesar de su arrogancia habitual, incluso él tenía que admitir que el mercado era impresionante, nunca había estado en un lugar así y lo tenía asombrado. La variedad de productos era asombrosa: especias de tierras lejanas, telas de colores imposibles, joyas que brillaban bajo el sol. Todo le parecía increíble. —Necesitamos ropa que grite "nobles refugiados" —recordó Miriam mientras caminaban—. Nada demasiado ostentoso, pero tampoco demasiado simple. Debemos parecer personas de alcurnia que han caído en tiempos difíciles pero que mantienen su dignidad. Violeta se detuvo frente a un puesto que vendía vestidos. Sus dedos rozaron una tela azul oscura que brillaba con hilos de plata entretejidos. —¿Qué tal este? Me parece… bonito —preguntó mostrándolo a sus hermanas. Seraphina negó con la cabeza. —Demasiado elaborado. Parecerías más una princesa que una refugiada. Necesitamos algo más... discreto. Mientras las hermanas discutían sobre vestidos, Thane y Keith exploraban los puestos de ropa masculina. El gemelo de Violeta encontró una túnica de color vino oscuro que le gustó de inmediato, mientras que Keith examinaba con ojo crítico cada prenda como si fuera un experto en moda de los reinos del sur. —Esto servirá —declaró Keith tomando una camisa blanca de lino fino y unos pantalones negros—. Se ve costoso, pero no excesivo. Justo lo que necesitamos. Miriam asintió con aprobación cuando vio las selecciones de sus hermanos. Después de casi una hora de búsqueda, todos habían encontrado atuendos apropiados: vestidos elegantes pero discretos para las mujeres, túnicas y pantalones bien cortados para los hombres. Mientras la pelirroja pagaba por las prendas, Violeta se alejó un poco del grupo. Sus ojos violeta oscuros escaneaban la multitud con una intensidad que iba más allá de la simple curiosidad. Buscaba algo. O más bien, a alguien. «Diez años», pensó con amargura. «Diez años desde que ese idiota rubio me robó a mi dragón de hielo. Diez años entrenando, preparándome para este momento. Si está aquí, en esta ciudad, lo encontraré. Y cuando lo haga...» Su mano se cerró en un puño, con las uñas clavándose en su palma. —Violeta, ven acá —llamó Miriam, interrumpiendo sus pensamientos oscuros—. No te alejes del grupo. No podemos arriesgarnos a que nos separemos. Violeta suspiró, pero obedeció, regresando al lado de sus hermanos. Por ahora, tendría que ser paciente. La venganza llegaría, pero en el momento correcto. Seraphina, quien había estado explorando un puesto de telas, se acercó a sus hermanas con expresión pensativa. —¿Creen que los encontremos? —preguntó en voz baja como si le hubiera leído la mente a Violeta—. A los tres del bosque, me refiero, a esos jóvenes… ya saben. Han pasado diez años. Podrían estar en cualquier parte. ¿Y si no eran de Pyrion y son de otra región del sur? Miriam dobló con cuidado la ropa que acababan de comprar, sin levantar la vista. —Si están en este reino, los encontraremos. Solo es cuestión de tiempo y paciencia. Pero no podemos obsesionarnos con eso ahora. Nuestra prioridad es la misión que Padre nos encomendó. Pyrion es el reino más importante del sur, tenemos que empezar aquí. Keith se acercó al grupo con varias prendas masculinas en los brazos. —Miriam tiene razón. La venganza personal puede esperar. Primero cumplimos la misión, luego nos ocupamos de cuentas pendientes. Violeta apretó los dientes, pero no dijo nada. Sabía que tenían razón, pero eso no hacía que la espera fuera más fácil. Thane, quien había estado explorando la zona, regresó con expresión animada. —Hay un puesto más adelante que vende joyas. Deberíamos comprar algunas piezas discretas. Los nobles refugiados llevarían al menos algo de valor con ellos cuando huyen. El grupo se dirigió hacia el puesto indicado, donde un comerciante lobo exhibía collares, brazaletes y anillos de diversos materiales. Miriam examinó las piezas con ojo crítico, seleccionando aquellas que parecían valiosas, pero no excesivamente llamativas. Mientras tanto, al otro extremo del mercado, David había logrado llegar al área donde vendían materiales de arte. Sus ojos brillaron con emoción genuina cuando vio la variedad de pinceles, pinturas y lienzos disponibles. —¿Por qué necesita tantas cosas Daniele? —preguntó Shiloh con curiosidad, observando cómo David examinaba los pinceles con mucha reverencia—. ¿Le gusta pintar? David asintió sin apartar la vista de los materiales, manteniendo su historia de cobertura. —Sí, últimamente le ha dado por garabatear en cualquier superficie que encuentra. Pensé que sería mejor darle materiales apropiados antes de que arruine las paredes del palacio.
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