Nadie se mete con su esposa

1637 Palabras

Rose no podía entenderlo. Pero su corazón latía con fuerza, como si se hubiera desbocado, y el temblor en su cuerpo no tenía nada que ver con el ungüento. Después de unos largos segundos en silencio, fue ella quien desvió la mirada primero, dominada por el pánico. Una emoción indescifrable brilló en los ojos de Dorian. Se levantó con calma, le acarició suavemente la nuca con los dedos —como si quisiera dejar una promesa sin palabras— y finalmente habló con tono tranquilo: —Deberías descansar un rato. Voy a la sala de estudio, tengo algo que hacer. Te llamaré para cenar esta noche. —Bueno… —murmuró ella, aún sin atreverse a mirarlo. Mientras tanto, en otra parte de la ciudad… Cuando Lucy regresó a casa, la rabia aún la consumía. Sus tacones resonaban con fuerza contra el piso de mármo

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