Dorian salió de la sala de juntas con el ceño fruncido. El ambiente aún cargado con la tensión de los funcionarios no era nada comparado con el nudo que llevaba en el pecho. Carlos lo esperaba justo afuera, con el celular en la mano y una expresión contenida. —Señor —dijo Carlos al verlo—, tiene muchas llamadas perdidas. De su esposa. Dorian alzó la mirada, a punto de preguntar más, cuando un murmullo se esparció por el pasillo. —¡Le digo que no puede pasar sin una cita o una orden oficial! —se oía la voz aguda de la recepcionista, visiblemente molesta. Dorian y Carlos bajaron la mirada hacia el lobby principal del palacio presidencial. Allí, una mujer de cabello suelto, vestido claro y rostro desencajado por la tensión, discutía mientras trataban de escoltarla fuera. Era Rose. —¡Solo

