Acepto

1310 Palabras
Tan pronto como terminó de hablar, Rose se quedó atónita. Los ojos de Carlos se abrieron con incredulidad mientras miraba al hombre con asombro. El corazón de Rose dio un vuelco. Después de un largo silencio, abrió la boca, aturdida. —¿Qué dijiste? —Señorita Hamilton —los ojos del hombre estaban oscuros y un brillo misterioso relucía en ellos—. Estoy seguro de que entiendes lo que estoy diciendo. Como recompensa, me casaré contigo. Rose se confundió por un momento. El hombre pareció notar su expresión y continuó: —Señorita Hamilton, no se apresure a rechazar esta oferta. Por lo que sé, hoy ha sufrido una gran humillación en su boda. En pocos días, su reputación será conocida en todas partes. Con su actual posición en la familia Hamilton, sus posibilidades futuras pueden volverse aún más difíciles. Ante esas palabras, el cuerpo de Rose se puso rígido. —No tiene nada que ver contigo. El hombre la miró con amabilidad. —Pero yo sí. Rose levantó la mirada. Lo escuchó decir: —Si te casas conmigo, nadie recordará la vergüenza que sufrió la novia en la boda. Solo se reirán de Asher por no asistir y perder a su esposa. Hizo una pausa antes de añadir: —Y luego podrás dejar a la familia Hamilton cuando quieras. Su voz era tranquila y pausada, como si estuviera lanzando un hechizo. —Puedo ayudarte en lo que desees. —¿Cómo? La habitación estaba tan silenciosa que se podía escuchar la suave respiración de Rose. Su corazón tembló violentamente. Los ojos del hombre parecían un remolino dispuesto a absorberla. Su corazón latía con fuerza, pero hizo todo lo posible por mantenerse serena. —Si estás al tanto de todos mis detalles, debes comprender que casarte conmigo no te beneficiaría. —Por eso dije que esto es una compensación. El hombre se detuvo un momento antes de añadir: —O podrías interpretarlo de otra forma… Necesito una esposa en este momento. Rose apretó los dedos. ¿O? ¿Debería aceptar? Si lo hacía, ¿tendría un hogar? Los rayos dorados del atardecer se filtraban por la ventana. A lo lejos, más allá de la puerta, las nubes despejadas se agitaban suavemente. Una brisa cálida rozó sus cejas. Su mente, nublada durante tanto tiempo, estaba mareada. Entonces, escuchó una voz que era la suya. —Acepto. Tan pronto como lo dijo, los labios del hombre se curvaron en una leve sonrisa. —Dado que ese es el caso, entonces está decidido. Rose de repente volvió en sí. —Yo… El hombre alzó levemente una ceja y dijo con firmeza: —Mi secretario acaba de grabar toda nuestra conversación. Señorita Hamilton, no puede romper su promesa. Carlos le saludó con la cabeza. Su hábito profesional de registrar todo era un requisito básico cuando su jefe negociaba. El hombre se puso de pie y murmuró: —Estoy ocupado en este momento. Haré que alguien te cuide. Cuando te den de alta, iré a buscarte. Dicho esto, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Rose lo miró alejarse y, de pronto, le gritó: —¡Espera! El hombre se detuvo en seco. Sus ojos oscuros se posaron en ella, su expresión profunda y sospechosa, pero también contenía una sensación de opresión. —¿Eh? Rose no pudo evitar sentirse sofocada. Abrió ligeramente la boca. —Pero… aún no sé tu nombre. El hombre se rió. Caminó hasta quedar frente a ella, se inclinó y la miró a la misma altura. Sus ojos oscuros estaban llenos de su reflejo. —Dorian. Dorian Rockwell. La luz que entraba por la ventana delineaba su silueta recta y elegante. Era noble, caballeroso y tranquilo. El tiempo pareció congelarse en ese instante. Rose parpadeó, aturdida. … Dorian salió de la sala. Carlos lo siguió mientras su teléfono sonaba con la notificación de un mensaje de texto. Era del conductor, que había estado esperando afuera por mucho tiempo. —¿Cuándo saldrá el jefe? ¿Qué sucedió? ¿Por qué el jefe me pidió que golpeara a la chica sin razón? A pesar de sus métodos, nunca ha hecho daño a los inocentes. Y ni hablar de que ella es solo una mujer normal… Carlos recordó la intensa conversación dentro de la sala y respondió: —Ella no es una mujer normal. En el futuro, será la esposa del jefe… El conductor, del otro lado: —??? Dorian, de repente, se detuvo en seco. —¿Qué pasa? —Carlos casi chocó contra su espalda. Dorian dijo con voz firme: —En el futuro, frente a ella, llámame “señor”. Carlos tragó saliva. —… Anotado. Parecía que el jefe todavía quería ocultar su identidad. Tenía sentido. De lo contrario, la asustaría. … Rose se quedó sola en la sala, con la mente llena de pensamientos. Le resultaba difícil procesar lo que acababa de ocurrir. Ahora, a medida que se calmaba… le parecía aún más absurdo. Se arrepintió. Sin embargo, la presencia de Dorian era tan fuerte y fría que, si se retractaba de sus palabras… Estaba molesta. Esa frustración la acompañó todo el día. Por la tarde. Cuando encendió la televisión, el canal transmitía las noticias del día. El presentador hablaba con entusiasmo: —La boda entre las familias Hamilton y White se ha convertido en el tema más comentado. El novio huyó de la ceremonia en público, causando un gran revuelo. Escuchemos las opiniones del público. —¡Es tan romántico! ¿Quién no querría un hombre que declare su amor de una forma tan rebelde? —Creo que el novio actuó de manera inapropiada. Debería haber sido sincero con ella antes. En lugar de eso, optó por romper el compromiso en público, dejando a la novia en una situación humillante. —Escuché que Isabel y el joven White fueron novios desde la infancia. ¿No es Rose la amante? Solo puedo decir que se lo merece… Rose apagó la televisión de golpe. Justo cuando estaba a punto de acostarse y descansar, alguien entró corriendo en la sala. Era Clarisa. —¡Rose! ¿Por qué te fuiste sin decir nada? ¿Por qué no llevaste tu teléfono? ¡Te he estado buscando todo el día! ¿Sabes lo preocupada que estaba? —preguntó con urgencia. —Lo siento… —Rose se sintió culpable. —Me alegra que estés bien. ¿Dónde está la persona que hizo esto? —preguntó Clarisa, aliviada al verla, pero curiosa por saber que le había pasado a su amiga en su pierna. Detrás del patio estaba el punto ciego de vigilancia. A Clarisa le había costado mucho esfuerzo escuchar los rumores sobre su supuesto accidente de coche. El miedo la había paralizado, sintiendo que su alma casi abandonaba su cuerpo, hasta ahora que sabía algo de ella. —No pasó nada grave, así que dejé que el conductor se fuera —dijo Rose, ocultando parte de la verdad. Clarisa suspiró, se sentó frente a la cama y le entregó su móvil. —El banquete de bodas ha terminado y los asistentes ya se han ido a sus casas. Tus padres y Asher llamaron, pero no contesté. Rose tarareó distraídamente. Había diez llamadas perdidas de Adela, una de Henry y seis de Asher. Dejó el móvil a un lado, sin intención de devolver la llamada. Clarisa la observó por un momento antes de preguntar con cautela: —Asher y tú… —Él y yo ya hemos terminado. Clarisa se quedó atónita. Probablemente nadie en este mundo sabía mejor que ella cuánto había amado Rose a Asher. Había renunciado a estudiar en el extranjero por él. Se había perdido la competición de baile más importante por él. Incluso dejó de bailar y estudió diseño de joyas por él. Soñaba con casarse con él. Quería formar un hogar a su lado.
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