Se abre el telón.

2471 Palabras
Había un cierto silencio cargado de dudas que ponía los pelos de punta a los presentes en la habitación subterránea. Era una cueva de tierra, profunda e iluminada con velas, el calor no era suficiente para hacerles sudar pues el espacio tenía algunas rendijas para que no se condensara allí el vapor. Todo estaba perfectamente elaborado para ser sólo de tierra, lucía como una habitación: cuatro paredes y algunos ductos para evitar la humedad; había largos bancos de tierra en columnas, haciendo semicírculos a medida que se extendían hasta el final de la cueva. Una especie de altar se veía al fondo, había diversos tronos, y uno muy grande colocado detrás de los que dominaban la escena, hecho con un material peculiar. Lucía como un estrado, pues había un espacio a la izquierda donde el presunto culpable estaría sentado, los 6 tronos se desplegaban hacia la derecha, y el trono más grande estaba detrás de estos más pequeños. De lejos lucía majestuoso, y admirarlo de cerca notabas lo imponente de aquella construcción. El estrado estaba más arriba que los bancos para los espectadores. Era toda una obra de teatro, pero recordándoles que ellos eran los súbditos que estaban por debajo hasta cuando solicitaban justicia. El olor del rito de Los Guardianes se hizo presente, estaban llegando. Un portal n***o se expandió y todos los demonios bajaron la cabeza. Unos veinte minutos antes, Seth salió de la habitación corriendo para que Umay no los volviera a pescar juntos y así ella pudiera inventar alguna cosa, arruinando los planes. Lydie fue llevaba por Kir y uno de sus hombres al subterráneo, Umay y Seth caminaban detrás. Era una caminata para avergonzarla, para que la confianza ganada fuese arrebatada en cada paso. Lydie se sintió así, pues la primera vez que estuvo allí fue para todo lo contrario: demostrar lealtad y ser parte del clan Deamonium. Aún así, mantuvo la frente en alto. Los demonios la veían con tristeza, lastima, otros con rabia por arrebatarles a su líder, casi el padre de la manada. Sintió que la tristeza que emanaban algunas miradas podía ser su apoyo, que allí seguía la gente que deseaba a Lydie como Jefa. Divisó entre la gente la cabellera rojiza de Farah y sintió como le daba ánimos con sus gestos, la llama de la esperanza rugía en su interior. Algo bueno podría suceder. Del portal n***o salió primero un Kudya Munthu, sus cuatro metros de altura eran envidiables para el resto de los de su r**a caníbal, era una quimera con cabeza de toro y cuerpo de caballo, su pelaje era n***o y tenía una larga cicatriz desde la frente, cruzando por su ojo, hasta el final de su barbilla. Salió un segundo, era un Guardián con cabeza de carnero y cuerpo de toro, sus ojos eran de un amarillo bastante opaco. Caminaron hasta la punta donde estaban los últimos tronos sin bajar la mirada. Todos los demonios seguían con la cabeza gacha, Lydie volteó como pudo y Seth movió los labios “no”; Lydie sintió que podía volver a respirar. Ninguno de ellos era el que había llevado el caso de Seth hace unos años. Salieron los dos Memoriae batiendo un poco sus alas negras, las túnicas grises se veían impecables y ligeras, caminaron como seres celestiales hasta ocupar sus puestos en los dos tronos cerca del puesto del acusado. Ambos se miraron y una sonrisa extraña surgió en sus labios. Del portal finalmente salieron los dos Seele, y detrás de ellos se cerró rápidamente con un chasquido de uno de los Memoriae. Eran dos hombres, sus ojos negros brillaban con la luz de las velas, uno de ellos llevaba el largo de su cabello hasta los codos y el otro lo tenía más corto, pero igual el rojo de las llamas se movía con soltura. Se sentaron en el centro y con un ligero gesto, la masa de demonios se enderezó viendo a Los Guardianes. - Hemos venido en solicitud de los Jefes del clan Deamonium. – Empezó el Seele de cabello largo. – Ahora bien, ya que estamos aquí, ¿qué ha pasado? Umay se acercó, no se veía intimidada, sino que se le notaban las ganas de estar allí sentada con ellos. - Gracias por venir, respetables Guardianes, el asunto es grave así que su camino hasta acá no ha sido en vano. – Explicó. Volteó a ver a Lydie, levantó su mano y la señaló con su índice. – Lydie Lacroix, es acusada de asesinato. Ha atacado a Adel Pardaez, el cual apareció moribundo con su cuerpo humano destruido, y su esencia demoniaca no pudo reencarnar. Está muerto en ambos estados. Los Memoriae susurraron entre ellos, mientras los Kudya Munthu se removieron en sus asientos. El Seele de cabello corto detalló a Lydie, incrédulo de que aquella pequeña pudiera asesinar a un Jefe destruyendo ambos cuerpos. - Comprendemos que la muerte de un Jefe puede ser algo delicado para un clan, pero debe haber un motivo más grande para requerir nuestra presencia aquí. – Mencionó un poco disgustado el Seele de cabello largo. - Lydie era Rebelde, y la traemos aquí porque ha traicionado al clan, asesinó a Pardaez y le dio a los Rebeldes el libro “Mortarium”. – Decretó Umay. Algunos demonios se sorprendieron, otros murmuraron por enojo. Los Seele miraron a los Memoriae, los cuales asintieron: el caso sería evaluado. Lydie se mordió el cachete interno, esperaba que no mencionara lo del libro pero había sido un poco ilusa al desear que Umay tuviera un mínimo de sensatez. Subió las escaleras y se acercó al puesto, respiró profundo y se sentó. El momento para ella había llegado. - Lydie Lacroix, ex Rebelde, - siseó uno de los Memoriae mientras la señalaba, los ojos blancos se movían en la cuenca con rapidez -, ¿qué hay en tu memoria que está bloqueado con magia? - Los recuerdos de mi vida Rebelde. – Dijo Lydie sin titubear. – Es un hechizo simple, pueden pasar sobre el si desean hacer revisión. - No hay motivos para adentrarse allí, - señaló el Seele de cabello largo. – Seamos puntuales, ¿bien? – Dijo al mirar a los Memoriae. Se levantó y se acercó hasta Lydie. – ¿Cómo te declaras, Lacroix? Tienes acusaciones que son difíciles de ignorar, aunque no puedo negar que este caso es particular. - Soy inocente. – Aseguró con la frente en alto mirando al Seele. – Desde hace 9 años le he demostrado lealtad al clan y a Adel Pardaez. – Volteo hacia los seres andróginos. – Ustedes, Memoriae, vieron en mi memoria todo mi pasado y mi historia; dentro de mí no existe el deseo de actuar con venganza, pues yo misma elegí irme de mi primera tribu, la cual eran los Rebeldes, una de las muchas que existen y hay división entre ellos. No tendría por qué buscarles, ni tengo deudas con ellos. - ¡Mientes! – Vociferó Umay. – Te has juntado con los Rebeldes para asesinar a Adel. El Seele miró con recelo a Umay, la cual tuvo que dar un paso atrás si no quería ser ella quien se enfrentara a un verdadero castigo. - ¿Es eso cierto, Lacroix? – Se inclinó para ver a Lydie, y los Caníbales se carcajearon al notar la gran diferencia de estaturas. - Insisto en mi inocencia, ¡puedo demostrarla! – Declaró. Sentía que para Los Guardianes aquello era un juego, y no pudo evitar molestarse. - ¿Por qué surgen esos pensamientos de rabia en ti, Rebelde? – Murmuró uno de los Memoriae, con una sonrisa de medio lado. Lydie debía controlar sus pensamientos y emociones, en ningún momento se detendrían los Memoriae de evaluar su comportamiento, estaban en su cabeza y ella sabía que allí adentro no había nada bueno. Volvió a respirar con calma, coloco sus manos a cada lado en la silla de tierra, notó que los tronos donde estaban sentados sus jueces eran de tierra rojiza de volcán… Tierra extraída del infierno. Les daban lo mejor, cuando ellos también debieron pasar por ser simples demonios. - Sé que soy inocente porque esa tarde yo no estaba en los alrededores del clan. – Explicó. – Yo sí vi a Adel ese día, por su propia insistencia en hablar conmigo esa mañana, me dijo que contaba con su voto para ser Jefa del clan Deamonium, y que ese día él bajaría al Infierno por asuntos importantes. No supe nada más hasta que me informaron de su muerte. - La naturalidad en tu voz me asegura que no mientes, pero a los Rebeldes hay que preguntarles dos veces. – Dijo el Seele de cabello corto. - ¿Qué sucedió en esa mañana que el Jefe Pardaez estuvo en tu casa, Lacroix? - Adel insistió en hablar conmigo, quería asegurarme su voto para ser Jefa del clan Deamonium, y me comentó que ese día bajaría al infierno por asuntos importantes. – Volvió a responder Lydie con la mandíbula un poco apretada, tratando de mantener su cuerpo calmado. No se sentía cómoda con ese acto de la doble pregunta pues conocía la intencionalidad de la misma. A los Rebeldes se les pregunta dos veces pues en la primera mienten conteniendo la respiración y en la segunda tiemblan porque los ponen en duda, lo cual les hace sentir humillados. - Es cierto, entonces… - Concedió el Seele de cabello corto. - Lacroix, ¿dónde estuviste durante el ataque? – Continuó preguntando el Seele de cabello largo. - En la ciudad. – Respondió con cierta molestia, no quería que la conversación se fuera por allí. – Volví apenas supe la noticia, se me incriminaba a mí al ser la última persona con la que Adel dijo que estaría. Consideré importante estar aquí para aclarar los hechos. - ¿Dónde estuviste, Lacroix? – Volvió a insistir con la pregunta. Lydie apretó rápidamente los labios para contener el suspiro de frustración. - Estaba en la ciudad, con los mundanos. - Interesante… No tanto, pero sí curioso. – Meditó. Miró a los Memoriae y ambos asintieron confirmando la respuesta de Lydie. - ¿Sabes algo, Lacroix? El libro que portaba Pardaez es importante, contiene algo que puede cambiar y modificar muchas cosas. - Se hizo la revisión de su casa, no se encontró el libro, ¡debió dárselo a los Rebeldes! - Dijo Umay, ganándose nuevamente una mirada del Seele llena de reproche, pero ni siquiera aquello lograba que temblara de nervios cuando los demás demonios se sintieron intimidados. La piel del Seele a la luz de las velas resultaba fascinante, y el recuerdo del hombre con el que había estado la invadió. Lydie trató con fuerza de enfocarse en lo que estaba sucediendo, pero notó que los Memoriae estaban buscando un punto débil para atacarla. Dirigió su mente con mucho esfuerzo a lo que estaba sucediendo allí, siguió buscando detalles en la cueva subterránea y prestando atención a la voz del Seele. - No sabía que Adel tenía un “Mortarium”, pero el resto del clan manejaba esa información. - ¿”Un”? – Se interesó. - ¿A qué te refieres con “un”? Lydie quiso masticarse la lengua y tragársela. - Sé que hay diversos “Mortarium”. - Tienes razón, Lacroix. – Reconoció el Seele. – Y están sellados, después de que hace muchos siglos para nosotros y pocas décadas para los mundanos, uno de tu clase hiciera algo terrible con la información de varios de esos “Mortarium”. - Son viejas leyendas. – Masculló. – No sé dónde está el libro, no lo tengo ni se lo he dado a nadie. – Se defendió. - Siempre me resultó interesante que los dulces demonios como tú, de un pecado tan bajo, sean capaces de tomar forma demoniaca… El Seele movió sus manos rápidamente y de la nada, su tamaño cambió, aquellos cuatro metro pasaron a ser un metro noventa de altura. Seguía viéndose alto, fornido y las llamas de su cabello se movían lentamente. Miró a Lydie de cerca, acercó su mano a su rostro, tomó su barbilla para mover su cabeza de lado a lado detallando ambos perfiles. Era un gesto despectivo y Lydie sintió nuevamente deseos de masticar su lengua para evitar decir nada. - Las leyendas, Lacroix, a veces son ciertas. – Susurró el Seele. – Yo, Hexu, te puedo asegurar, gracias a todos mis años de existencia, que hay cosas tan reales y que nos pueden hacer tanto daño que necesitamos convencernos que no existen, no están observándonos, o no están metidos debajo de la cama preparándose para salir a matarnos. Lydie tragó saliva. - Hay algo en ti que me causa intriga, Lydie, no sabría cómo explicarlo, honestamente. ¿Puedes creer algo así? – Se carcajeó Hexu. – Siento que te he visto antes, que algo dentro de ti puede volverse peligroso y luego convertirse en leyenda. ¿Me entiendes? - Entiendo. - Pero aseguras que eres inocente, ¿no? – Lydie asintió y Hexu sonrió. – Lo que me encanta de estas situaciones, Lacroix, es como ustedes los Rebeldes que desean arreglarse, corregir su pasado, se desesperan por cualquier oportunidad. Pero tú no estás desesperada, o aprendiste muy bien a controlarte. – Hexu se alejó de Lydie, hizo el mismo gesto con sus manos y volvió a su estatura normal. - ¿Qué has decidido, Hexu? – Preguntó uno de los Memoriae. - Hay algo aquí que me causa interés, surge de una sola palabra y de recuerdos bloqueados con magia. – Aseguró. – Esa magia no es simple, Já, ni los más viejos saben cómo mierda controlar sus pensamientos más lascivos. Lydie trató de no temblar, deseaba golpear su cabeza al haber sido débil en un momento tan crucial. Una palabra podía cambiar todo, ella sabía eso. - Lydie Lacroix, del clan Deamonium, ex Rebelde, he decidido. – Anunció. – Te daremos siete días para que demuestres tu inocencia, al octavo día, a las nueve de la noche de esta tierra mundana, tú morirás si se te encuentra culpable, y todo nos indica que realmente te has confabulado con otros Rebeldes para matar al Jefe Pardaez. - Hexu, ¿el libro…? – Dudó el Seele de cabello corto. - Tranquilo, Demerus, el libro va a aparecer porque ella lo encontrará si desea continuar viviendo. Las palabras se clavaron como una daga filosa en el pecho de Lydie. Buscó la mirada de Seth, ya no había necesidad de exigir nada pues los mismos Guardianes pusieron sus cartas sobre la mesa y no había nada más que hacer, sólo obedecer. Ellos eran los peones allí, sólo les quedaba avanzar. En ese momento lo entendió: tenía sólo siete días antes del caos.
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