La voz que todo lo cuestiona.

1782 Palabras
“¿Qué puedes saber tú, Lydie? No mucho… Pues los demonios actuamos bajo impulsos y deseos difíciles de entender. La verdad no eres tan lista cómo aparentas”, sintió el susurro de la voz de Larisa en su cabeza pero tan cerca de sus oídos que se volteó sobresaltada. Caminó más a prisa hacia su casa con la cabeza gacha, tragó saliva cuando empezó a sentirse observaba aunque podía ser simplemente el descontrol que le causaba la presencia de esa mujer en su vida. “¿Nunca se había ido realmente?” lamentó mientras abría la puerta de su casa, no sabía en qué momento, pero estaba allí entrando y tomando aire con fuerza, los pulmones le presionaban las costillas. Fue a la cocina, se sirvió agua y el vaso le temblaba en las manos. Su teléfono empezó a vibrar sobre la mesa de la cocina, lo tomó y vio que era Farah. - ¡Lyd! ¿Dónde estás? – Su voz sonaba un poco extraña, acelerada. - En mi casa, pensé que lo mejor sería quedarme aquí a… esperar. – Murmuró Lydie, se sintió extraña hablando en voz baja dentro de su propia casa. - ¡Voy para allá! Primero buscaré algo para cambiarme, estoy en unos 40 minutos contigo. – Dijo Farah. No esperó una respuesta y colgó. Lydie se sentía extraña, pues el apoyo de Farah, que no era nuevo para ella, le reconfortaba e igual le hacía pensar si alguna vez había tenido eso dentro de los Rebeldes. Recordó a Nouk, a Kadet y a Larisa; con ellos estaba la mayor parte del tiempo, eran su grupo, sus “amigos”. Nouk siempre fue un chico agradable, calmado y desinteresado por el mundo demoniaco, a veces se veía tan humano que era difícil creer que era un Caníbal, a algunos le incomodaba su mirada fría, pues sabían que debajo de esa actitud había un demonio bien preparado para la batalla. Kadet era extremadamente salvaje, en su forma humana como demoniaca resultaba intimidante, también era Caníbal y su actitud encajaba con el estereotipo al que algunos Kudya Munthu rechazaban; le era fiel a Larisa y siempre estaba a su lado en cada ocasión, era su guardaespaldas, algo que a muchos les incomodaba, pues ella era una vulgar Memoriae, no entendían qué tanto le debía a Larisa para ofrecer su vida por ella sin pensarlo tanto. Y Larisa, una Memoriae, no quería recordarla, no quería que su mente se inundara de ella. Jamás había logrado comprenderla. Todos sus pasos estaban bien cuidados, por ello nunca entendió el arrebato de ese día. ¿Por qué estaba celosa de Vikeo? Larisa siempre había tratado a Lydie como su amiga, su mano derecha, su… experimento. Lydie suspiró, era difícil admitir que Larisa era tan despiadada. Algo dentro de ella debía estar roto, al punto de que nadie podía volver a unirlo ni porque ella misma ayudara a arreglarlo. Larisa no comprendía un concepto de amor donde no le debieran algo, todos tenían deudas con ella y sólo quería cobrarlas como mejor le resultara. Era interés, manipulación y narcicismo lo que dominaba la definición de “amor” dentro de su cabeza. Larisa encontró en Lydie algo que ella realmente amaba: el poder. Por eso la encontraba tan fascinante, Lydie poseía una habilidad increíble con la magia y el ser una Seele aumentaba la atracción de la astuta Memoriae. Un Seele bajo su poder sólo le causaba excitación, ¡podía hacer lo que quisiera! Siempre y cuando lograra mantener a Lydie de su lado. Una Seele poderosa con la capacidad de controlar magia antigua, una destreza increíble para batallar, una líder que difícilmente algo lograba hacerla temblar, eso era como ganarse la lotería para Larisa. No iba a renunciar a ello, pues se lo habían entregado en bandeja de plata. Larisa le enseñó todo lo posible para que pudiera desarrollar un mejor dominio de la magia, entregándole unas anotaciones en hojas arrugadas y manchadas. Lydie se tomaba su tiempo para aprender, pero cada vez podía hacer magia más compleja y no se le notaba asustada. Pero, ¿cómo temerle a lo desconocido? Allí residía su grandeza. Y Larisa se había encargado de criar a Lydie esperando siempre lo mejor, pues esa sería su recompensa por un gran desempeño como su mejor arma. Todos temerían de Larisa y jamás volverían a subestimar a un Memoriae, pues en su arte de la manipulación y el engaño, todos se inclinarían ante ella al tener el mejor ejército de Criaturas Noctas. Los mundanos temerían, las Bestias cederían, los demonios obedecerían. Nada se lograría interponer en su ardiente deseo de poder y dominación. No le importaba cuántos tendría que matar y revivir para poder crear un batallón que le consiguiera todo lo que anhelaba. Lydie permaneció en silencio, esperando por Farah. Comió tres barras de proteínas, y cuando iba a abrir la cuarta, apareció Farah en la cocina, con un bolso mediano y el cabello rojo alborotado. - ¡Lyd! Sé que no te agradará mucho, pero creo que debería quedarme aquí, contigo. – Anunció. - No. - ¡Vamos, Lyd! Te hará bien mi compañía, te seré útil y... - No. La gente no te hablará y no lograremos nada. - Nadie me vería salir de aquí en las mañanas, además… - No. – Lydie suspiró. – Ven, te haré algo de comer, pero volverás a tu casa después de contarme lo que hayas averiguado. Farah dejó caer sus hombros, derrotada pero sin ganas de seguir protestando siguió a Lydie dentro de la cocina, se sentó en una silla alta frente al mesón y apoyó los codos para dejar caer su cabeza, como una pequeña niña regañada. Vio a Lydie tomar diversas cosas para preparar algo que ella desconocía, pero el olor le hizo sentirse a gusto estando allí. Observaba la delicadeza con la que Lydie cortaba vegetales, pollo, condimentaba, dejaba sofreír y tomaba agua de un vaso sin distraer su atención de cada cosa sobre las llamas en la cocina. - Te escucho, Farah. – Dijo Lydie, su voz era distante y calmada. Esa era la Lydie a la que estaba acostumbrada. Farah se removió en la silla con cuidado y tomó aire. Le empezó a comentar acerca de las actitudes extrañas que tenían Lois y sus dos secuaces, el resto del clan consideraba que era la emoción de sacar a Lydie del juego, pues no era un secreto para nadie que jamás se habían llevado bien. Lydie sólo levantó sus cejas, aceptando ese hecho y volvió a remover el contenido de los sartenes. - Uno de los hombres de Kir, aún siendo tan obtuso, me reveló algo interesante: la noche del anuncio de los Jefes, habían unos Morthen merodeando los perímetros del clan y la casa de los Jefes. – Explicó Farah, inclinándose sobre el mesón. La isla de la cocina era bastante fuerte, pero aún así Farah no quiso apoyar todo su peso en ella. Lydie se preguntó qué buscaban los Morthen en territorio Deamonium. - Las demás personas no me dieron mucho; todos están tristes por la perdida y les hubiera gustado ver a Adel una última vez. – Soltó por lo bajo. No quería hacer sentir mal a Lydie contándole eso, consideraba que llenar su cabeza con el desprecio de algunos no lograría nada bueno en ella. La pelinegra estaba tomando unos platos de la alacena, y sirvió grandes cantidades para cada una. Farah no ocultaba su sonrisa, notaba el deseo de Lydie de que las personas la acompañaran, pero por una cantidad de tiempo estimado, lo cual respetó. Tomó el plato con cuidado y se sentaron juntas en el pequeño comedor que daba hacia las ventanas de la entrada de la casa. - Siempre me agradó comer contigo, Lyd. A mis padres les encanta la manera que tienes para cocinar. Lydie se levantó para buscar jugo en la nevera, dos vasos y regresó a la mesa. - Sé que les agradaba verme más cocinar a mí que a Farid. Farah rió y asintió: - Farid no baja al infierno tanto como presume y pretende comer como lo hacen allí, y nuestros padres ya le tienen reservado un puesto para el tratado de las cárceles así que está más acostumbrado a los mundanos que a los demonios. No me excuso, yo igual. – Dijo, y se carcajeó. La conversación fluía entre cada bocado, el pollo, los vegetales y el jugo se hacían cada vez menos a medida que avanzaba el tiempo. Lydie estaba más relajada y sus recuerdos distaban de su pasado, estaba con la mente enfocada en ese instante de normalidad. Farah seguía hablándole de las cosas que había visto y escuchado, metiendo su opinión al respecto. No le disgustaba escuchar a la pelirroja, le causaba cierta satisfacción y cuando vio la hora ya eran las 10. - Farah, creo que es momento de que vuelvas a tu casa. Puedo llevarte en la moto si gustas. He de suponer que uno de los hombres de Kir la ha traído hasta acá, tal vez en el momento que salimos a preguntar decidió dejarla a un costado de la casa. – Lydie hizo un gesto con la mano para restarle importancia. - Bueno… - Farah suspiró. - ¿En serio no crees que te haría buena compañía? Tienes una presión muy grande sobre tus hombros justo ahora, Lydie, y como tu amiga me gustaría apoyarte en todo lo posible… - Lo sé, pero recuerda que eres mucho más útil en tu casa, cerca de tu hermano que siempre está con Lois. – Aseguró Lydie. – Y, ¿quién sabe? Puede que escuches algo interesante estando allí. Farah asintió, comprendía el punto de Lydie pero eso no restaba ni un poco a sus ganas de permanecer en la casa. Se levantó y le dijo que iría al baño antes de salir. Lydie le avisó que buscaría la moto y la esperaría afuera. Lydie dejó los platos en el fregadero, abrió la puerta aún dañada y salió a buscar la moto en un costado de la casa. Le alegró saber que las llaves estaban dentro del compartimiento del asiento, al menos un poco de sensatez había en los hombres de Kir. Encendió la moto y notó que le quedaba medio tanque de gasolina, pensó en ir el lunes a llenar el tanque mientras frenaba la moto delante de la casa. Farah tenía el bolso, y unas llaves en la mano. Se la tendió a Lydie y le sonrió. - Arreglé la puerta, un hechizo tonto pero útil. – Dijo mientras se montaba con cuidado en la moto, sujetándose lo mejor posible de Lydie.
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