Capítulo 24 El aire en el Hospital Central no era simplemente frío; era estancado, denso, con ese olor dulce y metálico de la enfermedad mezclado con el desinfectante de los pisos. Aquí no había alfombras de lana ni silencio de mármol; solo el ruido sordo de los carritos de medicamentos y el murmullo ansioso de las madres. Para mí, el hospital era el último territorio, y yo lo defendía con una frialdad casi inhumana. Daniel llegó a las ocho en punto, puntual como una sentencia de muerte. No vestía su traje de CEO, sino una camisa de cuello alto y pantalones de lana que parecían un intento desesperado por camuflarse en un ambiente que le era completamente ajeno. No era su mundo, y se notaba en la rigidez de su cuerpo, en lo demacrado de su rostro. Las bolsas bajo sus ojos eran oscuras, pr

