Capítulo 17. El frio debajo de la piel...
- No has querido decir nada abajo... asi que te lo advierto. Tienes dos opciones – comenzó a decir el abuelo.
Pude ver los ojos de Diego llenos de terror.
- No sé quién me ayudó desde adentro, se lo juro – gemía Diego, con la voz rota.
- Solo queríamos el control total sobre la empresa de Laura. Arturo Camburi... él tenía el control de las tierras en el sur. Y Miguel... él quería ese poder, yo solo quería mi parte –
- Arturo Camburi... – repite el anciano, no puedo ver su rostro.
- Ese tipo era un hombre de palabra – la voz de Don Vladimir cortó el viento como un hacha.
- Mi nieto intentó asociarse con él hace unos meses porque respetaba su visión. Ustedes no son más que parásitos intentando devorar el cadáver de un león –
Vladimir hizo una señal a sus hombres. Uno de ellos levantó a Diego para llevarlo hacia un auto n***o sin placas.
- ¡Llévenlo al aeropuerto! – les ordenó el abuelo.
- Que desaparezca de este país. Si vuelve a pisar suelo ruso, asegúrense de que no necesite un pasaje de regreso –
En ese momento, algo cayó del bolsillo de la chaqueta de Diego. Un objeto metálico que brilló bajo la luz de los focos del patio. Se quedó allí, sobre la nieve, mientras lo arrastraban al auto.
Esperé a que el vehículo se alejara y que Don Vladimir entrara de nuevo a la mansión. No quería que nadie me viera aquí, no necesitaba levantar las sospechas de nadie en este lugar. No después de haber sido atacada directamente por esos dos hombre que antes pensaba serían mi apoyo y salvación.
- Que ilusa había sido – susurré.
Después de lo que me pareció una eternidad y con el corazón en la garganta, corrí hacia la nieve. Mis pies descalzos se entumecieron al instante, pero no me importó, no me detuve hasta estar cerca del objeto, me agaché, metí mi mano en la nieve y lo recogí.
Volví adentro tan rápido como había salido. Estaba congelada, caminé por la cocina de un lado a otro intentando calentarme. Mi cerebro ya no pensaba bien... cuando miré lo que tenía en mi poder quedé paralizada.
Era el reloj de bolsillo de mi padre. El que siempre llevaba en el chaleco. El que se suponía que se había perdido el día que tuvo aquel accidente, el mismo día que se acabó la felicidad de nuestra familia.
Lo apreté contra mi pecho, sentí como mis ojos se iban cristalizando... sollocé en silencio. Si Diego lo tenía..., si él estuvo con mi padre en aquel accidente, ¿Por qué nunca se supo?
Acaso el accidente de papá en realidad no lo fue, esa avalancha en el Valle... ese día... tampoco fue un accidente... acaso todo eso fue una ejecución.
- Me las van a pagar – juré, mientras el frío calaba mis huesos.
- Miguel, Diego, Tania... todos me la van a pagar –
Regrese a la habitación, Nicolas seguía dormido, me acosté a su lado, no tan cerca, no quería que sintiera mi cuerpo frio y cerré los ojos intentado pensar bien. El reloj de papá lo escondí en mi cartera, el único objeto que era mío de verdad.
Al día siguiente
Punto de vista de Nicolas.
El despertar fue como emerger de un pozo de lava ardiendo.
Mis párpados pesaban toneladas y una punzada rítmica golpeaba la base de mi cabeza, recordándome cada gota que bebí de esa maldita droga afrodisiaca que Tania había mandado colocar en mi copa.
Me removí entre las sábanas sintiendo los músculos entumecidos debido a que Laura estaba dormida sobre mí, no era un peso desagradable, pero el calor que emanaba de su cuerpo no era para nada habitual.
Abrí los ojos con dificultad. La luz del invierno ruso se filtraba por las cortinas con una agresividad metálica. Giré la cabeza y la vi. Laura estaba dormida todavía, pero no parecía descansar.
Su respiración era corta, irregular, como si estuviera subiendo una montaña en sus sueños. La aleje un poco y ni siquiera se quejó. Me senté bien y la coloqué a un lado de la cama,
- ¡Laura! – la llamé, pero no obtuve respuesta de su parte.
- ¿Cariño? – volví a llamarla, me cerqué, todavía aturdido, y puse una mano en su hombro.
- ¿Laura? – la llamé por tercera vez, mi voz salió más ronca de lo normal, una lija que raspaba mi garganta seca.
Pero ella no respondió.
Al tocarla, un escalofrío recorrió mi espina dorsal. No era yo el que estaba caliente esta vez, era ella. Laura estaba hirviendo. Su piel, usualmente de un color blanco, mostraba un rubor violento en las mejillas. Y cuando puse mi mano sobre su frente noté finas gotas de sudor perlaban.
Su cabello estaba mojado,
¿Laura se levantó temprano y se ducho? Esa era la única respuesta que podría pensar en ese momento. Algunos mechones de su cabello estaban pegados a sus sienes.
Me miró bien y yo tenía la pijama empapada en el mismo lugar donde estuvo dormida antes. Con este frio, aun con el modificador de temperatura sería imposible sudar asi...
Mi esposa estaba empapada, y un temblor fino sacudía sus hombros de forma intermitente, mientras lograba susurrar algo en voz baja. Acerqué mi rostro un poco más hacia ella y la escuché con claridad.
- Papá... –
- Chort (Maldición) – gruñí, incorporándome de golpe.
La noche anterior regresó a mi mente en ráfagas de fuego... el deseo incontrolable, la posesión absoluta y, la forma en que ella me había buscado para anclarse en medio de la tormenta química. ¿Pero el sexo no tendría por qué ponerla asi...? luego recordé el trauma por el que pasó por culpa de ese asistente Diego.
- Esto era diferente, ella estaba enferma... y no era el efecto de ninguna droga lo que mostraba. La toqué de nuevo, esta vez en el cuello. Estaba ardiendo en una fiebre que parecía querer consumirla desde adentro.
- Laura, mírame por favor –le pedí, tomándola por la barbilla.
Ella abrió los ojos apenas un milímetro. Sus pupilas estaban nubladas, desenfocadas. Volvió a murmuró algo ininteligible, un nombre que no alcancé a captar, y volvió a hundirse en la inconsciencia.
Me fijé en sus pies, que asomaban por debajo del edredón. Estaban amoratados, con una palidez cerúlea que me heló la sangre, parecían incluso quemados por el frio... ¿Qué demonios había pasado mientras dormía? Me pregunté sin conseguir una respuesta apropiada.
Pero todo parecía que ella hubiera estado caminando sobre el hielo.
Antes de que pudiera procesar qué demonios había hecho ella en la madrugada para terminar así, escuché los pasos pesados en el pasillo, después de eso la puerta de la habitación vibró con tres golpes secos.
Conocía demasiado bien ese ritmo. Era la autoridad de mi abuelo hecha sonido.
- Nicolás, sal de esa cama. Tenemos que hablar –
La voz de mi abuelo atravesó la madera de roble sin pedir permiso. Yo estaba desnudo, tomé una bata del closet y eché un último vistazo lleno de preocupación a Laura antes de cubrirla con una sábana y salir al pasillo.
Mi abuelo me esperaba de pie, impecable en su traje oscuro, apoyado en ese bastón de plata que parecía ser una extensión de su columna vertebral. Sus ojos de halcón me escanearon, notando mi estado desaliñado y la sombra de la droga que aún empañaba mi mirada.
- Yo no tuve nada que ver con lo que pasó anoche – me dijo directamente a la cara. Asi era él, claro y directo.
- Lo sé – acepté, está vez él tenía razón.
- Tienes idea de quien fue... porque ese tipo vino por tu esposa. Y si conseguía llevársela, no hubiera sido ella quien amaneciera en tu cama hoy –
Eso también lo sabía.
- Sospecho de Tania abuelo, ¿Quién más podría querer hacerme algo asi? –
Mi abuelo frunció en ceño, sé que confía en Tania y la quiere para mí, pero eso es algo que nunca pasará.
- ¿Cómo está ella? – me preguntó y señalo interior de la habitación.
- Está enferma, abuelo. Tiene una fiebre altísima – le dije sin preámbulos. Mi abuelo ni siquiera pestaño.
- Es el precio de la debilidad, o quizá de la imprudencia –
- ¿Qué quieres decir? –
- Mis hombres dicen que vieron sombras cerca de la salida de servicio de la cocina en la madrugada. Al parecer, tu pequeña esposa decidió dar un paseo descalza por la nieve después de que te quedaras sedado –
Mi cuerpo se tensó al oírlo.
- ¿Por qué saldría Laura en medio de la noche para morir de frío? – le pregunté.
Pero era la única explicación para lo que había visto... sus pies parecían haber pisado la nieve sin protección.
- Baja al despacho – me ordenó él, dándose la vuelta su voz podía cortar el aire.
- Pero ella está mal... –
- El Dr. Ivanov viene en camino para atender a tu esposa. Pero tú y yo tenemos asuntos pendientes sobre el hombre que nos puso en esta situación –
- Ese tipo era el asistente del padre de Laura, él y su abogado solo quieren apoderarse de sus bienes – le dije con seguridad, pero mi abuelo ni siquiera se volteó.
Bajamos las escaleras en un silencio sepulcral, con el corazón latiendo con una furia sorda. Entramos en el despacho, ese lugar cargado de olor a tabaco y cuero viejo, donde se decidían los destinos de medio país. Mi abuelo se sentó detrás de su escritorio apoyando su bastón de plata contra la madera.
Me miró fijamente, con esos ojos que parecían leer mis pensamientos antes de que yo mismo los formara y me indicó que ocupara el sillón frente a él.
- Siéntate de una vez –