⸻ El trayecto hasta la casa transcurrió entre silencios densos y miradas robadas. Sebastián conducía con una mano firme en el volante y la otra descansando sobre el muslo de Valeria, apenas tocándola, lo suficiente para recordarle que estaba ahí, que era real. Valeria miraba por la ventana, pero no veía nada. Su cuerpo estaba alerta, expectante. Cada semáforo era una tortura. Cada minuto, una promesa. Cuando el coche se detuvo frente a la casa, ninguno habló. Sebastián apagó el motor. Valeria giró hacia él… y no hizo falta nada más. Él la besó con urgencia, como si hubiera contenido demasiado tiempo todo lo que sentía. Valeria respondió con la misma intensidad, sus manos buscando, aferrándose, perdiéndose en él. El beso no era solo deseo; era hambre, era necesidad, era todo lo que no

