El lunes amaneció denso, cargado de presagios. Desde muy temprano, la sede central de la constructora Alvarado & Asociados hervía de actividad y nerviosismo. El accidente laboral ocurrido la noche anterior había encendido todas las alarmas: heridos, una investigación oficial en curso y rumores sobre la calidad de los materiales utilizados. Sebastián Alvarado llegó puntual, impecable, aunque por dentro llevaba una tormenta. No había dormido. El viaje de emergencia del domingo, la gravedad del accidente y la incertidumbre de lo que vendría lo mantenían tenso, pero firme. Era el presidente. Y hoy tendría que demostrarlo. Valeria Cruz llegó unos minutos después. Cruzó el lobby con paso contenido, el rostro serio, los ojos cansados pero decididos. Era lunes. Tenía que estar ahí, aunque por

