Valeria la miró fijamente, con los ojos llenos de rabia y dignidad. —No tienes idea de con quién te estás metiendo —dijo. Renata se encogió de hombros. —Ya veremos. Se dio la vuelta y salió, dejándole su veneno flotando en el aire. Valeria cerró los ojos por un segundo, respiró hondo y terminó de cerrar la caja. No lloró. No allí. No frente a nadie. Salió de la oficina con la cabeza en alto. Pero por dentro, el miedo empezaba a crecer. No por ella. Por Sebastián. Sebastián no dijo una sola palabra cuando Valeria salió del edificio con la caja entre los brazos. Bastó mirarla para entender que estaba rota por dentro. Se acercó de inmediato, tomó la caja y la dejó en el asiento trasero del auto antes de abrirle la puerta. —Ven —le dijo con suavidad—. Vamos a casa. Ella asintió sin

