Valeria llegó a casa cuando ya había caído la noche. Cerró la puerta con suavidad y apoyó la espalda en ella un segundo, dejando escapar el aire que había estado conteniendo todo el día. La oficina estaba cargada de tensiones, miradas incómodas y silencios que hablaban demasiado. —¿Mamá? —llamó mientras se quitaba los zapatos. —En la cocina, hija —respondió Elena. Valeria caminó hasta allí y la encontró nerviosa, arreglando por tercera vez una mesa que ya estaba perfecta. —¿Pasa algo? —preguntó Valeria, frunciendo el ceño—. Estás rara. Elena se giró lentamente. Sus ojos brillaban de una forma que Valeria nunca le había visto. —Quiero que te alistes —dijo—. Esta noche viene alguien importante a cenar. —¿Importante cómo? —insistió Valeria—. Mamá, me estás asustando. Elena se acercó y

