Capítulo:22

933 Palabras
Sombras que se acercan. Gabriel Montoya permanecía de pie frente al ventanal de su oficina, observando la ciudad que se extendía a sus pies como un mapa de recuerdos inconclusos. El reflejo del vidrio le devolvía la imagen de un hombre exitoso, respetado, poderoso… y, aun así, inquieto. Habían bastado solo dos cosas para desestabilizarlo: un apellido y un nombre. Elena cruz. Ese nombre no había perdido fuerza con los años. Seguía pronunciándose en su mente con la misma suavidad peligrosa de entonces. Gabriel cerró los ojos un instante, recordando su risa, su carácter firme, la forma en que lo miraba cuando el mundo parecía demasiado grande para ambos. Tomó el teléfono con decisión. —Necesito que investigues a alguien —dijo cuando la llamada fue atendida—. Nombre: Elena cruz. Del otro lado, la voz profesional tomó nota. —¿Qué tipo de información? —Vida actual. Trabajo. Rutina. Si tiene familia —respondió Gabriel tras una breve pausa—. Nada invasivo. —Entendido. Gabriel colgó sin dar más explicaciones. No sentía culpa. Solo una necesidad profunda de saber qué había sido de la mujer que amó y perdió por diferencias sociales, por cobardía, por orgullo. Nunca se le pasó por la cabeza que el destino pudiera haber tejido algo más entre ellos. Para él, Elena era pasado. O eso creía. ⸻ En la empresa, el ambiente se había tensado de manera evidente. Sebastián Alvarado., presidente de la compañía, caminaba por los pasillos con el porte firme que lo caracterizaba. Su sola presencia imponía respeto, pero esa mañana su expresión estaba más dura de lo habitual. Miguel de la Fuente. Desde la llegada oficial como representante de los intereses de la familia de Renata, Miguel no disimulaba su interés en Valeria. Comentarios ambiguos, miradas que se prolongaban más de lo necesario, una cercanía que incomodaba. Sebastián no estaba dispuesto a permitirlo. Entró a una sala de reuniones y cerró la puerta con firmeza. —Necesitamos hablar —dijo. Miguel, que revisaba unos documentos, levantó la vista con calma estudiada. —Claro, presidente —respondió con una sonrisa ladeada—. ¿Qué ocurre? —Ocurre que estás cruzando límites —contestó Sebastián sin rodeos—. Valeria es parte de mi equipo y merecen respetarla. Miguel dejó los papeles sobre la mesa. —¿Respeto o celos? —preguntó—. Porque no recuerdo que sea tu pareja. Sebastián avanzó un paso. —No juegues conmigo. La puerta se abrió antes de que Miguel respondiera. —¿Qué sucede aquí? Renata entró con paso firme, colocándose de inmediato junto a Miguel. Su gesto era tenso, alerta. —Nada grave —dijo Miguel—. El presidente solo está un poco… protector. Renata miró a Sebastián con frialdad. —Miguel está aquí por un acuerdo familiar —dijo—. No veo el problema. —El problema —respondió Sebastián— es que no voy a tolerar provocaciones ni faltas de respeto dentro de mi empresa. Renata arqueó una ceja. —Curioso —dijo—. Hablas como si Valeria te perteneciera. Sebastián sostuvo su mirada. —Hablo como presidente y como hombre que sabe reconocer cuando alguien incomoda a otra persona. Miguel apoyó una mano en el hombro de Renata. —Tranquila —le dijo—. No vale la pena discutir. Pero su mirada hacia Sebastián era desafiante. —Esto no se queda aquí —añadió Miguel con una sonrisa tensa. Sebastián no respondió. Salió del salón con paso firme. Renata apretó los labios. —Ten cuidado —le advirtió a Miguel—. Sebastián no es alguien al que se le pueda provocar sin consecuencias. —Lo sé —respondió él—. Y aun así, no pienso retroceder. ⸻ Los días siguientes transcurrieron con una calma engañosa. Una semana entera. Valeria se concentró en el trabajo, evitando pensar demasiado en Sebastián. Aun así, cada encuentro casual, cada conversación profesional cargada de silencios, hacía crecer algo que ambos intentaban contener. Sebastián, por su parte, se mostraba más reservado. Más serio. Pero cuando hablaba con Valeria, su mirada se suavizaba sin que pudiera evitarlo. Una mañana, entró a su oficina con un folder bajo el brazo. —Tenemos que viajar —dijo—. Reunión clave fuera de la ciudad. Dos días. Valeria levantó la vista. —¿Cuándo salimos? —Mañana temprano. —Perfecto —respondió ella—. Me encargo de todo. Sebastián dudó un instante. —Este viaje es importante para la empresa —añadió—. Y… quiero que todo se maneje con discreción. Valeria entendió lo que no dijo. —Será estrictamente profesional —aseguró. Sebastián asintió, aunque sus ojos decían otra cosa. ⸻ Esa misma noche, Gabriel recibió el primer informe. Leyó cada línea con atención. Elena Morales. Trabajo estable. Vida sencilla. Sin escándalos. Gabriel apoyó el teléfono sobre el escritorio, con una mezcla de alivio y nostalgia. —Sigues siendo tú —murmuró—. Siempre lo fuiste. Sin saber que, muy cerca de Elena, caminaba la hija que nunca supo que existía. ⸻ Valeria cerró su maleta al amanecer. Sintió esa inquietud otra vez. Como si el viaje no fuera solo laboral. Como si algo estuviera a punto de cambiar para siempre. Sebastián la esperaba en el auto. Cuando Valeria subió, él la miró apenas un segundo más de lo necesario. —¿Lista? —preguntó. —Sí —respondió ella. El auto arrancó. Y con él, comenzó un viaje que no solo los llevaría fuera de la ciudad… sino fuera de todas las reglas que habían intentado respetar hasta ahora.
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